Tesoros de Canarias. Descubriendo la Roseta de Tenerife en Vilaflor de Chasna

Las manos artesanas de la roseta de Tenerife

Unas manos trabajan con brío sobre el pique en el que se distribuyen incontables alfileres. En torno a ellos se enhebra el hilo de algodón de diferentes colores y con una aguja de coser esas manos experimentadas realizan nudos diminutos siguiendo un diseño propio, o guiadas por la atrevida imaginación. No es la primera vez que lo hacen, son movimientos aprendidos y repetidos en cientos de ocasiones. Estas manos imitan lo que ya hacían otras manos en otros tiempos, manos que todavía trabajan y saben lo que hacen: tejen la roseta, un tipo de encaje de aguja único, genuino del archipiélago canario.

Observamos con atención el quehacer de una de las pocas bordadoras de roseta que quedan en Tenerife, junto a otras conocidas como Doña Clara Cano Quijada, que recibió el Premio a la Conservarción del Patrimonio Agrario y de las Tradiciones rurales. Al igual que estas bordadoras eruditas, la artesana que contemplamos rabaja con diligencia, muy concentrada en la elaboración de ese encaje fino. Con una mano sujeta la almohadilla circular dura o pique sobre el que ha puesto alfileres, y con la otra mano cose, haciendo nudos que rematan por un cordón hecho a ganchillo o croché.

Sabemos que este es un oficio en peligro de extinción. Por eso la contemplo admirada, mientras me cuenta la historia de la roseta canaria, la historia de su madre que le enseñó esta labor, en definitiva, su propia historia. Mientras teje la roseta por encargo que terminará siendo un bonito pendiente que luciré junto a otro que se había quedado solo, paseo por la tienda fascinada por los encajes hechos de rosetas que allí se encuentran.

Manteles cuadrados, rectangulares, en los que se entremezclan telas de lino con rosetas blancas y beige, rematados en los bordes y las esquinas con rosetas más pequeñas. Tapetes hechos solo con rosetas. También hay collares y pendientes que son rosetas. Y hay una especie de flor de cuatro pétalos que está hecha con la misma técnica que la roseta. Los manteles que resultan de unir esas flores son también extremadamente bellos. Piques grandes y pequeños adornan el conjunto.

Cuanto más me detengo en los diseños, en el entramado de hilos, más me cautivan las rosetas. Son de una belleza delicada, refinada. Y es un honor el poder asistir a la elaboración de la roseta en directo, viendo cómo va tomando forma gracias al mimo y el saber hacer de esta artesana experimentada. Las tijeras reposan sobre la mesa de cristal, así como los hilos y el alambre para hacer los pendientes de roseta. Pronto me los llevaré puestos, serán míos, tendré mis rosetas canarias.

Cuanto más me detengo en los diseños, en el entramado de hilos, más me cautivan las rosetas

Ahora dejo hacer a la artesana, se queda en silencio, solo roto por el sonido apenas apreciable de los movimientos de sus manos mientras teje. Una labor de esa categoría necesita tiempo, es artesanía, no producción industrial. Por tanto la paciencia es fundamental. Así que salgo al pueblo de Vilaflor de Chasna a dar una vuelta, para admirar su patrimonio monumental, sus plantas de tajinaste que en plena primavera ya están floridas y crecen espectacularmente, y para degustar la deliciosa gastronomía de Tenerife.

Historia de la roseta de Tenerife

La roseta es un encaje de aguja que surge en Tenerife diferente a otros calados conocidos en la Península y en Canarias. Ya que en la elaboración de las rosetas la técnica es distinta pues se prescinde de la tela base sobre un bastidor que tienen por ejemplo sus antecesores directos, los soles o ruedas y estrellas encerrados en grecas o cuadrados de los bordados que se hacían en Salamanca, Extremadura o Astorga. La roseta se realiza sobre un pique, que es una base redonda con alfileres donde se cruza el hilo hasta que se llena con una urdimbre radial el cuadrado o circunferencia. La artesana cruza las hebras utilizando su imaginación o un diseño previo.

Los deshilados o calados ya se conocían en Occidente antes de la Conquista de los Árabes y pasaron a elaborarse en la costa mediterránea a partir del Renacimiento. Pero puede decirse que estas labores de calado iniciaron un camino propio cuando llegaron a Tenerife, donde nace la roseta.

Dos piques entre manteles y tapetes de rosetas

Inicialmente la elaboración de rosetas era una labor de las iglesias, pero después terminó formando parte de las prendas de uso doméstico de todas las casas, aunque eran elaboradas por las mujeres de condición más humilde en zonas rurales de las islas. En Tenerife se hacen desde el siglo XVI, lo cual hace de la roseta una de las manifestaciones más antiguas de la artesanía textil.

La roseta se desarrolló en Canarias durante el siglo XIX y la primera mitad del siglo XX, momento en el que pasó de ser un trabajo para consumo familiar a ser demandada por países de Europa como Francia o el Reino Unido, pasando a ser una próspera industria a gran escala que explotaban casas comerciales del extranjero instaladas en el Puerto de la Cruz, que los exportaron a otros países. La demanda crecía y las casas comerciales extranjeras contrataban a mujeres que realizaban rosetas en sus ratos libres cuando no trabajaban en almacenes de fruta y viñas. Desde La Orotava partían mercancías para el extranjero, sobre todo para el Reino Unido, desde donde se importaba la materia prima, el hilo y el lienzo. También se dedicaron a apostar por unos modelos más complejos que publicaban en las revistas de moda, y también en la difusión de nuevos soportes rígidos diferentes a los piques.

La producción de rosetas decae a partir de 1903 cuando surgen nuevos trabajos en oriente que ofrecen precios más bajos. Pero sobre todo por el inicio de la I Guerra Mundial, con la interrupción de la demanda de productos, considerados de lujo en esos terribles momentos.

Pero a partir de 1940, en España se incentivaron los oficios tradicionales, y se dio un fuerte impulso al encaje para su comercialización, organizándose talleres para que las nuevas generaciones aprendiesen los distintos calados de cada lugar. En Vilaflor tuvieron lugar varios talleres de confección de rosetas y del llamado encaje de Vilaflor. En los años 80 del siglo XX se fomentaron los oficios artesanos con ferias, cursos, exposiciones, congresos,…

Por otra parte, las distintas oleadas migratorias difundieron la roseta por América y Europa. Actualmente todavía puede encontrarse en Croacia (en la Isla de Hvar y en el condado de Brod Posavina, en la región de Eslavonia), donde ha sido declarada Patrimonio Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO. Allí utilizan un hilo blando muy fino obtenido del aloe.

El pique, instrumento para hacer la roseta

Los motivos de la roseta suelen ser florales o geométricos. La roseta recuerda a los rosetones de las iglesias góticas o a soles. De hecho en algunos países de América Latina las llaman soles. Son conocidos como Motivi en Cuba, en Paraguay como Ñandutí, en Venezuela, México y Brasil como Soles (Soles de Moca y Naranjito en Puerto Rico), mientras que en Luisiana también se conocen como rosetas. Y en países de habla inglesa se habla de: Teneriffe Lace. En algunos países se valora de tal forma que hasta ha pasado a ser su símbolo nacional, como en Paraguay o Venezuela. En este último país se instalaron emigrantes canarios en Rosario a finales del siglo XIX, que después llevaron a Maracaibo, fundando una escuela de aprendizaje de los soles.

En algunas de las islas Canarias todavía perviven los bordados de rosetas en la actualidad, sobre todo en Tenerife y Lanzarote, aunque en otras como Gran Canaria o Fuerteventura se ha extinguido.

En Tenerife la roseta se ha extinguido en el norte de la isla, a pesar de que era una actividad muy extendida. Aunque pervive en La Orotava y La Laguna. También en el sur, en Adeje, Arona, Granadilla y Vilaflor de Chasna.

Vilaflor de Chasna, cuna de la roseta de Tenerife

VIlaflor de Chasna, su iglesia y los bonitos tajinaste rojos, propios del Teide y de este pueblo de Tenerife

Vilaflor de Chasna fue uno de los lugares más emblemáticos de Tenerife en la confección de la roseta. Conocemos el pueblo desde el primer viaje a Tenerife de El Giróscopo Viajero. Comenzamos primero por una visita a sus viñedos de vides ecológicas, donde degustamos unos vinos blancos con sabor volcánico que nos conquistaron al igual que el resto de los vinos de Tenerife en nuestra ruta por diferentes bodegas de la isla.

Subimos después al municipio, emplazado en las medianías del sur de Tenerife, situado a 1500 metros sobre el nivel del mar. Llegábamos así a uno de los municipios más altos de España. Y lo primero que nos conquistó fueron esas extrañas flores que poseen a su vez cientos de florecillas y que suelen ser de color rojo en el Teide y en Vilaflor, y florecen en primavera: los tajinaste. Estaban al lado de la Iglesia de San Pedro Apóstol, construida a mediados del siglo XVIII.

Recorrimos más tarde el silencioso casco antiguo de Vilaflor, apreciando su rico patrimonio, como la Casa inglesa, del siglo XIX, o la Casa de la familia Soler, ejemplo de arquitectura tradicional canaria. Pasamos también por los viejos lavaderos públicos y por los restos del molino de agua.

En Vilaflor también quisimos hacer una de las rutas de senderismo más interesantes de la isla de Tenerife: de Vilaflor al Paisaje Lunar, pero un incendio no nos lo permitió. Será la próxima vez, esperemos.

Y uno de los grandes descubrimientos en este pueblo encantador, además de la gastronomía canaria en alguno de sus restaurantes, fue la roseta de Tenerife, un auténtico tesoro de la artesanía canaria, que nos llevaríamos a casa ya en nuestro primer viaje a Tenerife.

En la tienda de Vilaflor también había un bonito chal de ganchillo

Rosetas para una viajera giroscópica

Regreso a buscar mis rosetas tras haber disfrutado de un paseo por el pueblo de Vilaflor de Chasna y de una buena comida en uno de los restaurantes de comida tradicional del pueblo, en el cual probamos las delicias de la gastronomía canaria.

Ya están terminadas. Todavía no puedo creer que haya hecho tan rápido el trabajo. En nuestro anterior viaje a Tenerife había descubierto la roseta de Vilaflor de Chasna y me había quedado prendada por ella, así como por este bonito pueblo del sur de Tenerife. Había sido en este mismo establecimiento.

Rosetas para una viajera giroscópica

Pero desafortunadamente había perdido uno de mis pendientes, por lo que me prometí que si volvía a Tenerife, regresaría a Vilaflor de Chasna a por otras rosetas. Y la amabilidad de la gente de aquí se confirmó una vez más cuando la artesana del lugar me dijo que me haría unas rosetas idénticas a las que había perdido ese mismo día. Al ver el trabajo no podía salir de mi asombro, ¡eran idénticas!. Ya me podía ir con mis pendientes de rosetas. Me llevé también un pequeño tapete para regalar.

Seguramente volveré a Vilaflor de Chasna y allí estará de nuevo esta pequeña tienda llena de encajes de rosetas, y constataré dichosa que todavía siguen haciéndose rosetas en Tenerife. Solo espero que las nuevas generaciones continúen con la tradición de elaborar este encaje canario para que no se muera. Se está intentando recuperar a través de la transmisión de este saber en talleres, cursos, exposiciones, ferias,… Incluso se ha pedido que se reconozca la roseta de Tenerife como Bien de Interés Cultural y como Patrimonio de la Humanidad. Y nos alegra, ya que se trata de un auténtico tesoro de esos que te encuentras en los viajes y que deseas que perdure.

Si quieren saber más sobre la roseta de Tenerife, vayan a las fuentes:

“La Roseta de Tenerife, origen y expansión” de Milagros Amador González. Museo de Artesanía Iberoamericana de Tenerife.

 

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