Cambados pictórico. Cuadros de la Torre de San Sadurniño y de la Iglesia de Santa Mariña de Dozo

La atmósfera fantasmal de las ruinas de la Torre de San Sadurniño en Cambados

Cambados nos muestra su lado más pictórico con auténticas postales de la Torre de San Sadurniño y de la Iglesia de Santa Mariña de Dozo. Dos de los monumentos más atractivos de la villa de las Rías Baixas por el misterio que desprenden, quizás por estar en ruinas, y más aún en esta mañana de cielo blanco en la que las imágenes parecen congelarse en un un espacio atemporal. Son como cuadros plasmados por pintores que miran estas ruinas de monumentos que fueron y siguen siendo hitos en Cambados. Un paseo a orillas del mar me lleva al interior de estas pinturas, a otra realidad en la que los restos de la Torre de San Sadurniño se alza en medio de las aguas como un icono inalcanzable. La sensación de irrealidad se acrecienta por este mar de ría que cada vez tiene menos agua porque la marea se la lleva, dejando las barcas pesqueras encalladas en la arena. 

A continuación, paso del Barrio marinero de Santo Tomé a la parte alta de Cambados, para meterme en otro cuadro de esta localidad célebre por el vino Albariño. Un cuadro en el que el que el mar ya no está presente, y lo ocupan otras artes: las ruinas de la arquitectura y la escultura de la Iglesia de Santa Mariña do Dozo y de su cementerio.

Los arcos de Santa María sostienen el viento en el cementerio más melancólico le mundo, según Álvaro Cunqueiro

La atmósfera fantasmal de estos cuadros hacen todavía más hipnotizantes estas ruinas fascinantes, como si de lugares encantados se tratase.

Las ruinas de la Torre de San Sadurniño, una pintura con mar de fondo

Santo Tomé el barrio marinero de Cambados, al que se llega por el Paseo Marítimo, las casas de piedra, la casona del ayuntamiento son el retrato de una villa típica en la Galicia costera, que ocultan la rareza, el lugar mágico que nos espera a la vuelta de la esquina. Una sucesión de cuadros engmáticos anuncian el prodigio.

Santo Tomé, el barrio marinero de Cambados

El primero es del puerto de Santo Tomé que se refleja en las aguas del mar quietas, así como las barquitas de marineros, en primer plano, que hoy no han salido a faenar por ser domingo. La quietud apenas se rompe con una suave brisa que crea leves ondas en el mar. El cielo blanco, espectral, se mira en estas aguas que también son blancas, lo que hace más ilusoria la imagen. En el plano del fondo se perfila la silueta de la Torre de San Sadurniño, y allá lejana, la línea de costa, envuelta en una niebla que difumina sus contornos.

Las casas del barrio de Santo Tomé son bonitas, algunas de colores, la mayoría de piedra, otras con los laterales cubiertos de conchas de vieiras, moda de antaño que embellecía los hogares marineros, marcando claramente a quien pertenecían.

El siguiente cuadro lo protagoniza el puente que une el barrio de Santo Tomé con la Torre de San Sadurniño, en el que los figurantes apenas se mueven, el pintor los representó como meros espectadores de la maravilla que es la torre que está al fondo. El puente nos invita a atravesar un mar que permanece inmóvil como en el cuadro anterior, cuya blancura es teñida por el anaranjado de las algas sobre unas rocas.

El puente que une el barrio de Santo Tomé con la Torre de San Sadurniño

Antes de cruzarlo, sigo el paseo para mirarlo desde otro punto de vista, y allí me encuentro otra pintura que me hace sentir nostalgia de la casa de mi niñez, de unos cuadros en los que siempre me paraba correteando por el pasillo. Me parecían enigmáticos, algo tristones por la falta de luz, pero al mismo tiempo bellísimos. Eran imágenes de barcas varadas en medio de una ría gallega en la que la marea estaba bajando, por lo que en primer plano se veían esas arenas que intuía llenas de vida, de mariscos que en aquellos tiempos salían fácilmente con sólo rastrillar. Las nubes grises reflejadas en el mar con pinceladas de luz blanca de un cielo tras el que se esconde el sol. Una luz indefinida que no se sabe a qué estación pertenece. Al fondo, desdibujado el paisaje de colinas bajas y arboledas con alguna casa desvaída.

Un cuadro de mi niñez: barcas varadas en medio de una ría gallega

Me fascinaban esos cuadros pintados por Tino, un pintor amigo de mi padrino, y ahora lo imagino sentado frente a este mar de Cambados, buscando cómo plasmar en su lienzo esta imágen fabulosa. 

La Torre de San Sadurniño vista desde el otro lado, pero esta vez con el puente magnífico en plano medio y la gente encaminándose hacia las ruinas

Miro de nuevo hacia atrás y ahí está la siguiente imagen de este museo al aire libre: la Torre de San Sadurniño vista desde el otro lado, pero esta vez con el puente magnífico en plano medio y la gente encaminándose hacia las ruinas. En primer plano, el mar si agua con la marea baja que deja sólo charcos y algas húmedas, dotando a esta nueva estampa desamparada y a la vez poética.

Contemplando esta nueva estampa desamparada y a la vez poética

A medida que me acerco para cruzar el puente, las imágenes se tornan más fantasmagóricas por esa gente que se ve pequeñita, etérea, dirigiéndose hacia lo que queda de la Torre San Sadurniño, que no es mucho, pero a la que se rinde homenaje como si lo fuera.

Cuadros de la Torre de San Sadurniño y su puente

Capilla, hospital, aldea, pazo y faro en la isla de San Sadurniño

Mientras camino por el puente que me lleva a la isla de San Sadurniño, repaso su historia en silencio, como imagino que están haciendo ahora los caminantes que también peregrinan hasta la torre. En este espacio hubo en el pasado la Capilla de Santo Tomé en la llamada Villa Vieja, en la isla de la Figueira (Illa da Figueira). Después un hospital y una aldea en la que habitaban los que después se instalaron en tierra firme en el actual barrio de Santo Tomé, huyendo de la humedad. Finalmente, hubo un palacio: el Pazo de Soutomaior, del que hoy quedan los restos de su torre, la llamada Torre de San Sadurniño. 

Repaso la historia de la Iglesia de San Sadurniño, mientras atravieso el puente

Es una torre del siglo VIII o IX después d.C., de origen incierto (fenicio o romano) construida para proteger la villa de Cambados, que sufrió ataques y reconstrucciones a lo largo de su historia. En el siglo XI se convirtió en faro de la Ría de Arousa, gracias a las hogueras que se encendían allí para avisar de las incursiones vikingas que se acercaban a Compostela. Fue una auténtica atalaya situada en un lugar privilegiado que se veía desde Catoira. En el siglo XII se añadió una zona portuaria, lo que favoreció el comercio en Cambados. Durante el siglo XV fue en parte destruida durante las batallas de la revuelta de Irmandiño, pero más tarde se reconstruyó e incluso tenía una capilla. Y en el siglo XVIII perteneció a la familia Chariño-Soutomaior, que tenían un castillo medieval cerca de Vigo. Un terremoto en 1755 dejó en ruinas la Torre de San Sadurniño.

Un terremoto dejó en ruinas la Torre de San Sadurniño

Llegando a la isla se puede avistar la isla de la Toja y la Península de O Grove, y mirando hacia tierra, se diseña otro cuadro de Cambados: el puente largo unido a la playa de la Mouta y al barrio de Santo Tomé.

Mirando hacia tierra, se diseña otro cuadro de Cambados: el puente largo unido a la playa de la Mouta y al barrio de Santo Tomé.

Me acerco a las ruinas de la Torre de San Sadurniño en busca del pasadizo de que habla la leyenda donde al parecer escondió un rey sus tesoros. Subo a sus enormes piedras para alzar la mirada hacia los restos de la chimenea de la segunda planta. Aunque esté en ruinas, la torre impone con su presencia, las huellas del tiempo en forma de líquenes en sus muros derruidos. Pero, sobre todo, por su belleza y el aire mágico que desprende, como si en realidad formase parte de un sueño y no fuese real. 

Las huellas del tiempo en forma de líquenes en los muros derruidos de la Torre de San Sadurniño

Todas las pinturas que podemos contemplar en este entorno de la isla y de la Torre de San Sadurniño nos producen esa sensación de lugar fantástico, asombroso, sobrenatural. Una sensación que se acentúa en momentos del día como el amanecer, el atardecer o esta mañana blanca de verano en la que el sol se niega a salir.

Las ruinas de la Iglesia de Santa Mariña do Dozo, arquitectura fantasmagórica

A pocos minutos de la Torre San Sadurniño se encuentra otro lugar mágico de la villa de Cambados, en el Monte de la Pastora: las ruinas de la Iglesia de Santa Mariña do Dozo. No quiero ni imaginar este cuadro en un día de niebla o de tormenta, cuando seguro se transforma definitivamente en un lugar sobrenatural. Teniendo además en cuenta que el viejo cementerio de Cambados rodea a la iglesia. Lo imagino con la luz de los relámpagos y el sonido de los rayos, o la música de un grupo como Endless Forms.

Las ruinas de la Iglesia de Santa Mariña do Dozo tiene algo de divino, de celestial

Incluso ahora que el sol ha conseguido salir y difuminar el cielo blanco convirtiéndolo en azul, las ruinas de la Iglesia de Santa Mariña do Dozo tiene algo de divino, de celestial. Y su belleza también es extraordinaria. No son cuatro piedras de ruinas de un magnífico monumento que se quedaron en nada. Al igual que las de la Torre San Sadurniño, las ruinas de la Iglesia de Santa Mariña de Cambados conforman un monumento como inacabado, incompleto, hermoso también precisamente por sus espacios vacíos. 

La primera imagen es la de una puerta de cementerio con una cruz de piedra sobre el dintel, en segundo término tumbas con cruces blancas y la iglesia con su torre al fondo. Y esos arcos que llaman poderosamente la atención dotándola de un encanto que fascina. Esta magnífica arquitectura podría ser otro cuadro como los que vimos anteriormente, realizado por un pintor talentoso, capaz de dibujar cada rincón de estas ruinas, cada recoveco. 

Una fuerza mágica o sobrenatural nos empuja a entrar a la Iglesia de Santa Mariña de Dozo

Una fuerza mágica o sobrenatural me empuja a entrar, aunque siempre nos sentimos coibidos ante un cementerio, desamparados ante la muerte. Pero la belleza del lugar, incluso de estas tumbas antiguas de inscripciones de otros tiempos, me gustan. Y la iglesia en ruinas me deja sin palabras.

Las ruinas de Santa Mariña de Dozo se levantan sobre lo que fue una capilla románica del siglo XII, mandada construir por el señor feudal Lope Sánchez de Ulloa y restaurada y ampliada a finales del siglo XV en estilo Gótico marinero, con añadidos renacentistas posteriores. La vista se me va primero a esos magníficos arcos al aire, sin cubierta, decorados con bolas y pomas, y a la torre frontal de planta cuadrada a la que se asciende por una escalera de caracol que hay en el interior. Ya dentro de la capilla, miro hacia el gran arco apuntado cubierto por una gran bóveda de crucería, y entro en las capillas que se disponen a los lados.

La torre y los magníficos arcos decorados con bolas y pomas

Destaca el gran Cristo que hay en el altar, una representación diferente a las que estamos acostumbrados. Como en todas las iglesias a las que voy, me fijo en los detalles escultóricos, siempre simpáticos y llamativos. En la Capilla de Santa Mariña llaman la atención los relieves dispuestos en uno de sus arcos: los doce Apóstoles, los siete pecados capitales, el Misterio de la Reencarnación, una Vírgen embarazada,…No es de extrañar que la Capilla de Santa Mariña de Dozo fuese declarada Monumento Nacional ya en 1943, junto a su cementerio.

El enigmático Cristo de la capilla de Santa Mariña de Cambados
Detalles escultóricos de la iglesia de Santa Mariña de Dozo

El cementerio de Cambados es el más melancólico del mundo…

…según el gran escritor gallego Álvaro Cunqueiro. Es cierto que uno siente siempre cierta melancolía paseando por un cementerio, pero en el de Cambados descansa la gente junto a la belleza de la capilla de Santa María, dentro de la misma y alrededor. Lo que le confiere un aura nostálgica aún mayor.

Paseando entre bellas tumbas y mausoleos con elaborados bajorelieves y decoraciones, antiguos epitafios ya en desuso, me encuentro con la pequeña tumba del hijo de Ramón María del Valle Inclán, un bebé muerto de gastroenteritis, al que se unió su madre cuando le llegó el momento, la actriz Josefina Blanco. Pienso en ese gran escritor que tanto leí y en su tristeza.

La belleza del cementerio más melancólico del mundo la describió Cunqueiro mejor que nadie, diciendo que los arcos de Santa María estaban allí para sostener al viento

Continúo en busca de otros epitafios y de nombres que ya no se ponen a los recién nacidos en este cementerio enigmático que se extiende a las ruinas de Santa María. La belleza de ésta la describió Cunqueiro mejor que nadie, diciendo que los arcos de Santa María estaban allí para sostener al viento.

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Si Álvaro Cunqueiro fuese pintor, seguro que también sabría plasmar la melancolía de las ruinas de Santa María de Dozo y el misterio de la Torre de San Sadurniño. Nos regalaría cuadros llenos de poesía que animarían a la gente a venir a hacer una ruta pictórica por su amado Cambados.

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