La Encina de la Peana. En el Sendero de las encinas milenarias de Serón, Almería

La Peana, la encina milenaria de Serón

La encina milenaria de la Peana, la más grande y antigua de Andalucía, habita en el corazón de la Sierra de los Filabres, Almería, desde hace cientos de años, cuando todavía ésta poseía grandes bosques de encinares. Ella sabe de lo duro de vivir en esta tierra de mineros, moradores de cortijadas perdidas. Quizás porque ellos mismos se confesaron a ella, le contaron sus penas y seguramente también sus alegrías. O quizás porque ella misma resistió las condiciones climáticas extremas, la sed, el inexorable paso del tiempo, con una fortaleza que nos hace pequeños. 

Desde que sé que vamos a conocerla, cierto entusiasmo se ha apoderado de mí y estoy impaciente por comenzar a caminar. También me gusta la idea de visitar las cortijadas abandonadas que hay en esta ruta, antiguos poblamientos de arquitectura de reminiscencias árabes desperdigados por estos paisajes de Almería. Algunas de ellas las conocimos estos días, como la de Las Menas, pero otras están más alejadas e inaccesibles y son menos conocidas. Y están abadonadas, como la Cortijada del Serval, a la que llegaremos tras visitar la Encina milenaria de la Peana. Y la Cortijada de los Canos, conocida como el “Machu Pichu almeriense”, por su parecido al peruano: construido de piedra en su totalidad y situado entre dos barrancos.

La Cortijada del Serval. Los poblados abandonados de Serón tienen encanto

Cuando llegamos a la Cortijada del Serval, vemos las huellas del tiempo en las calles y en los campos, huertos abandonados con árboles que han sobrevivido sin apenas agua. Los lugares abandonados parece que nos quieren decir algo, a pesar del silencio que los rodea. Nos hablan a gritos de su pasado, y si nos esforzamos, podemos ver imágenes superpuestas de varios momentos de la historia. Como en aquel pueblo de los Pirineos franceses, el pueblo abandonado de Comes, aquí sentiremos también la presencia de la gente que ya no está pero que conocía bien estos senderos de la Sierra de los Filabres. 

La visita a la Cortijada del Serval me entusiasma tanto como la parada junto a la Encina Milenaria de La Peana. Reconozco que siento debilidad por los árboles, y más por los longevos, y el poder ver la encina milenaria de la Peana me ilusiona, convirtiéndose en la razón principal de esta ruta. Siempre los busco, a través del ventanal, en nuestros paseos habituales o en viajes que nos llevan a otros mundos. Caminar entre ellos, sintiendo su presencia, sentarse bajo su sombra para descansar y contemplarlos desde nuestra pequeñez. 

Encinas milenarias de Serón, testigos del tiempo. La magnífica Encina de Trébedes

Los árboles fueron siempre testigos de mi vida, los de aquellos bosques atlánticos de robles, castaños y alcornoques, frondosos, nos ofrecían el mejor escondite. Y eran también lugares misteriosos a los que preferíamos ir juntos, por mor de la oscuridad, pero que a la vez nos abrían las puertas a mundos fantásticos, los de la niñez. Después estaban aquellos que vivían al lado de los ríos donde jugábamos o donde acompañaba a mi padre a pescar. Junto a los abedules, sauces, álamos el silencio era poderoso, solo roto por el discurrir de las aguas del río, el canto de los pájaros y el suave mecer de las hojas leves agitadas por brisas pasajeras. 

A menudo tengo la sensación de que el tiempo se detiene en los bosques, como si esos árboles hubieran estado siempre presentes. Y eso que sabemos que los de hoja caduca se transforman con el transcurrir de las estaciones; pero esa es una razón más para admirarlos. Es fascinante ver cómo la primavera trae los primeros brotes que, con el paso de los días se convierten en hojitas bien formadas, y que en verano pintan de verde los bosques. O cuando a lo largo del otoño van envejeciendo, regalándonos colores, y muriendo en invierno hasta dejar desnudos a los árboles; conmueve verlos despojados de vida.

Aún así, permanece esta sensación de atemporalidad en los bosques. Lo sentí en los bosques silenciosos durante la Ruska (colores del otoño) o de nieve de Finlandia; en la garriga del Mediterráneo donde ensordecen con sus cantos las cigarras en verano; en los Alcornocales heridos de Andalucía; en los húmedos castañares y robledales de la Galicia de mi infancia; o en los bosques milenarios de Laurisilva de Macaronesia. Y claro, en el Sabinar de la isla de El Hierro, lleno de sabinas retorcidas e inclinadas por los vientos alisios.

No concibo la vida sin árboles, como no la concibo sin tener el mar cerca. Por eso me produjo una enorme desolación ver que uno de los países con los paisajes más fascinantes que he conocido, Islandia, que no tiene apenas árboles.

Camino a la Encina milenaria de La Peana

Recuerdo todos esos bosques de árboles que pisé mientras camino por el Sendero de las Encinas Milenarias de Serón. Pararemos por dos de las más antiguas. La primera, casi al principio de la ruta, impresionante, con su silueta recortada y sus brazos contra el azul del cielo, invitándonos a sentarnos a su sombra en este día de agosto sofocante. Si no fuera porque la más vieja de toda Andalucía, la Encina de la Peana nos espera, me quedaría de buena gana echada bajo esta otra, contemplando su porte abrazador desde abajo. Es la “Encina de Trébedes” que se llama así por su tronco que tiene  tres pies. En el Sendero de las Encinas Milenarias de Serón hay otras impresionantes: la gran “Encina de La Carrasca de la Poza” con sus tres pies, la “Encina de la Ermita de La Loma”, ni la “Encina del Paraje de los Sapos”.

Este tramo del sendero discurre por caminos usados por las gentes de las cortijadas del Pocico, del Marchal, de La Loma y del Serval para comunicarse. En ellos sobreviven esparragueras, ruscos, madreselvas, raspalenguas, torviscos y otros matorrales, satisfechos, a pesar de los calores y de los fríos, de habitar tan cerca de estos árboles magníficos que son las encinas. A ellas las contemplamos más o menos grandes, más o menos viejas – algunas con “solo” unos cientos de años -, por todo el camino, únicos habitantes de esta estepa.

Contemplando al Encina de la Peana, la más vieja de Andalucía

Ya se ve la Encina de la Peana allá a lo lejos, en lo alto de una ladera, desde aquí parece pequeña, como si no fuera la más grandiosa de Andalucía. Da hasta cierta ternura verla así tan pequeña, desamparada, tan sola. Pero a medida que nos aproximamos y vamos subiendo la cuesta, la Encina de la Peana va creciendo, tanto como lo ha hecho a lo largo de estos siglos. La emoción aumenta cuando, venciendo el calor y el esfuerzo, llegamos a lo alto de la ladera. Entonces el tiempo se detiene y dejamos paso a un silencio profundo, inmemorial, que solo recuerdo haber sentido cuando contemplé La Sabina de El Hierro o el Tejo milenario de Fresneda de la Sierra. ¡Ahí está, espectacular, la encina de la Peana con sus 18,50 metros de altura, y su inmensa copa redondeada de 20 metros de diámetro!. Esta viejita con el corazón sellado y apoyada en bastones de hierro que la sujetan desde que los preocupados habitantes y autoridades de la Sierra de los Filabres se pusieron a hacer lo imposible pensando que se moría. Le ocurrió este año a la encina milenaria del Marchal del Abogado, cuyo tronco se partió tras una nevada. Y casi le pasa también a la Encian de la Peana.

Sin embargo, parece más viva que nunca, imponente, hermosa, cargada de hojas nuevas, robustas y de una gran cantidad de bellota dulces. El tiempo recorre mis manos cuando, con su permiso, acaricio suavemente esa corteza rugosa hecha de siglos y trabajos. También con su licencia me subo a su inmensa peana de casi 15 metros que me recibe acogedora para llevarme de viaje en el tiempo – de este gran pedestal le viene el nombre a la Encina de la Peana -. Desfilan ante mis ojos imágenes pasadas, de gentes que se desviaron para venir a saludar a la Encina de la Peana y hablarle de sus vidas, para buscar protección bajo su copa formidable, para sentar a sus hijos y columpiarlos en su peana inmensa. Visualizo ahora tormentas espectaculares que iluminaron con sus rayos la Sierra de los Filabres, lunas llenas, eclipses y estrellas fugaces,…Guerras, posguerras, hambres, fiestas y prosperidad. La Encina de la Peana, testigo de la historia, como otros testigos que viven en el sendero de las encinas milenarias de Serón, como los tejos, los dragos, las sabinas, los robles y castaños milenarios de tantos lugares del mundo. 

A los pies de la peana de la encina, abrazándola, inmortalizando el momento. ©Machbel

Nos damos la mano para abrazarla y necesitamos muchas manos y muchos brazos para rodearla. Casi no nos damos cuenta de que es ella la que nos abraza con su cientos de brazos. Felices, tras este sencillo homenaje de abrazos y fotografías, nos retiramos con respeto guardando silencio, dejándola en su soledad inmemorial. Miramos ahora hacia donde ella mira, privilegiada, todos los días: la belleza del valle de La Loma y del paisaje de la Sierra de los Filabres. 

Yo la miro una vez más: sé que, en su humildad, no comprende tanta admiración, no sabe que la consideramos un Monumento Natural. Ella simplemente está acostumbrada a ver pasar el tiempo, la historia, la gente..,. Seguramente lo seguirá haciendo cuando nosotros ya no estemos.

La Encina de la Peana mira a la Sierra de los Filabres

Sendero de las Encinas Milenarias de Serón PR-A 319

La encina de la Peana se incluye en el Inventario Andaluz de Árboles y Arboledas Singulares. Es el árbol de mayor porte y el más antiguo de los catalogados hasta este momento en Andalucía. Fue declarado Monumento Natural, lo que ayudará a su protección.

Recorrido: Circular

Longitud: 10,900 km

Duración: 3 horas y media

Dificultad: Media

Desnivel: 343 m.

El Sendero de las Encinas Milenarias de Serón comienza en El Marchal del Abogado (a 9 km de Serón) por la carretera A-1178 de Las Menas. En este punto se encuentra la gran Encina de “La Carrasca de la Poza”  una de las de mayor porte de la ruta. Poco después, en la Loma alta, está el Barranco del Pocico junto al que se encuentra la Cortijada del Pocico; allí también hay encinas de gran porte. Una senda une el cortijo del Pocico al cortijo del Serval, tramo donde son frecuentes las encinas jóvenes y otras más antiguas. A continuación se encuentra el cruce que lleva a la Encina de la Peana. Si continuamos la ruta, encontraremos la Cortijada de los Sapos, con magníficos ejemplares de encina. Y tras el Cruce que conduce a El Serval, la Cortijada de la Loma Alta, donde hay una ermita y otra encina de gran porte: “la Encina de Trébedes” porque tiene tres patas y un murete que circunda su peana. La ruta termina de nuevo en El Marchal del Abogado.

Más información en: Turismo Serón.

Encina de Trébedes. Encinas centenarias de la Sierra de Filabres en Almería. 16mm ISO 100 f4 1/1600s ©Iñigo Pedrueza.

Cómo llegar a la Encina de la Peana

Para llegar a la Encina de la Peana hay que ir primero por la carretera A-1178L hasta La Loma, donde está el Sendero de las encinas milenarias, a solo unos 9 km de Serón.

Agradecimientos

Gracias a Ricardo Aparicio de Rutas por Almería por ser nuestro guía durante este pedazo de la Ruta de las Encinas milenarias de Serón, por contarnos tantas cosas sobre las cortijadas y sus senderos.

Gracias a Turismo Andaluz por este magnífico viaje a la provincia de Almería.

Artículos relacionados.

Para más información sobre Andalucía, pueden leer nuestros artículos visitando la sección de Andalucía de nuestro Blog.

Artículo escrito por María Calvo Santos.

Ahí está, la Encina de la Peana, viendo pasar el tiempo
Te ha gustado? Comparte este viaje !

Escribe un comentario!! (Vamos...es gratis y nos hace ilusión saber que te ha parecido.