Málaga, el dilema del éxito en una ciudad genial

Málaga una ciudad que sobre todos sorprende, por sus monumentos, por su gastronomía y por su gente. Foto del los edificios del ABC, la Farola y el puerto de Málaga. ©María Calvo.

Descubríamos Málaga por primera vez, y llegábamos a ella con una mezcla de desconocimiento e ideas vagas. Quizá por ello, porque partíamos de cero, la sorpresa ha sido mayúscula. Tal vez porque conocíamos tan poco hemos vuelto tan sorprendidos, tan agradados, tan, si cabe, embelesados. Podríamos escribir una simple loa a los encantos y atractivos de Málaga. Podríamos realizar un simple recuento de sus maravillas y tesoros, podríamos sin duda, olvidarnos en sus calles, deslizarnos por sus piedras tan recorridas, por sus tascas agitadas, por sus arenales plácidos. Podríamos ascender por las colinas que la rodean y recorrer los senderos en busca de frutas en sus huertos, para contemplar con sabor dulce una urbe que se encaja entre el Mediterráneo y las montañas penibéticas. Podríamos deleitarnos con su gastronomía deliciosa, sus noches serenas donde la brisa del mar une las riberas alejadas, donde el frescor del mar agita las ideas y hasta se puede pensar en un mundo mejor.

En Málaga podríamos escoger el camino fácil y disfrutar del instante como si fuera el último, con una cerveza helada, como sólo saben ponerla en el Sur, con las mejores compañías, esas que animan las conversaciones, con belleza e inteligencia. Podríamos simplemente, sentirnos bien en Málaga, viniéramos de donde viniéramos formando parte una ciudad abierta y viva. Pero no lo haremos, aunque, ya lo hayamos hecho. Escogeremos un camino un poco menos sencillo, porque Málaga ya tiene lo que la hace tan bella y tan atractiva, no necesita de nuestros elogios. Y porque lo que tiene nos gustaría que lo siguiera teniendo, para que siga cambiando, pero lo haga sólo para mejor. Por y para la gente que vive allí y la que vendrá. Para que Málaga siga siendo ejemplo y nunca sufra de su merecido éxito. Sea éste pues, nuestro homenaje a la ciudad y, sobre todo, a los viejos y nuevos amigos que la habitan.

Málaga: de ciudad indefinida a polo de atracción y ejemplo de revolución turística.

Vistas nocturnas de la Alcazaba desde el restaurante Terraza de la Aduana ©Iñigo Pedrueza.

Málaga ha sido durante muchos años una ciudad grande pero relativamente, poco frecuentada, debido al empuje turístico de la provincia, sobre todo de la Costa del Sol. Ha estado oculta durante décadas tras otras ciudades de Andalucía que poseen monumentos de referencia. Sevilla con su Giralda y sus Alcázares; Granada y la Alhambra, Córdoba y la Mezquita. Málaga era un aeropuerto desde el que se desperdigaban millones de turistas hacia Marbella, Fuengirola, Estepona, Mijas, Torremolinos, Ronda, Nerja… y hacía Granada, Almería o Córdoba. Y sin embargo la Málaga desconocida es la sexta ciudad de España por población (con más de 570 mil habitantes) y la quinta área metropolitana (casi 1,4 millones de habitantes). Málaga es también uno de los principales puertos del Mediterráneo español, un polo industrial y de servicios, además de ser el centro de una gran región agrícola y turística. Pero a pesar de todo, durante años Málaga no había encontrado su lugar en el mapa turístico de España. 

Los motivos han sido variados y muchas veces relacionados simplemente con la promoción y el modelo de desarrollo turístico. Desde los años 1960, la costa malagueña ha sido uno de los referentes del turismo de sol y playa en España, junto a las Islas Baleares, las Canarias, la costa catalana y valenciana. La Costa del Sol es mundialmente conocida, en Gran Bretaña, en Alemania, en los Países Bajos, Escandinavia e incluso en los países del Golfo. Un éxito que ha ocultado las calidades y los tesoros de la ciudad de Málaga, haciendo que se identificase mejor a Marbella o Torremolinos que a Málaga capital. 

Tejado inacabado de la Catedral de Málaga. ©Iñigo Pedrueza.

Ese modelo de desarrollo fue exitoso pero ya desde los años 1990 había mostrado sus limites y dejado ver muchos efectos negativos. El turismo de sol y playa se agota en un mercado mundial globalizado, donde las grandes multinacionales exprimen a los destinos basándose en una economía de escala que reduce los precios pero arrasa con las geografías y las personas. La guerra de los precios genera un turismo de masa donde el único factor de referencia es el número de visitantes. Un árbol que impide ver el bosque, que ha cegado a políticos, empresarios y ciudadanos durante décadas. 

Tal modelo impide el desarrollo de un turismo de calidad, provoca grandes gastos en infraestructuras y servicios públicos (por la gran afluencia de turistas) que son pagados por el Estado, es decir el contribuyente, y que sólo genera dividendos para un número muy reducido de empresas y operadores. Los costes medioambientales son altísimos y la perdida de calidad de vida para los habitantes de los destinos, notoria. Los resultados de la mala gestión de las políticas públicas, -y privadas-, en materia de turismo podrían ocupar todo el artículo, así que únicamente haremos un breve resumen. Algunos de esos efectos indeseables van, desde el aumento del coste de la vida, -por ejemplo en Barcelona o Madrid, París, Londres o Amsterdam-, hasta graves problemas estructurales de aquellos destinos que dependen masivamente de ese tipo de turismo (Islandia, Islas Canarias, Islas Baleares, Sicilia, Túnez, etc…), pasando por la destrucción del litoral en el Mediterráneo, los problemas de abastecimiento de agua energía, la perdida de terrenos de cultivo y todo tipo de especulación y contaminación. 

Vistas de la ciudad de Málaga y el Parque Natural de la Sierra de la Nieves. ©Iñigo Pedrueza.

La guerra de precios crea una competencia malsana que puede hacer descarrilar la economía de una ciudad o una región por cualquier acontecimiento más o menos tangencial. Los problemas de muchos destinos mediterráneos durante la Primavera Arabe entre 2010 y 2013 dieron un falso aliento a los destinos tradicionales de sol y playa de España, Francia o Italia, a Croacia o Grecia. La vuelta a una cierta normalidad en Turquía, Túnez, Marruecos o Egipto ha hecho que desde 2017 los principales destinos costeros europeos sufran una competencia de precio y exotismo a la que no pueden enfrentarse. El verano de 2019 ha sido particularmente duro para muchas zonas de Italia, -como Sicilia, Cerdeña-, el sur de Francia o los destinos más clásicos de España. La quiebra de Thomas Cook acaba de mostrar como la dependencia y la apuesta ciega por el turismo de masa es una bomba de relojería. Las Islas Canarias o las Baleares se enfrentan a una grave crisis justo cuando empezaba la temporada de invierno. Fuera de nuestro país la crisis islandesa ha mostrado como el turismo puede ser una espada de Damocles que no dudará en caernos sobre la cabeza con todo el peso de la realidad. 

Postre delicioso del restaurante Patio de Beatas. Málaga una ciudad que sobre todos sorprende, por sus monumentos, por su gastronomía, por su gente- ©Iñigo Pedrueza.

Lo peor es que todo esto era previsible, y la dependencia no fue corregida cuando la situación era aún positiva. Ahora costará años modificar la oferta turística y desarrollar nuevos productos e infraestructuras y crear un marketing sólido para atraer a otros turistas diferentes que lleguen con intereses diversos, no únicamente atraídos por precios de derribo. Eso con la condición de que los políticos, actores económicos y los ciudadanos se den cuenta de que una revolución en la economía y en el turismo son indispensables.

Precisamente por todo lo dicho, la sorpresa en Málaga ha sido aún más grata. Porque el camino que ha escogido la ciudad de Málaga ha sido más acertado. Un modelo diferente que hace que se pueda hablar de la ciudad como un buen ejemplo, una alternativa, en tanto en cuanto, sepa o pueda controlar, su propio éxito.

La revolución malacitana, rompiendo con la maldición del Guggenheim.

Cubo (Incubé) de Daniel Buren, emblema del Centre Pompidou de Málaga. ©María Calvo.

Vaya por delante lo principal, que ya hemos dicho, pero que no nos resistimos a repetir: Málaga nos ha encantado, nos ha seducido y nos ha enamorado en apenas unos días. Porque Málaga no es sólo una bellísima ciudad, repleta de monumentos de un pasado rico y variado, es una ciudad activa, abierta y vivaz.

Monumentos los hay por decenas: su teatro romano, su Alcazaba árabe tan bella como la Alhambra y su alto castillo de Gibralfaro; su Catedral inacabada de estilo renacentista; su Avenida Larios y su casco viejo animado, limpio y peatonal; sus cientos de bares y restaurantes; su ABC y su fachada marítima; sus nuevos museos contemporáneos dedicados a Picasso, al automóvil y al arte moderno (Pompidou). La ciudad es mucho más, porque Málaga es la ciudad más viva de Andalucía, la que contiene un tejido industrial más moderno, la que ha apostado más por la tecnología y el conocimiento y, además, una de las que posee mejor calidad de vida. Málaga es grande porque ha surgido de las tinieblas del olvido, porque ha sabido ser pequeña y porque se ha afianzado progresivamente, basándose en un modelo que conjuga desarrollo cultural, industrial y económico. Sin duda, parte del éxito lo tiene que se haya conseguido crear un plan para la ciudad a medio largo plazo y que los diversos partidos políticos e instituciones regionales y nacionales hayan sido capaces de colaborar y avanzar hacía objetivos comunes. Una cierta cultura del consenso, aunque fuese de mínimos, el sueño loco en una España incomprensible, algo que siempre será la base más sólida sobre la que intentar buscar algo parecido al bien común. 

Desde 2003 el nuevo consistorio, que rompió con años oscuros de malas decisiones, decidió acometer un cambio de orientación en la ciudad. El objetivo fue embellecer la ciudad, poniendo su patrimonio y la cultura en lo más alto. Imitando el ejemplo de Bilbao que realizó una gran revolución urbanística, teniendo como eje al Museo Guggenheim, Málaga inició un largo proceso de cambio urbano. Mucho esfuerzo fue necesario para poder abrir en 2015 la primera sucursal del Museo de Arte Moderno y Contemporáneo Centre Pompidou, fuera de Francia. Y en 2017 se inauguraba el Museo Picasso en su ciudad natal, gracias a las aportaciones de la familia del genial pintor. Por primera vez la maldición del Guggenheim se rompía y otra ciudad tenía éxito a la hora de reconvertirse utilizando la estrategia de Bilbao. Donde el resto de intentos en otras ciudades españolas y del resto del mundo habían fracasado, Malaga triunfaba. Y la clave es que los Museos sólo han sido una parte de un cambio mucho más profundo y muy estructurado. 

Museo del Automóvil y la Moda de Málaga. ©Iñigo Pedrueza.

Los Museos han sido la guinda de un reforma mucho más profunda y que ha tocado todos los sectores esenciales de una ciudad. La reforma urbanística del centro de la ciudad ha sido uno de ellos, con la peatonalización de buena parte de las calles. El sistema de transporte integrado entre el centro y la periferia ha sido otra de las principales. La recuperación y puesta en valor de los principales monumentos ha entrado dentro de esa política, que hace que Málaga no se reduzca a dos museos. Simplemente hablando de museos Málaga cuenta con 40, tan diversos como el Museo del Automóvil; La Fundación Carmen Thyssen; la Casa de Gerald Brenan; el Museo aeronáutico, el Museo del Vino; el del Vidrio y el Cristal; el CAC, el Palacio de la Aduana o el Museo Episcopal. Los monumentos son también innumerables y recorren todas las épocas de habitación de está ciudad milenaria que ya fue ibera, fenicia, griega, romana, visigoda, árabe y después urbe mediterránea. Pero han sido con las reformas y rehabilitaciones de los últimos 15 años con las que Málaga ha puesto en valor todo ese patrimonio. En ese sentido, una fundamental ha sido el hecho de abrirse al mar y recuperar la zona del puerto. El barrio del Soho el Paseo del Parque con su famoso ABC, los edificios de la Ayuntamiento, el Banco de España y de Correos, hoy sede la Universidad de Málaga, junto al gran edificio de la Aduana (Museo de la ciudad de Málaga y Real Academia de las Artes de San Telmo) y la Malagueta con su playa oculta de las miradas pero en plena ciudad se han convertido en centro también de Málaga. Si se copió lo mejor de Bilbao, al imitar lo mejor de Barcelona, Málaga se ha redescubierto como ciudad marítima y marinera. Ya lo decía Picasso, “Los grandes artistas copian, los genios roban”. “Robar” grandes ideas, adaptar y mejorar lo que ya ha funcionado en otros lugares, ¡genial!

Hammam Al Andalus, baños árabes ©Iñigo Pedrueza.

La revolución urbanística ha consistido en integrar y enlazar el casco viejo, los barrios menos céntricos y la fachada marítima con sus 15 playas del termino municipal, ¡vaya privilegio! La peatonalización ha sido sin duda otra de las decisiones clave para una ciudad que sufría de la contaminación y el tráfico. Así, se puede recorrer la Calle Larios pisando las losas pulidas por los pasos de miles de malagueños y visitantes, perdiéndose por las calles que llevan a la Plaza de la Constitución, a la Plaza del Obispo, la Plaza Carbón, a la Plaza del Siglo. Y perdidos descubrimos lugares ya tan populares como El Pimpi y otros algo menos, pero igual de interesantes como el Restaurante Patios de Beatas; El Palmeral y La Terraza de la Aduana cuyas vistas hacía la Alcazaba y el Castillo de Gibraltar merecen quedarse con la boca abierta. En todos ellos su gastronomía es tan deliciosa como delicada y sabrosa. Para quienes piensan que sólo se come en el norte de España, les recomendamos que huyan de sus prejuicios y visiten y degusten la gastronomía en Cataluña, Madrid, las Castillas, Valencia, Murcia o Canarias. Y por supuesto Andalucía. En Málaga las delicias llegan del mar, de la huerta y de la montaña. Pescados, como sus espetos, carnes de la sierra, verduras y frutas tropicales de la Axarquía. Todo regado con los vinos que remontan y recuperan su prestigio pasado y el AOVE, el aceite de oliva virgen extra de la provincia y del resto de Andalucía.

La mejor promoción está en la experiencia.

Catedral de Málaga y Museo del Arzobispo. Málaga cielo azul y color. ©Iñigo Pedrueza.

De nada vale hablar si no se prueban las cosas en primera persona. Hablábamos de turismo y de economía, y hablábamos de nuevos modelos, de nuevos caminos. Pero eran sólo palabras, y han sido las palabras que nos han llevado del serio análisis a la experiencia real. No hemos podido resistirnos y ya estamos contando un viaje. Análisis y experiencia, dos caras de la misma moneda. Seguimos pues contemplando la fachada marítima de Málaga, desde la Catedral de Málaga, inmensa y grandiosa que ha hecho de su imperfección, no está terminada, su rasgo personal. Y de allí hacia el ABC, que conjuga diversos estilos arquitectónicos, pero que sobre todo muestra una puerta hacia el mar. El edificio del Museo Centro Pompidou, excavado junto a nuevo espacio público junto al puerto, del que sólo sobresale su cubo colorido, se ha convertido en un nuevo emblema de la ciudad. 

Aquí recae quizá una de las claves del éxitos modesto y callado de Málaga. No hay un único monumento, un único aspecto que centre todo el interés del viajero, de la prensa, o del turista. Málaga no puede reducirse a un único aspecto. Su Alcazaba podría ser una nueva Alhambra, aunque no es quizá, ni tan grande ni tan bella. Su Catedral es única por inacabada, por tener una sola torre y podría ser una nueva Sagrada Familia, pero no lo es. Su Museo Picasso tiene un hermano mayor en París, como el Pompidou, más grande y más famoso. La Calle Larios no es la Gran Vía de Madrid y el barrio de la Malagueta poblado de pequeños rascacielos no es Copacabana; el ABC son sólo tres edificios que hay que explicar… Nada destaca, nada es único, nada es tan especial como para ocupar la portada del Nacional Geographic. Málaga ha necesitado más de 15 años para comenzar a ver los frutos de un trabajo hecho con menos aspavientos que otras ciudades, pero vistos los resultados, resulta mucho más atractivo. Sobre todo para el millón largo de personas que viven en la comarca y que pueden disfrutar de una ciudad modernizada que sigue estando abierta a sus propios ciudadanos. 

El éxito de la moderación, un aviso para el futuro.

Vistas del casco antiguo de Málaga desde la terraza del Hotel Sallés. ©Iñigo Pedrueza.

Entonces ¿y si el éxito de Málaga fuese su modestia? ¿Y sí la mejor de las decisiones hubiera sido no hacer de Málaga ningún referente, simplemente mejorar la ciudad y su patrimonio? Porque en el panorama actual y en el que se avecina, serán los destinos que guarden su carácter, su calidad de vida los que mantendrán a largo plazo su atractividad. Serán esos los que, quizá, consigan equilibrar el desarrollo turístico y el crecimiento ordenado de las ciudades. Málaga seguirá siendo interesante, en tanto en cuanto, diversifique su desarrollo económico y no apueste todo a una sola carta para seguir siendo un referente de la nueva económica del conocimiento. 

Una ciudad equilibrada posee un tejido social y económico diverso, resistente a los vaivenes, flexible y capaz de evolucionar manteniendo como único objetivo el bienestar de la gente que la habita y la sostiene. Málaga es un ejemplo de éxito, pero el propio texto puede destruir ese ejemplo. Ejemplos hay muchos, demasiados para citarlos. Por ello, la diversificación de la oferta turística orientándose hacia diferentes nichos con servicios diferenciales es una de las claves. Proyectos que estén comandados por pequeñas empresas y no grandes grupos. Algo tan importante como reducir o limitar la afluencia de cruceros o vuelos lowcost. Más de 300 cruceros hacen escala en los muelles de Málaga, con lo que los limites de sostenibilidad probablemente hayan sido franqueados. Los casos de Barcelona, Roma deberían servir como aviso. Málaga está en el buen camino, el de un destino que no promete cartas postales retocadas, que no es coto de influyentes buscando su propia foto con un fondo difuminado tras su ego. Malaga es un destino que sorprende, porque las referencias y la buena publicidad llega del boca a boca, de otros viajeros que descubrieron algo que no se esperaban. Malaga no se espera, no se imagina, por lo tanto se descubre en ese esfuerzo magnifico que es todo verdadero viaje. Y hasta uno se imagina viviendo allí. Touché! Qué mejor publicidad, que mejor impresión la del viajero que viaja y afirma: yo podría vivir aquí. 

Alcazaba y teatro romano. ©Iñigo Pedrueza.

Y dicho esto, ahora les remitimos a nuestro segundo artículo sobre Málaga donde podrán acompañarnos en una rápida, pero intensa visita de la ciudad de Málaga. Para abrir boca y, sin duda, para que tengan que volver.

Agradecimientos.

Queremos recordar aquí a las personas que hicieron posible nuestra visita a Málaga, Fernando Hernández y Paulina Cano de Turismo Andaluz; Margarita Galán Rodríguez, Carmen Gualda y Elena Pavlova del área de Turismo de la Ciudad de Málaga. Y por supuesto a todos los responsables de los diversos restaurantes y alojamientos que hemos visitado y que citamos durante el artículo. Un saludo especial para nuestros guías Jaime Cruz y Maria Palomares, dos personas con grandes conocimientos y sobre todo mucha humanidad y ganas de compartir lo que saben. Gracias a ellos descubrimos las maravillas arquitectónicas y artísticas de Málaga.

Lo mismo para Sara Navarrete que nos acogió con tanta amabilidad en el Museo del Automóvil y la Moda de Málaga y para Mabel Palacios, responsable de comunicación de los Baños Arabes Hammam Al Andalus.

No podemos dejar de mandar un abrazo especial para Elena y Carmen, que nos descubrieron Málaga con los ojos vivaces de quienes viniendo de fuera se han convertido en las mejores embajadoras de la ciudad. Como ellas y quizá por ellas nosotros haremos, a partir de ahora, lo mismo, hablar bien de una ciudad que es humana y abierta. Lo haremos para que lo siga siendo.

Calle Larios y el edifico de la antigua aseguradora La Equitativa. ©Iñigo Pedrueza,

 

 

 

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