Siguiendo el rumbo de las cigüeñas viajeras de Castilla

La belleza de las cigüeñas

Siempre soñé con ver cigüeñas en mi Galicia natal, en realidad desde el momento que las vi por primera vez en tierras de Castilla-León. Me parecieron los animales más bellos de la tierra: majestuosas aves blancas zancudas, alas bordeadas de negro, cuello esbelto y pico largo, habitantes de los altos campanarios de las iglesias de pueblos perdidos o de catedrales de grandes ciudades. Pero también de ruinas, torretas de electricidad y antenas,…En primavera acogían en esos grandes nidos a sus cigoñinos, y asomada a la ventanilla del coche podía ver esas pequeñas cabecitas que asomaban inquietas pidiendo comida. 

Recuerdo aquellos largos viajes a Castilla-León que hacíamos con mis padres, todos apiñados en el Renault 7 blanco ocupando las horas cantando, jugando a las curvas, durmiendo o con las miradas perdidas en el paisaje. Kilómetros y kilómetros de carreteras nacionales, tortuosas en Galicia, sobre todo subiendo a Piedrafita do Cebreiro, convertidas después en largas sendas interminables entre los campos de Castilla. 

Al atravesar la frontera era cuando comenzábamos a verlas: las cigüeñas de Villafranca del Bierzo, Astorga, La Bañeza y de toda esa serie de pueblos cuyo segundo nombre es Páramo: Santa María del Páramo, Grisuela del Páramo, Roperuelos del Páramo,…En este último siempre hacíamos una parada antes de seguir nuestro viaje para visitar a la abuela María, que todavía vivió hasta los 106 años – hay algo en estas tierras que hace que la gente viva muchos años; será ese vino que permanece un tiempo en cuevas, o quizás las sopas de ajo y los embutidos que curan tan bien, o tal vez los fríos del invierno – . 

Una estampa típica: una cigüeña en un campanario. Zamora.

Los recuerdos de un verano en Roperuelos del Páramo me llegan de los baños en el río, los mosquitos y las cigüeñas del campanario. A veces me escapaba al centro del pueblo para quedarme como un pasmarote mirando hacia la torre de la iglesia. Y allí estaban: en el abultado nido se movía la cigüeña y sus cigoñinos, y de vez en cuando llegaba otra cigüeña adulta con algo en la boca: una ramita o algo de comer. Entonces se quedaba un rato, mientras la otra echaba a volar abriendo sus alas esplendorosas, y yo seguía su vuelo con la boca abierta.

Pero lo que más me fascinaba era ese sonido extraño que emiten con el pico mirando al cielo: un castañeteo que resonaba por todo el pueblo y al que los habitantes no parecían prestar atención. Pero que a mí me asombraba. Más tarde pude ponerle nombre: crotoreo o claqueteo, que es un saludo de amor que se dedica una cigüeña a la otra. Si ya me parecían seres cautivadores, cuando escuchaba el crotoreo caía bajo el embrujo de esas aves perdiendo la noción del tiempo. 

Sobrevolando la ciudad

Siempre me pregunté porqué no había cigüeñas donde yo vivía, me parecían tan vacíos los campanarios de las iglesias tras haber ido a Castilla y León,…El otro día vi dos cigüeñas correteando por un campo en mi pueblo de Galicia, seguramente en busca de comida, y me extrañó tanto. Parece que las cigüeñas viven en zonas donde hace calor, y en mi tierra desde luego no lo hacía, por eso no venían a vivir. Si lo hacen ahora es porque algo le pasa al clima que está cambiando los hábitos de las aves. Una lástima que sea por todo lo que está ocurriendo que se haya hecho realidad mi sueño…Pero ahí están: las cigüeñas viajeras de Castilla y León llegan ahora hasta Galicia.

Cigüeñas desde el tren a Castilla-La Mancha

Unos años más tarde, cuando los estudios me llevaron a tierras de Castilla, tenía que coger un tren diurno que tardaba 7 horas en llegar a Madrid. Subía con excitación en esas máquinas de hierro, no solo porque me llevase lejos a descubrir nuevos mundos, sino por el hecho de estar en movimiento, de hacerme sentir que estaba viajando. Mirar a través de esos grandes ventanales que me devolvían imágenes en movimiento de lugares desconocidos como si se tratase de una película. 

En esos viajes en tren atravesando de nuevo Castilla y León también las veía, sobre todo en primavera: las cigüeñas en lo alto de postes de la luz o en sus campanarios de pueblos de paso, el gran nido haciendo equilibrios en las alturas. En otros viajes en tren, trayectos más cortos por Castilla-La Mancha, por Toledo y también por la provincia de Madrid, Alcalá de Henares, El Escorial o Aranjuez, ya esperaba ver las cigüeñas que seguro habitaban los tejados de las ciudades. A veces creo que viajaba a estos lugares solo para verlas, para quedarme mirando hacia arriba y observarlas y esperar oír de nuevo su cautivante crotoreo.

Las cigüeñas del Románico de Zamora

Las cigüeñas del Románico de Zamora

Hace dos años descubrí Zamora, una de las ciudades más bellas de Castilla y León. No sé porqué nunca había pasado por allí, quizás me quedaba a desmano o nunca se me había ocurrido. Después de ese día ya he vuelto en otras dos ocasiones, ya que me dejó deslumbrada. Es una ciudad amurallada que mira al río Duero desde lo alto de un promontorio, invitando al viajero a descubrir su casco antiguo monumental, que esconde nada menos que joyas de estilo Románico y Modernista.

Regreso a Zamora por varias razones: me encanta callejear entre sus magníficos edificios en busca de lugares que todavía no visité, o para mirar la ciudad desde las orillas del río Duero, allá majestuosa en lo alto. Aunque debo confesar que hay otra razón poderosa que me hace volver a Zamora: la cantidad de cigüeñas que habitan la ciudad. Recuerdo cuando fui la primera vez y sentada en una terraza en la Plaza Mayor, escuché el crotoreo sonoro de una cigüeña que anidaba encima del campanario del ayuntamiento. Lo reconocí al instante: ese sonido inconfundible que hacen al entrechocar los picos, y miré hacia lo alto y allí estaba. Poco después se echó a volar y seguí su trayectoria imaginándome cómo nos vería ella desde ahí arriba, si quizás se daba cuenta de que la miraba.

Nido de cigüeña en la torre del reloj del ayuntamiento de Zamora

Así que mi ruta por Zamora se transformó en una ruta en busca de cigüeñas. Descubrí una posada en lo alto de un precioso edificio románico, otra volando quizás hacia el Duero en busca de algunas ramas o comida para sus crías. Y en la Plaza de la bonita catedral de Zamora en una iglesia con varios campanarios conté hasta ¡cinco nidos de cigüeña! Una maravillosa estampa que superaba a las que había visto hasta el momento.

Pero siguiendo la muralla desde el mirador del Troncoso, los campanarios de las pequeñas iglesias románicas quedan a la altura de las miradas de los paseantes. Y allí se puede contemplar una sucesión de nidos de cigüeña magníficos. ¡Qué fácil ver los cigoñinos desde este punto de vista privilegiado! Sus movimientos pidiendo comida, limpiándose o dormitando.

Dejé pasar el tiempo absorta en la observación de  las cigüeñas del Románico de Zamora, que anidan en los campanarios de las iglesias más bellas, privilegiadas ellas.

Las cigüeñas de las Torres de Clerecía, en Salamanca

Las cigüeñas de las Torres de Clerecía con sus cigoñinos

En el mismo viaje a Zamora descubrí Salamanca, una ciudad en la que sentir también los ecos del tiempo. Uno puede perderse durante días por sus calles adoquinadas y la monumentalidad de su casco antiguo atravesando épocas, sin casi fijarse en nada más. O subir a la Torre Iacobus de la catedrale o a las Torres de Clerecía para contemplarla desde las alturas, el rico patrimonio arquitectónico de una Ciudad Patrimonio de la Humanidad. 

Pero los que subimos a los cielos de Salamanca no éramos los únicos espectadores privilegiados, ya que allí viven las cigüeñas de las Torres de Clerecía. Cuando pensaba que nada podría encantarme más en esta ciudad magnífica, después de la sorpresa de descubrir dos catedrales unidas por el tiempo, la maravilla gótica del Claustro de las Dueñas, la belleza del Jardín de Calixto y Melibea, o de entrar en el fascinante mundo del Art Nouveau y el Art Déco en la Casa Lis. De repente, esta escena asombrosa.

Tres nidos en un campanario

En lo alto de una de las Torres de Clerecía, un enorme nido con una cigüeña blanca dándole de comer a sus cigoñinos. Nunca los había visto tan de cerca, casi los podía tocar. Los cigoñinos tenían todavía el pico gris oscuro y las patas rosadas, que se les aclarará con el tiempo, tornándose rojo por la dieta en carotenoides, así como las patas. Se movían inquietos pidiendo comida, y uno de sus progenitores – no sé muy bien si hembra o macho, ya que no tienen dimorfismo sexual, son idénticos en tamaño y forma – regurgitaba una papilla en la boca abierta de un cigoñino. 

Ajenos a mi mirada fascinada, seguían tranquilos dentro de su escena familiar, sin prestar atención a los turistas ensimismados en la contemplación de las panorámicas de Salamanca. Yo, en cambio, dejé de mirar la ciudad para acechar a las cigüeñas de las Torres de Clerecía, sintiéndome afortunada por haber programado este viaje por Castilla-León en la época de cría.

Retransmisión en directo con las cigüeñas de Alcalá de Henares

Todavía viajo para ver cigüeñas en los tejados de casas y campanarios de iglesias de Castilla, aún me produce sorpresa y emoción verlas posadas en sus espectaculares nidos, incubando los huevos o alimentando a sus cigoñinos. 

Pero ahora también viajo sin moverme de casa para estudiar a esos animales que tanto me fascinaron desde que era niña. Vigilo a las cigüeñas de Alcalá de Henares todas las mañanas de primavera, cuando solo se oye fuera el piar de los pájaros madrugadores. Sigilosa, me conecto a la red global, y como por arte de magia aparecen ante mis ojos mis aves favoritas, más cerca que nunca. Me quedo ensimismada durante minutos eternos, aunque solo estén dormitando mientras incuban sus huevos, esperando a que se desperecen o a que alcen el vuelo para buscar ramas o alimento. 

La Sociedad Española de Ornitología (SEO) ha colocado en los últimos años varias cámaras por diferentes lugares de nuestra geografía para que podamos vivir en directo los períodos de reproducción de las especies más emblemáticas de nuestra fauna: las cigüeñas blancas, el halcón peregrino, el buitre negro o el cernícalo primilla. Una conexión en directo con la naturaleza que sería impensable en otros tiempos. Todavía no somos totalmente conscientes del privilegio de poder asistir a la vida de las aves en directo.

En la ciudad cervantina de Alcalá de Henares, Patrimonio de la Humanidad, también se ha creado un vínculo entre el patrimonio histórico y el natural. Hay más de 130 parejas de cigüeñas blancas, y la cámara que permite nuestra cita diaria es la que está en el tejado del ayuntamiento. Las cigüeñas Veia y Dao llevan unos años anidando aquí, llegan sobre el mes de marzo y se quedan durante todo el período reproductor. Durante el invierno se van cada una por su lado, y ya no recorren los 2500 kilómetros para migrar al Sahel africano, eso lo dejan para las cigüeñas más jóvenes. El cambio climático les ahorra ese largo viaje, y muchas cigüeñas adultas se quedan por España, no muy lejos de sus nidos a los que vuelven en primavera.

Las primeras imágenes me llegan en marzo con el acondicionamiento del nido, salen a buscar ramas para hacer más confortable el lugar donde nacerá las crías. Un día inesperado llega uno de los momentos mágicos: la puesta de los huevos. Es fantástico observar que tanto Veia como Dao los incuban para que los huevos no se queden fríos, cosa que no es únicamente tarea de la hembra. 

La observación de las cigüeñas requiere paciencia, como la de cualquier ave. Por lo que las miro adormilada durante minutos eternos desde mi puesto de vigilancia, mientras amanece en Alcalá de Henares y comienzan los ruidos mañaneros. Aunque confieso que a veces también las observo de noche, sus siluetas durmiendo en la oscuridad y el silencio de la ciudad. En cualquier momento puede tener lugar el evento más esperado. Siempre pienso que va a ocurrir cuando me toca mi turno de vigilancia…Pero no siempre es así, menos mal que se puede volver atrás en el video y asistir al gran acontecimiento como si fuese en directo. 

Cinco nidos espectaculares

La eclosión de un huevo y la pequeña cabecita del cigoñino asomando tras haber roto la cáscara con el diente del pico. Un momento mágico que Veia y Dao celebran nerviosos sin parar de colocar las pajas del nido. Y la misma escena que se repite con cada huevo, los cigoñinos ruidosos, chillando mientras sale su hermanito del huevo, patoso, despertando al mundo. 

Y a este momento emocionante suceden otros, ver crecer a los cigoñinos, que en un mes ya son capaces de batir las alas, en dos ya practican el vuelo y en tres ya son independientes. Mientras, allá abajo, en la ciudad de Alcalá de Henares la gente pasea ajena al milagro de la vida que tiene lugar en el tejado del ayuntamiento. Yo continúo vigilando con fascinación cada instante, también los momentos de peligro, los avisos de los vigías que, como yo, visionan cada día estas imágenes, y las acciones de salvamento por parte de bomberos y profesionales de SEO. Las cigüeñas de Castilla están en buenas manos y nosotros, los amantes de estas aves, podemos asistir al discurrir de sus vidas como espectadores privilegiados.

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Atrás se quedan aquellos largos viajes en coche en los que me llevaba mi padre, tantos kilómetros por la orografía difícil de Galicia hasta llegar a las planicies de Castilla y León, atravesado pueblos secos, alzando la vista a sus tejados en busca de las cigüeñas. Todavía tengo frescas en mi memoria aquellas imágenes de los nidos sobre los terrosos campanarios, y las que yo creía las aves más bellas de la tierra incubando sus huevos o echando a volar con su silueta esbelta recortada en el cielo azulísimo. Me llegan los ecos de su crotorar a través de la ventanilla abierta del Renault 7.

Cigüeña posada en un tejado

Agradecimientos

Gracias a la Sociedad Española de Ornitología (SEO) por habernos permitido convertirnos en espías, en voyeurs de estas aves fascinantes. Por su trabajo en la preservación y el cuidado de las aves españolas, entre las que se encuentran las 30 mil parejas de cigüeñas. Por ofrecernos sus conocimientos y despertar nuestra conciencia. 

Gracias a los vigías de las cigüeñas de Alcalá de Henares que las contemplan cada día y velan por la vida de estas aves. Y a los bomberos de la ciudad, siempre dispuestos a ayudarlas.

Gracias a mi padre por llevarnos de niños a tantos viajes en su Renault 7 blanco, en los que conocimos nuevos mundos, en los que vimos por primera vez las cigüeñas de Castilla. Todavía vuelvo en mis recuerdos contigo a esos periplos interminables por la geografía española y portuguesa.

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