Road trip por Islandia. Atrapados en el misterio del cementerio de barcos de Grindavík

En este extraño día acabaríamos en el cementerio de barcos de Grindavík

La niebla densa nos despierta con su silencio húmedo, cubriendo con un velo de vapor el paisaje de Islandia, lo que que nos empuja a adentrarnos en un túnel fantasmagórico. Se anuncia una jornada incierta. Buscamos el faro de Dyrhólaey subiendo casi a ciegas por la carretera que sube a los acantilados. Apenas vemos su figura recortada contra la bruma densa, ni siquiera parece que el mar nos rodee, ni los fantásticos Reynisdrangur de la playa de Vík í Myrdal. Sólo adivinamos el desfiladero en cuyos huecos anidan abrazadas aves que parecen ser los únicos seres vivos aparte de nosotros.

Esta atmósfera densa nos acecha a lo largo de muchos kilómetros, mientras rodamos por una de esas carreteras islandesas sin arcén rodeadas únicamente de campos de lava. Por momentos confundimos la niebla con el vaho de fumarolas que emergen de las entrañas de esta tierra de fuego. Únicamente nos protege la casa que llevamos a cuestas desde que comenzó este viaje por Islandia, una de las tierras más extrañas y fascinantes que conocimos. Un lugar en el que te pierdes atrapado por su naturaleza brutal perdiendo toda noción de tiempo.

Hoy vuelve a suceder, nos sentimos capturados de nuevo por las fuerzas bestiales de este país que ruge por dentro, precisamente el último día de nuestro road trip por Islandia, como si quisiera quedarse con nosotros, tragándonos de algún modo para siempre.

El faro de Dyrhólaey. Apenas vemos su figura recortada contra la bruma densa

Primero hace que nos desorientemos por esta niebla enredadora, que nos envuelve y hace que perdamos el norte. Aun a pesar de que seguimos la línea de la carretera infinita que creemos nos lleva a la Península de Reykjanes, nuestro destino final, en busca de un faro que alumbre nuestro camino.

Y, de repente, es la nieve la que se suma a la niebla, una nieve de copos enormes – los más grandes que nunca había visto – que cubre los pueblos de casas de colores, consiguiendo que nos despistemos todavía más. Algo extraño está ocurriendo en estas tierras de fin del mundo. Nos desviamos de nuestro camino buscando alguna referencia en uno de esos pueblos volcánicos, y lo único que encontramos es un silencio solo roto por el delicado caer de los copos de nieve. Es un pueblo fantasma en el que, sin embargo, parece que hay vida, o más bien que se quedó en suspenso, como paralizada por el tiempo. Nos estremecemos cuando llegamos al cementerio cubierto de nieve, en el que el frío y el silencio parecen más intensos.

Nos alejamos huyendo de algún modo y regresando no sabemos cómo a la carretera sin fin, atravesando ahora cascadas inmensas, ensordecedoras, envueltas también en bancos de niebla. Como la gente que ahora sí aparece, pero se mueve más lenta de lo normal y no habla, o quizás no la escuchamos por el bramido de las aguas al caer. Huimos de esta atmósfera enrarecida buscando ya algo angustiados nuestro camino.

Cuando llegamos al cementerio cubierto de nieve, en el que el frío y el silencio parecen más intensos

Pasamos mucho tiempo atravesando el invierno de Islandia, que ya no es de niebla y nieve, que parecen haberse esfumado por el viento cuya fuerza en Islandia es tal que hay que sujetar las puertas de la campervan para que no se rompan, notamos su clamor fuera. Divisamos la Península de Reykjanes por fin guiados por sus faros. Ahí está de repente, al final de un campo de lava, el primer faro naranja, uno más de los muchos faros que vimos en Islandia, esbelto, con su linterna roja en lo alto, cuya luz parece que está encendida, como si quisiera guiarnos, como si supiera que el clima nos tendiese trampas a posta para que nos perdiésemos.

Queremos pasar el final del día en el pueblo de Gríndavík, uno de los principales centros de pesca de Islandia, y volvemos a duras penas a nuestra carretera pasando ahora por campos de lava ora nevados, ora cubiertos por un musgo de color verde intenso. Y en cuanto llegamos a Gríndavík de repente el cielo comienza a abrirse, haciéndonos olvidar por un momento las varias formas de invierno que hemos vivido en un mismo día. En unas horas vimos cómo cambiaba el clima de Islandia, a primeras horas del día sumido en la luz tenue, mortecina de la niebla y de la nieve después. Una atmósfera de misterio se apoderó de los paisajes volcánicos, como el preludio de un sentimiento de tristeza que estaba por venir. Y, de pronto, esta luz, como si procediera del faro que estábamos buscando, el faro de Gríndavík que parecía llamarnos a lo lejos.

De repente, el cementerio de barcos de Grindavík

El barco Hrafn Veinbjarmarson III

De repente, el cementerio de barcos de Grindavík. Restos del barco Hrafn Veinbjarmarson III

Atravesando el puerto de Gríndavík, llegamos a Garðsskagi, y seguimos un camino que creemos nos llevará al cabo de Hóp, donde se encuentra el faro de Gríndavík. De pronto vemos el casco de un viejo barco encallado en medio de un campo de lava. La roca está cubierta de esa hierba seca por el viento helado que en verano seguro que es verde. La madera del barco está descolorida, como si hubiera pasado mucho tiempo por él, y así varado, inclinado hacia un lado, sin agua por la que navegar parece que está fuera de lugar y al mismo tiempo tiene un aire triste.

Extrañados seguimos nuestro camino hasta que nos paramos de golpe, asombrados, porque a pocos metros pueden contemplarse los restos de lo que debió ser un gran navío, protagonista de una extraña escena: la luz del sol ahora sí intensa, lo ilumina como hacen los focos en el teatro, haciendo resaltar su color que debió ser en otro momento otro y ahora solo es óxido, un color óxido muy naranja. Las olas se oyen lejanas, y el único mar que rodea el barco es un campo negro de rocas de lava, sin movimiento, sin sonido.

¡Estamos en un cementerio de barcos!. Un cartel nos cuenta la historia del Hrafn Veinbjarmarson III que naufragó justo al lado del cabo el 12 de febrero de 1988, hace ya 40 años. Menos mal que un helicóptero de los guardas costeros de Islandia rescató a los 11 marineros. Corremos contentos, lo más rápido que nos permiten las roca de lava, para subirnos al Hrafn Veinbjarmarson III, bueno, a lo que queda de él y alegrarnos por la suerte de estos marineros. Los restos del barco se quedarán ya para siempre en el cementerio de barcos de Gríndavík.

El barco Grindvíkingur MB39

Una inscripción en un ancla oxidada en medio de este falso mar nos cuenta la historia del Grindvíkingur MB39 que naufragó el 18 de febrero de 1952

El faro naranja ilumina el camino que debemos seguir en este mar infinito de lava seca, que ahora se ve en toda su inmensidad a lo lejos, contrastando con la oscuridad de la lava. Y un ancla oxidada en medio de este falso mar, un ancla que no debería estar aquí, ajena al barco que debería amarrar. Lleva una inscripción, la historia del Grindvíkingur MB39 que naufragó el 18 de febrero de 1952 en el cabo de Hóp y se hizo añicos, arrojando a su tripulación al mar embravecido. Durante dos días se buscó a algún superviviente, pero el mal tiempo hizo que fuese imposible, y finalmente aparecieron sus cuerpos tras la tempestad.

Nos acercamos a lo que queda del Grindvíkingur MB39, en el camino nos encontramos con pedazos hundidos en este mar negro, y al llegar a su lado vemos un amasijo de hierros retorcidos, en los que adivinamos las formas del navío que fue, incluso su mástil sigue ahí donde estuvo. Trepamos por él pensando en la última vez que alguien subió a bordo y que todo acabó en muerte y destrucción.

Nos dejamos envolver por este aura de misterio que emana de los hierros de este barco que ya no es tal, cuya silueta se recorta en un cielo ahora completamente azul. Colores intensísimos que componen un conjunto maravilloso: el naranja del navío de hierro, el azul del cielo, el naranja también del faro, el negro del mar de lava. La imagen es tan bella como sobrecogedora, asusta que algo tan triste se haya convertido en algo tan hermoso.

Un amasijo de hierros retorcidos en el que adivinamos el navío que fue el Grindvíkingur MB39

El barco Eldhamar MB13

Ya casi estamos a los pies del faro naranja, el faro de Hóp, que se alza imponente con su linterna roja en su cumbre. El pobre debe pensar que quizás aquellos fatídicos días no cumplió su función de guiar a los marineros a un sitio seguro, cargando con una culpa que no es suya. Las tempestades, el mar estado de la mar y la costa accidentada se conjugaron para que lo peor sucediera. El faro seguro que los iluminó, y que siguió iluminando a todos los buques que sí llegaron a buen puerto. Ahora continúa con su tarea de guía de barcos y de viajeros que llegan para ver el cementerio de barcos de Gríndavík.

Al lado del faro naranja están los restos de otro barco que naufragó junto al Cabo de Hóp la noche del 22 de noviembre de 1991: el Eldhamar MB13. Grandes olas rompieron contra él consiguiendo que se hundiera en un profundo hueco. Las condiciones de rescate eran muy malas y se prohibió a los rescatadores que salieran al mar. Murieron 5 de los marineros del barco Eldhamar MB13, sobrevivió 1.

La costa de Reykjanes es muy accidentada y muchos barcos han encallado en su costa rocosa a lo largo de la historia. Entre los más conocidos se encuentra el Jamestown, un velero que llegó a la costa en 1881, transportando madera. Los barcos que naufragaron en el cabo de Hóp, cuyos restos acabamos de ver, son los más recientes.

A los pies del faro naranja, el faro de Hóp, el barco Eldhamar MB13

Recordamos ahora lo extraño que fue el día de hoy desde que amaneció, la atmósfera fantasmagórica que envolvió la jornada de misterio, conduciéndonos por un extraño túnel sin tiempo donde nos desorientamos por momentos, sintiéndonos estremecidos por el rugir de las entrañas de la tierra de Islandia. Quizás eran los náufragos perdidos los que nos llamaban, espectros que querían guiarnos al cementerio de barcos de Gríndavík para que supiésemos de su existencia, para que escribiéramos sobre lo que ocurrió y no se olvidara. Así los viajeros que vengan a Islandia podrán conocer el cementerio de barcos de Gríndavík, dejándose atrapar por su misterio, por su belleza sobrecogedora.

Cómo llegar al cementerio de barcos de Gríndavík

Gríndavík está en la Península de Reykjanes, al sureste de Islandia. Hay que atravesar el puerto e ir hacia el faro de hóp. Hay un panel de información en Garðsskagi, que tiene un mapa de los sitios de naufragios y sus fechas. Ahí comienza el cementerio de barcos de Gríndavík.

Ahora sabemos que los náufragos perdidos nos guiaron al cementerio de barcos de Gríndavík para que supiésemos de su existencia, para que escribiéramos sobre lo que ocurrió y no se olvidara
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