César Manrique contempla la isla de El Hierro desde el Mirador de la Peña

Contemplando la belleza del Valle del Golfo desde el Mirador de la Peña

César Manrique contempla el Valle del Golfo en toda su inmensidad desde el Mirador de la Peña: la línea de la costa que se dibuja recortada, el Atlántico bravo con su intenso azul, mira a lo lejos el horizonte, la panorámica es tan amplia desde aquí, casi puede tocarlo todo. Lo recorre con la mirada sin pensar en el tiempo, en las islas es como si el tiempo no existiera, como si esto fuese el principio de todo, como si el mundo fuese así desde el principio. Seguro que piensa en el colosal deslizamiento de tierra que creó el Valle del Golfo hace millones de años.

Las texturas desde el Mirador de la Peña son tan nítidas, los colores tan vivos, que casi puede hacer bocetos en su cabeza de esa belleza salvaje, de esa naturaleza en estado puro que amó desde que tiene uso de razón. Sí, ya sabe como será su próximo cuadro, lo pintará mañana mismo, cuando de madrugada se levante, se vista su mono azul y lo acompañe jubiloso su querido perro. Ya puede ver esas tonalidades plasmadas en el cuadro, esos relieves. Este lugar le inspiró desde el principio…Cuando vio el Risco de Tibataje, se subió a su corona y al contemplar este panorama vio un cuadro, y algo más…en seguida supo que ahí iba a construir algo.

Baja por la amplia terraza de piedra volcánica las escaleras que le sitúan como en medio de la lava que en otro tiempo corrió por esta ladera. Se cruza con varios lagartos pequeños comunes que apenas se asustan con su presencia, sonríe, le gusta que continúen en su hábitat tan tranquilos, como si aquí no se hubiera nunca construido nada. Era precisamente lo que quería…

Manrique afina la vista para poder contemplar los enormes roques, El Salmor, donde vive el lagarto gigante de El Hierro

Una vez en el extremo de la terraza más baja afina la vista para poder contemplar los enormes roques, El Salmor, donde vive el lagarto gigante de El Hierro – una especie protegida – la espuma de las olas bate contra ellos, allí están a salvo. Se quedaría horas contemplando el Valle del Golfo y el Atlántico desde este rincón, pero sabe que desde más arriba la perspectiva es todavía más fascinante.

Así que vuelve sobre sus pasos, desde la amplia cristalera interior puedo verlo pasar, y sube unas escaleras hasta otro mirador-terraza. Desde aquí sí es gigantesco. Vuelve a ocurrir, una nueva pintura va tomando forma a base de pinceladas en su cabeza, la pinta mientras contempla este océano vasto de plata, el mapa del Valle del Golfo bien definido. Y entre rocas y vegetación un pedacito de terraza que sobresale y una pareja abrazada que señala el horizonte. Manrique sonríe satisfecho otra vez, percibe esa sensibilidad que esperaba

Mira hacia arriba, parece que el mar de nubes está suspendido allá, nunca se sabe con él, quizás baje en unos minutos y cubra todo, o quizás siga mirándonos como queriendo jugar. Sé que le gusta lo que sucede en las islas, los cientos de microclimas que hay, ese juego eterno de la naturaleza que es como un regalo.

Una pareja abrazada señala el horizonte, Manrique sonríe satisfecho, percibe esa sensibilidad que esperaba…

Sé que soy una osada, sigo sus pasos y me uno a él, tengo que preguntarle tantas cosas. Él, hospitalario, me invita a seguirle, me abre las puertas hacia el descubrimiento de lo inédito. Me cuenta que desde donde estamos se puede ver cómo la obra se adaptó perfectamente al paisaje, se adosó a la pared rocosa del Risco de Tibataje y consiguió lo inimaginable: integrarse en la topografía y las características del paisaje de El Hierro sin apenas transformarlo. Entusiasmado afirma que lo importante es la naturaleza extraordinaria de El Hierro, volcánica, y el mar. No quería que el Mirador de la Peña destacara sobre esa maravilla, este era secundario, un medio para contemplar estas vistas panorámicas para fusionarse con ellas. Recuerda cómo le pidió al encargado de la dirección de las obras del Mirador de la Peña que rebajasen un poco el terreno para que sobresaliera lo menos posible. Su obra era lo de menos.

Y para que el efecto mimético fuera completo, respetó las especies de flora autóctona en los jardines. Miro fascinada la cubierta vegetal con especies de El Hierro, se funden de forma perfecta con la piedra volcánica. Le cuento que hoy en día se hacen muchas cubiertas vegetales, y entonces se le ilumina el rostro. Me habla de pronto de sensibilidad, de consciencia,..

Manrique consiguió lo inimaginable: integrarse en la topografía y las características del paisaje de El Hierro sin apenas transformarlo

Los jardines del Mirador de la Peña entre recuerdos

Un reguero de recuerdos sale por la boca de César Manrique mientras recorremos los jardines, esplendorosos en plena primavera de las Canarias que envuelven la obra que regaló a los herreños. Quiere decirme que forman parte de esta, insiste en que la naturaleza es la obra, la naturaleza es el fin. Por eso esa presencia constante de la naturaleza en el Mirador de la Peña.

Siempre adoré la flora canaria desde que empecé a descubrir las islas en Tenerife. El majestuoso drago por el que siento un respeto profundo, será desde que vi el Drago de Icod de los Vinos o uno gigante en La Gomera, tienen tanto que contar,…Y después están las bellas tabaibas, las sanjoras, los moles, …extraña flora para una peninsular como yo. Se lo cuento así y se ríe, él también quería que viniesen a las islas los turistas para admirar lo diferente, lo que no encuentran donde viven. Y aquí lo encuentran en el paisaje, la flora, la fauna,…

Le hablo a Manrique de mi debilidad por el tajinaste, me enamoré de esta planta desde que conocí Canarias. Me pasó un poco como con el drago. Son de una belleza tan espectacular, con sus cientos de florecillas minúsculas, y la planta queriendo llegar al cielo. Y un conjunto de tajinastes, cada uno mirando hacia su trocito de cielo, me llena como de alegría.

En el jardín del Mirador de la Peña hay especies de la flora canaria

También le relato la mezcla de inquietud y fascinación que me hacen sentir las sabinas de El Hierro, con su cuerpo caído por el viento de muchos siglos, le confieso que en El Sabinar sentí una tristeza profunda viendo esos árboles sedientos. Y al mismo tiempo emoción porque fueron capaces de sobrevivir. Al ver la raíz de sabina invertida que hay en los jardines del Mirador de la Peña, comprendo de repente lo que intenta explicarme César Manrique.

Me mira contento y retoma sus recuerdos, y ahora intuyo porqué habla de sensibilidad, de consciencia. Me cuenta que él siempre pretendió que todos mirásemos la naturaleza de las islas Canarias conscientes de la riqueza natural que poseemos. En cuanto sientes, en cuanto te das cuenta, aprendes cómo conservarlo.

Le digo que quizás hay algo de la arquitectura tradicional de El Hierro en el Mirador de la Peña. Asiente, me confirma que para él era importante respetar la idiosincrasia de la isla, al igual que hizo en su Lanzarote natal, por eso se buscó la inspiración en ella. Me habla de cómo quiso que los herreños recuperasen el amor por su arquitectura con el Mirador de la Peña, la puso en valor. Usando materiales de la naturaleza de El Hierro, la madera y la piedra, y haciendo la estructura superior de la edificación sin apenas relieve. Imitando el diseño de aquellas viviendas, animó a los herreños a recuperarlas.

En el jardín del Mirador de la Peña hay una raíz de sabina invertida

Yo lo sé bien, y se lo cuento a Manrique: pude verlas en nuestro viaje por El Hierro, esas casas de piedra por todos los rincones de la isla, muchas de ellas ahora destinadas al turismo rural. Constituyen hoy en día una parte del legado del patrimonio cultural herreño. Manrique asiente feliz, solo él sabe la dicha que lo llena en estos momentos. Aunque la intuyo, parece que también me contagia esa sensibilidad que supo transmitir a los herreños (y a los lanzaroteños, y a otros isleños) para que apreciasen su patrimonio natural y cultural.

Celebrando la vida con César Manrique

Me hace un gesto para que entremos al restaurante del Mirador de la Peña, al que bajamos por unas escaleras de madera. Domina el color blanco como el de las construcciones de las casas herreñas, y el verde de la naturaleza que también tiene vida en el interior. Las plantas cuelgan de troncos en el techo y adornan las escaleras, así como el interior del restaurante. La presencia de la naturaleza es una constante en el trabajo de César Manrique, me dice que hasta plantó vegetación en las ventanas del cuarto de baño del restaurante. Compruebo más tarde que desde el gran ventanal del mismo también se puede ver el Valle del Golfo, la belleza invade todos los rincones en el Mirador de la Peña.

El restaurante del Mirador de la Peña también es un mirador que me deja sin palabras

Me llama la atención el gran lagarto de cerámica que decora la bajada por las escaleras del restaurante, Manrique vuelve a sonreír y me comenta que le hizo un homenaje al lagarto de El Hierro, hoy en peligro de extinción. Quiso que todo en el Mirador de la Peña fuese un homenaje a la isla, puesto que incluso hay una pequeña tienda de souvenirs en donde se venden productos locales: mermeladas, vino de El Hierro, artesanía realizada por los herreños.

Descendemos a una gran sala, donde hay un amplio comedor con mesas y sillas, y un inmenso ventanal de arriba abajo desde el que se ve el Atlántico y el Valle del Golfo. El restaurante también es un mirador que me deja sin palabras. Me deja contemplarlo, puedo sentir ese estado permanente de alegría, de celebración de la vida de Manrique – recuerdo que se lo había escuchado a un amigo suyo en un documental sobre él -. Celebra que su obra ha funcionado, consigue que nos sensibilicemos con la visión de la inmensidad de la naturaleza de El Hierro. Podemos divisarla hasta el horizonte a través de las enormes ventanas sin marco que hay en el restaurante del Mirador de la Peña.

Giro sobre mí misma y veo los acantilados, el Valle del Golfo en toda su longitud, los Roques, y la grandiosidad del Atlántico. Incluso llegando a una confortable sala con chimenea con unos bonitos sillones que miran hacia fuera, veo el conjunto desde la esquina: casi ni se nota que hay un cristal que separa el mirador del restaurante, ¡es mágico!. César Manrique sigue todas mis reacciones, parece divertirse con la expresividad con la que me entusiasma el lugar. Pero reconozco que más allá de la belleza del restaurante, el protagonista verdadero es la isla de El Hierro, esa naturaleza gigantesca de una belleza salvaje.

La mezcla de gofio amasado, queso herreño y mojo….delicias de la gastronomía de El Hierro

Cuando vuelvo César Manrique se ha sentado en una de las mesas y me invita a mí y a mi amigo – que se había quedado fuera entusiasmado con las vistas panorámicas desde el Mirador de la Peña en nuestro primer día en El Hierro – a comer algunas de las especialidades de la gastronomía herreña. Probamos antes unos vinos blancos cultivados en la isla, que nos recuerdan en seguida a los vinos de Tenerife, ese gusto volcánico único también está en los vinos de El Hierro.

Las delicias gastronómicas canarias no se hacen esperar: ahí llega un plato de queso herreño con gofio amasado salpicado de mojos rojo y verde. De nuevo ese brillo en la mirada de Manrique, sabe que nos va a encantar, festeja el hecho de vernos salivar ante estos platos tan apetitosos, tan bien preparados, que degustaremos en un restaurante único y con una compañía única. Es el turno ahora del pez espada con papas arrugás y mojo,…sabores canarios mientras contemplamos felices el espectáculo de la naturaleza, celebrando la vida junto al maestro César Manrique.

Celebrando la vida con un buen vino de El Hierro y delicias de la gastronomía herreña…junto a César Manrique

Desde el Meridiano Cero, el Manifiesto Ecológico de César Manrique

Durante la hora de los cafés, el artista lanzaroteño se pone un poco solemne cuando nos cuenta que firmó el Manifiesto Ecológico desde el Meridiano Cero en abril de 1986. Ese fue el principio de todo, el Mirador de la Peña se inauguraría en 1989. Allí en un lugar simbólico, en la Punta de Orchilla, en el punto más occidental de España. Un lugar de referencia en otros tiempos, por donde pasó durante doscientos años el Meridiano Cero, tras establecerlo los franceses en 1634. César Manrique firmó un manifiesto apoyaría hasta el final de sus días. Ante el Faro de Orchilla, imponente y solitario en el lugar más salvaje de la isla de El Hierro, se comprometía a apoyar a los herreños en el fomento de la conservación de la pureza del entorno. También hacía hincapié en la calidad del paisaje rural.

Mi amigo y yo nos miramos alucinados. Manrique nos dice que en su Manifiesto Ecológico afirmaba que El Hierro no tendría futuro sin la recuperación de su memoria arquitectónica, sin fomentar el desarrollo del sector primario, ni sin la construcción de un modelo de desarrollo armónico. Apoyaba la potenciación de un turismo amante de la naturaleza y respetuosa de los valores de conservación de la misma.

Miramos admirados a los ojos a ese pintor, arquitecto, diseñador de espacios, a ese luchador incansable que fue un visionario en un tiempo en el que España se metía de lleno en la era del Desarrollismo, unas décadas, la de los 60 y la de los 70 en las que la noción de desarrollo no incluía a la naturaleza.

Podemos intuir lo que siente César Manrique ante la inmensidad y la espectacularidad de esta naturaleza, yo también lo siento, muchos lo sienten, ya somos masa

Pues bien, para César Manrique sí. Él supo ver, comprendió en seguida la idea de sostenibilidad. Nos cuenta que ya de niño se sentía fascinado por la “gigantesca belleza”de la naturaleza de Lanzarote, su sensibilidad crecía ante lo que estaba contemplando. Más adelante, cuando regresó a las islas supo que iba a perseguir toda su vida sensibilizar a la gente para que buscasen la armonía de su existencia con la del espacio que habitasen.

Él lo consiguió, y aplicó el arte a la vida. Recuerdo que en el documental se definió como “un artista con un conocimiento plástico muy amplio para poder aplicar todas mis experiencias al espacio natural”. Para él la naturaleza era arte.

Sentimos que hoy su herencia en la isla de El Hierro, en este Mirador de la Peña permanece viva, y sabemos que nuestro deber es preservarla. Ya es hora de irse, Manrique nos cuenta que tiene que regresar a su casa de Lanzarote, que el viaje a El Hierro le ha inspirado y necesita plasmar nuevas ideas en el lienzo Muchas otras son ahora proyectos, y seguro que mañana serán nuevas obras arquitectónicas que veremos en cualquiera de las islas Canarias.

Contemplamos la figura de César Manrique yéndose del Mirador de la Peña, mira hacia el panorama una vez más, puedo intuir lo que siente ante la inmensidad y la espectacularidad de esta naturaleza, yo también lo siento, muchos lo sienten, ya somos masa. Sus palabras todavía resuenan en mí: “hay que tratar de crear armonía y belleza, he sido un destinado a trabajar por la belleza”.

Sentimos que hoy su herencia en la isla de El Hierro, este Mirador de la Peña permanece viva, y sabemos que nuestro deber es preservarla

Fuentes

ImprescindiblesTaro, el eco de Manrique. RTVE, 16 de abril de 2016.

Bienmesabe.org, El Mirador de la Peña: el legado de César Manrique en El Hierro. nº437, 28 de septiembre de 2012.

Agradecimientos

Agradecemos a Turismo de El Hierro el apoyo en este inolvidable viaje de prensa, a Yaneida Quintero González y a Olga Moles Méndez, técnicos de Turismo del Hierro. Extraordinariamente organizado por nuestro amigo Paolo Cossovel, guía y propietario de la empresa Atlantidea senderismo y excursiones – El Hierro, un ejemplo de turismo responsable.

Gracias al Mirador de El Hierro por conservar la herencia de César Manrique.

Gracias a César Manrique por darnos tanto.

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