Åland en Finlandia, una isla desierta para alojarse

Una cabaña en una isla desierta en Finlandia

Atardece en la isla Vårdö, una de las que componen el archipiélago finlandés de las Aland, situadas en medio del mar Báltico, a medio camino entre Estocolmo, en Suecia y Turku, en Finlandia. Llegamos a ella en un trasbordador amarillo, uno de los muchos que hay para desplazarse de isla en isla. Para nosotros es extraña esta forma de moverse, habituados al coche, al tren o al bus. En las islas Aland la gente está acostumbrada a moverse en el archipiélago por mar, así que para ellos el transbordador o las barcas son lo normal. El divertido barco acoge a los coches furgonetas, camiones y bicis, y los mueve desde la gran isla Fasta Åland a Vårdö en poco más de cinco minutos.

Habíamos llegado a la isla desde Mariehamn en unos 40 minutos atravesando la gran isla y algunos de los lugares más emblemáticos del archipiélago, Kastelholm y Bomarsund. El primero, el antiguo castillo medieval sede del poder sueco durante siglos, el segundo, la fortaleza decimonónica rusa. Dos monumentos y dos apuntes sobre la compleja historia de este territorio aparente aislado y alejado de los conflictos geopolíticos. Sin embargo, y a pesar de la calma y los privilegios naturales de los que gozan los isleños hoy, las islas Åland han estado, como el resto de Europa, siempre conectado a las rutas comerciales y los marasmos que han agitado Europa.

Bomarsund, fortaleza decimonónica rusa, en las islas Åland,©Elena Kuzeva.

En mitad de muchos tratados, conflictos y tensiones, hoy las islas Åland son hoy un lugar increíblemente agradable para vivir o para pasar sus vacaciones. La naturaleza predomina y los habitantes (apenas 30000 habitantes en 1600 km2) parecen integrarse en ella con cierta armonía, sin grandes construcciones ni desastres ecológicos visibles. La costumbre escandinava del derecho de paso universal y el respeto del prójimo se conjugan permitiendo el disfrute de la geografía. Un territorio pulido pero recortado, siempre con sorpresas tras la colina o detrás de la bahía, donde cada metro cuadrado ofrece perspectivas diferentes. La luz tan oblicua y cambiante hace que el punto de vista de los mismos lugares, cambie con la estación y la hora del día.

Más al este de Bomarsund, las islas son aún más tranquilas y silenciosas, las costas se callan y sólo el vago rumor de las olas o los chillidos de algunos pájaros perturban esa quietud. Casi no hay coches en las carreteras rojas y los bosques son tan húmedos como callados. La costa de la isla de Vårdö es lisa y recortada, con árboles que llegan al mar, con planchas de granito que son pasarelas hacia el fondo del mar. Un mar que se eleva, tras eones de presión por glaciaciones e inmensas placas de hielo, fundidas ya hace siglos.

Nosotros acabamos de recoger las canoas después de deslizarnos por las aguas tranquilas del Báltico durante una hora. Hemos descubierto los nidos de aves sin molestarlas y los bonitos embarcaderos de madera donde los finlandeses guardan sus barcas. En las islas Aland casi todo el mundo tiene una, para desplazarse de una a otra. Ocurre lo mismo en el continente, ya que Finlandia es un país hecho de lagos y la gente suele tener una barca para salir de paseo, a pescar o para moverse de un lado a otro.

Las aguas tranquilas del Báltico en el Camping Sandösunds. ©María Calvo.

El inmenso camping de Sandösunds está silencioso, con las magníficas cabañas vacías y el terreno para las tiendas de campaña, desierto. Estamos a final de temporada y no viene casi nadie en esta época. Una pena, porque el tiempo aún es agradable y en Vårdö hay siempre mucho que hacer. En el agua las saunas flotantes, bellas, solitarias, esperan que alguien entre para disfrutar de la relajación que producen estos lugares amados de los finlandeses.

Olof está preparándonos un pescado fresco antes de llevarnos a la isla desierta donde pasaremos la noche. La cena es sencilla pero deliciosa, acompañada del siempre irresistible pan finlandés y un vino blanco con mucho sabor, que nos conquista desde el primer sorbo. Se trata de un vino búlgaro traído desde los Balcanes por Olof y Elena, ella, la búlgara que llegó a Finlandia y ya no quiso irse. Querríamos quedarnos más tiempo charlando, porque siempre es agradable entablar largas conversaciones con la gente de otros lugares para conocer más sobre su vida y sobre su país, o simplemente para filosofar sobre el mundo en el que vivimos. Pero Olof tiene que llevarnos ya a su isla desierta, antes de que la noche haga difícil el trayecto en barca. En Finlandia ¡hay mucha gente que tiene una isla desierta!

En el embarcadero de la isla desierta con Olof. ©María Calvo.

Nos dirigimos al embarcadero donde nos espera la lancha a motor. Sin apenas equipaje, embarcamos y comenzamos a surcar el Báltico a toda velocidad. El agua fría salpicando nuestros rostros emocionados, el último sol tiñendo de rojo las aguas apacibles y una quietud rota sólo por el rastro vibrante que va dejando el motor ronroneante de la barca de Olof.

Hay islotes por todas partes, la vista panorámica es espléndida desde la excitación de la barca. El sol va escondiéndose poco a poco, el cielo ya está casi rojo y comienza a reflejarse en las aguas que, cuando las recorrimos en canoa, eran de un azul intenso. La isla desierta se ve cada vez más cerca, sus contornos se van dibujando, el pequeño embarcadero ya está a pocos metros.

La barca disminuye la velocidad y maniobra en el pequeño muelle para que podamos salir. El entusiasmo aumenta al pisar tierra, la roca, ya estamos en la isla desierta, y tras unas pocas instrucciones, Olof nos deja solos, librados a la noche que empieza a bosquejarse en nuestro nuevo Imperio.

Atardecer en una isla desierta

Atardecer en nuestra isla desierta©Iñigo Pedrueza.

Nos quedamos parados, sin saber que hacer, primero en silencio y después hablando por los codos, nerviosos porque estamos solos en una isla desierta. Antes de ir a ver la cabaña que nos espera, decidimos explorar la que será nuestra tierra por una noche. No es muy grande, al menos no se veía así desde el mar, así que recorremos una parte antes de que la luz se vaya del todo. Es de granito, una piedra que conozco muy bien. Así es la costa recortada del mar del que procedo, más al sur, donde las aguas son más bravas, y el litoral está hecho de desfiladeros de rocas de granito. Es extraño pisar ahora un terreno familiar a miles de millas marinas. Pensar que estoy en una isla desierta en el corazón de las Aland, en Finlandia, como si estuviera en la isla de Sálvora, también desierta, donde el mar es otro, pero la tierra parece la misma.

Perdida en mis pensamientos, veo que mi compañero de viaje ya está lejos, recortándose su silueta en el rojo del atardecer, uno de los más bellos que vi en mucho tiempo. El cielo todavía azul en la parte alta, abajo ya muy rojo, cada vez más intenso. Las rocas negras ya, y el agua que se vuelve de pronto irreal, como si fuera de humo. La atmósfera de la isla se vuelve cada vez más misteriosa, a medida que pasan los minutos, y el silencio reinante es tan extraordinario que parece que estamos en otro mundo. Un mundo donde el mal habría desaparecido al desaparecer el ser humano, un mundo vacío, inerte de humanidad, en paz consigo mismo.

Una cabaña en una isla desierta

La cabaña finlandesa de la isla desierta, islas Aland.©María Calvo.

Quién no ha soñado alguna vez con irse a una isla desierta y quedarse allí por un tiempo. Dormir en una cabaña solitaria en medio de bosque bajo y rocas de granito, rodeada de mar por todas partes. Tuvimos la fortuna de encontrar este alojamiento en las islas Aland, la típica cabaña finlandesa de madera, de grandes ventanales, con sus porches delantero y trasero, situada en la zona más alta de la isla. Una cabaña de cuento.

Abrimos la puerta y nos topamos con un solo espacio que comparten la habitación, la sala y la cocina. La gran cama con colcha de flores, velas sobre el cabecero, dos mecedoras en la sala, la estufa para el invierno frío de Finlandia, y la pequeña cocina con todo lo necesario. El cuarto de baño está fuera, tiene un WC ecológico, y la ducha es externa.

Volvemos al abrigo de nuestra cabaña. El ventanal se abre a un cielo inmenso, estrellado, que contemplamos desde las mecedoras, con la esperanza de ver auroras boreales, que se supone que empiezan en esta época del año en Finlandia. Las condiciones se dan: lejos de la contaminación lumínica de las ciudades, cielo despejado, las Åland son una buena zona para cazarlas. Fijamos nuestra vista queriendo ver lo que hace tan solo unos meses vimos en Islandia, ese polvo de sol que atraviesa el escudo magnético de la tierra, jugando en los cielos del país que ruge por dentro, a un paso del geyser Strokur. Nuestras cámaras habían convertido esas auroras boreales en un espectáculo de halos de un verde intensísimo que nos dejó sin palabras. Pero todo no podía ser tan ideal, y las Auroras no se dignan a visitarnos.

Sería tan bonito ver auroras boreales desde nuestra cabaña finlandesa, una noche mágica en esta isla desierta. Pero nos conformamos con el cielo estrellado y con algunas estrellas fugaces que lo adornan. El silencio es lo que llama nuestra atención en esta noche extraordinaria, el sosiego de esta isla en la que los pájaros también duermen. Es extraño encontrarse aquí en una de las islas Åland, solos, tan cerca, pero tan lejos de todo, la silueta de las otras islas alineadas hasta el horizonte. Unas horas en las que el tiempo deja de existir porque en esta isla desierta apenas hay nada, solo nosotros y esta cabaña asombrosa, nuestro hogar por una noche.

Amanece en la isla desierta.

Amanece en la cabaña©María Calvo.

Recuerdan la película Desayuno con diamantes, donde lo más chic era desayunar cerca de una de las Joyerías más reputadas de Nueva York. Hoy en la producción de muchos periodistas de viajes y bloggers sigue existiendo ese tipo de esnobismo simple, donde lo más de lo más sigue siendo recorrer el asfalto de ciudades mágicas y manidas como NYC, Venecia, Roma, París o Londres. Apuntarse a la foto superficial con una sonrisa falsa y un emblema conocido de fondo. Hay aún diamantes, generalmente ocultos, en esas urbes que merecen descubrirse y compartirse, pero la banalidad del lujo inútil, de la moda y la selfie se ha propagado con la velocidad de Internet.

Todo eso me viene a la cabeza cuando el sol sale lentamente sobre el mar, en una esquina del mundo, en este lugar, un poco olvidado, un poco desierto, muy tranquilo, no contaminado y agradable. Es entonces cuando los verdaderos diamantes refulgen. Por supuesto, hablo desde un sentimiento subjetivo y particular, único, que se dio en un instante y un lugar, y que quizá no se repitiese en ese mismo lugar pero en otro instante.

Cabaña en la isla desierta, islas Aland©Iñigo Pedrueza.

Amaneció pues de la misma manera, cuando el sol completó su bucle y volvió por el otro lado del mundo, despertando a la naturaleza. El sol tiñó de color la noche que perdía la batalla. Un nuevo día nacía con el aroma del café caliente y algo de pan delicioso. Era el primer desayuno, previo al que Olof nos prepararía en el restaurante de su complejo, una vez que volviésemos a la tierra firme. Después decidimos a descubrir los dominios que íbamos a perder en unas pocas horas.

Quizá esa es la mejor enseñanza de un viaje, algo que por definición tiene un final y que no permite apropiarse de manera material de lo que se descubre, se conoce, se pisa. Una paradoja que debería hacernos pensar un poco más en las luchas inútiles por el poder y la propiedad de dinero y posesiones. La vida es un viaje con un final marcado y definitivo. No hay más allá, sólo nos queda el disfrute de nuestro tiempo, de las experiencias, las amistades y las sensaciones. Y, por su puesto, el disfrute del recuerdo, la posibilidad de volver a esos lugares que conocimos.

Explorando la isla desierta

Lo que recuerdo, son caminos que no existían sobre rocas, bloques de granito apilados que en realidad eran uno solo, la isla. Arboles que brotaban sobre la escasa tierra, casi hundiendo sus raíces en la piedra. Musgo donde se hundían nuestros pies, aves sorprendidas por esos seres tan extraños que habitaban su paraíso. Pero no se inquietaban mucho, sabían que partiríamos pronto y la quietud de la isla volvería, al apagarse el sonido del motor del barco. Líquenes, algas, musgos, fragmentos de tormenta y luces de un alba fresca y majestuosa. ¿Cómo describirlo? me cuesta mucho, pero lo veo nítido en el recuerdo. Esa isla lejana ya es mía, nuestra. Una isla en la que se podría vivir, con algunos víveres, unas cañas y un poco de leña, un tiempo. Un refugio único, un reducto para aislarse durante un tiempo y pensar en como enmendar este mundo nuestro que se vuelve loco a ojos vista. El peligro, pensar que está quietud, este privilegio de vivir fuera del dolor y los problemas pueda durar para siempre. Las islas desiertas sirven para recuperarse, para revigorizar nuestras maltrechas humanidades y, volver al mundo, para vivirlo, contarlo y quizá intentar cambiarlo.

Explorando nuestra isla desierta©Iñigo Pedrueza.

Agradecimientos

En las Islas Åland estuvimos alojados en uno de los lugares más mágicos de los que hemos estado: una casita en una isla deshabitada, mirando de noche las estrellas a través de los ventanales, el amanecer al alba. Todavía tenemos sentimos aquel silencio mezclado con las olas del mar. ¡Mil gracias a Olof Salmi y Elena Kuzeva! del Sandösunds Camping Park por permitirnos conocer un pequeño paraíso. ¡Volveremos!. Muchas gracias a Visit Åland y Annica Grönlund por abrirnos las puertas a las fantásticas islas. Gracias también a Vikings Ferries y a Kristi Parts, por embarcarnos hacia este paraíso. Un saludo especial para nuestros amigos de Visit Stockholm y Visit Turku, dos ciudades desde las que visitar las Åland y que se complementan perfectamente en un viaje conjunto.

In the Aland Islands we stayed in one of the most magical places we have ever been in: a little house on an uninhabited island, looking at the stars at night through the windows, the sunset in the morning. We still have that silence mixed with the waves of the sea. A thousand thanks Olof Salmi and Elena Kuzeva! And, of course, to Annica Grönlund from Visit Åland for offering us the possibility to discover this special land..

 

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