Volando por los cielos de Madrid. De Cibeles al Círculo de Bellas Artes con los hombres pájaro

Volar por los cielos de Madrid
Volar por los cielos de Madrid

A veces quisiera volar por los cielos de Madrid como si fuera un pájaro más que pasa desapercibido ante la ciudad en movimiento, siendo en realidad un privilegiado viajero que tiene la fortuna de descubrir los secretos de esta gran urbe sin que nadie se dé cuenta. Me pongo unas alas y alzo el vuelo sin pensar, sin miedo al vacío, el aire roza mi duro plumaje y me invade una sensación única de libertad. De repente me siento muy pequeña y la ciudad es una inmensidad de tejados de formas diferentes, las arterias que la recorren se ven de repente muy claras, y allá abajo se mueven muy despacio pequeños seres, algunos de los cuales en realidad llevan un ritmo frenético.

Extiendo mis alas queriendo abrazarlo todo y comienzo a descender acercándome a la ciudad que tantas veces miré desde el suelo. Ahora el punto de vista es otro, la veo con otros ojos. Desde el cielo adquiere una belleza distinta, como si se tratase de un cuadro, son como trazos de pintura, como si los árboles de El Retiro estuvieran pintados en lugar de ser reales, como si los magníficos edificios fueran más bien dibujados por la mano de Antonio López. Es todo real, pero al mismo tiempo una especie de bruma le da una luz diferente a la ciudad de Madrid. Quizás son mis ojos de pájaro que ven así, pero yo no sabía como miran los pájaros. Es ahora cuando caigo en la cuenta de las infinitas miradas que puede haber de un lugar, todas ellas de un color diferente.

Vuelo rasante por la Plaza Mayor de Madrid
Vuelo rasante por la Plaza Mayor de Madrid

Sigo planeando por el centro de Madrid, recorro la Gran Vía, esa calle llena de gentío y de historia, y me poso un rato en el alto edificio de Callao, el de Schweppes, y veo que una larga fila de gente espera paciente la entrada al cine. Pienso en cine y me entran muchas ganas de ver la Filmoteca de Madrid desde el cielo, siempre la miré en contrapicado, y ahora quiero ver ese precioso edificio Art Déco de color naranja en picado. En seguida llego, el ser pájaro te da de repente ventajas, el concepto de tiempo y espacio cambia, las grandes distancias no son nada cuando se sabe volar.

Ahí está, iluminado ahora por esta luz tan extraña de tormenta, quizás llueva en unas horas, tendré que estar alerta. Siempre me gustó el edificio de la Filmoteca de Madrid, tan sencillo y tan bello a la vez, y sobre todo lo que representa, una historia llena de cine. Todavía me parece percibir a los estudiantes que entran a la sesión de 6 para ver algún ciclo de cine de Igmar Bergman o de Bette Davis, esas oportunidades únicas de ver cine de antes que antiguamente también tenías en los ciclos de TVE.

Modernismo en el Teatro Pavón de Embajadores
Modernismo en el Teatro Pavón de Embajadores

Siguiendo mi recorrido, advierto que es la hora del cine y del teatro, ya que veo también colas en los Cines Ideal, y la gente se precipita al Teatro María Guerrero, al Teatro Alcázar, al Teatro Real,…a los teatros de barrio. Y es que en Madrid todavía es una ciudad d cine y teatro.

Siento de repente la necesidad de ir a espacios más grandes, llego al Templo de Debod, desnudo, sin apenas paseantes que lo visitan. Es como un lugar fuera del tiempo, fuera de lugar, parece que en vez de estar en Madrid estás en un lugar del lejano Oriente. A lo lejos, entre calima (o contaminación), el Madrid de las Vistillas, ese lugar donde el horizonte puede confundirse con el mar. A veces creo realmente que es el mar y vuelo hacia él con esperanza.

Los cielos de madrid
Los cielos de madrid

Me gusta mirar esa enorme plaza del Palacio Real, es inmensa y la gente se siente pequeña allí, o al menos lo parece desde aquí arriba. Y es tan perfecta, con esas arcadas que van a desembocar al espléndido palacio. Los atardeceres allí son tan bellos, el cielo parece más grande y adquiere tonos anaranjados y rojizos. Pero lo que más impresiona es la luz que se refleja en los edificios cuando cae la tarde o, como hoy, cuando parece que va a caer una tormenta sobre Madrid.

El Palacio Real de Madrid
El Palacio Real de Madrid

Sobrevolando el Madrid de los Austrias

Está preparándose una galerna, el cielo azul se está cubriendo poco a poco de nubes negras, y esa luz es la que quiero atrapar ahora con mis alas. Sobrevuelo el Madrid de los Austrias, siempre me gustó esta zona de la capital, y con la tormenta en ciernes está especialmente bella. Hago un vuelo rasante por sus callejuelas, casi me dan ganas de ser persona otra vez para recorrerlas a pie, pero sólo desde aquí arriba se aprecia bien ese resplandor que ilumina cada uno de los edificios. Como el del Teatro Real, imponente frente al Palacio Real; yo diría que incluso intercambian halos de luz, o que el uno es el espejo del otro. Vuelo entre ambos sin saber adonde dirigirme, tal es la claridad cegadora.

Ahora mi vuelo es rasante, para ir subiendo poco a poco. Busco mis placitas favoritas, la plaza Ramales es una, pequeña, algo perdida, pero detaca por ese Palacio de Ricardo Angustias increíblemente bello a cuyo torreón corro a posarme. Voy de balcón en balcón para apreciar de cerca la decoración pictórica con estuco del último piso.

Posándome en el Palacio de la plaza Ramales, en el Madrid de los Austrias
Posándome en el Palacio de la plaza Ramales, en el Madrid de los Austrias

Es el privilegio de ser pájaro, podemos pararnos en todos los detalles. Busco ahora la Plaza Mayor que, desde arriba, es tan diferente, un rectángulo en medio de callejuelas estrechas y tejados naranjas, es como un respiro en medio de tanto abigarramiento. Me tomo allí también mi tiempo, buscando también las decoraciones de las fachadas y mirando cómo la gente juega al ajedrez en ese tablero gigante. Entre callejuelas, doblando por la calle del codo, veo la Casa de Cisneros y la Casa de la Villa.

La calle del Codo
La calle del Codo

En busca de historias

 Remonto el vuelo en busca de historias. Dejo la visita monumental por el Madrid de los Austrias para meterme por barrios menos extraordinarios arquitectónicamente, pero que piden a gritos ser escuchados. Me pierdo por esas calles de la Latina, Lavapiés, subo a Triball, Bilbao, Chueca,…me paso horas espiando a los madrileños por las ventanas. Siempre a una distancia prudencial para que nadie sepa que en realidad estoy ahí para atrapar retazos de sus vidas. Porque las historias de las gentes también forman parte de una ciudad, no únicamente sus calles, plazas y monumentos.

En cada ventana, una historia
En cada ventana, una historia

Nadie se da cuenta de mi presencia, ven a un simple pájaro asomado a sus ventanas. Continúan con sus vidas, discutiendo, durmiendo la siesta, preparándose para salir, leyendo un libro que los traslada a otros mundos, haciendo la comida, amándose,…Me da pudor, pero en seguida me olvido porque no soy más que un pájaro que espía a la gente si comprender del todo lo que hacen. Miles de historias dentro de esos edificios, vidas, sueños,…Nunca imaginé que un pájaro podría saber tanto de los humanos.

Sigo a una familia que sale de un portal, van despacio, parecen contentos. Lo cierto es que en Madrid la gente siempre parece contenta. Van caminando, siguen la Gran Vía y la calle Alcalá, y creo que ya sé adonde van. Puedo ver desde donde estoy ese enorme pulmón verde, refugio natural de los madrileños: el Retiro. Me emociono porque es uno de mis sitios favoritos de Madrid, hay cientos de rincones en los que pararse a observar, cientos de árboles desde los que mirar a los paseantes gozar de la luz de Madrid.

Barquitas en el Retiro
Barquitas en el Retiro

Ahí entran, es invierno y hace frío, pero mientras la tormenta no descargue y haya momentos de sol, los madrileños no desaprovechan. En seguida se precipitan a su parque predilecto. Mi familia elije esta vez dar una vuelta en barca por el estanque del Retiro. Me alegra su decisión, me gusta sobrevolar esta agua llenas de barquitas y de gente riendo, y de paso jugar un poco en el agua. Más tarde, los dejo divirtiéndose para seguir descubriendo la ciudad.

Miradores de Madrid: la terraza del Palacio Cibeles

Sigo mi periplo por los cielos de Madrid, sobrevuelo el Paseo del Prado, con sus insignes museos, los ciudadanos con hambre de cultura que se apresuran a entrar para ver el máximo de obras posibles. Los observo un rato desde los ventanales del museo. Después recuerdo que hay un edificio que me gusta especialmente en Madrid: el Palacio Cibeles, ahora conocido como el Palacio de Comunicaciones. Es tan bello, blanquísimo con la luz que hay hoy en Madrid. Mucha gente hace cola para entrar, quizás vayan a alguna de las exposiciones de arte que hay en la capital.

Madrid desde el Palacio Cibeles
Madrid desde el Palacio Cibeles

Pero veo también mucha gente en la terraza del Palacio Cibeles. Me acerco a ellos y me sorprendo con las vistas de Madrid. La ciudad a nuestros pies antes de la tormenta, la fuente de Cibeles, el Banco de España, el edificio Metrópolis, el Paseo Recoletos, las Torres Colón, el Retiro, los edificios de la calle Alcalá,…

Ahora comprendo porqué la gente hace colas allá abajo: quieren subir hasta el 8º piso del Palacio Cibeles, y salir a la terraza-mirador para volar sobre Madrid. Ellos son como pájaros ahora, ven lo que yo veo, su punto de vista ya no es el mismo de hace unos minutos. A pesar del viento que hace en estas alturas, ellos salen valientes y abrigados para contemplar Madrid desde el cielo. El invierno no les impide venir aquí y recorrer uno de los miradores más bellos de la capital de España.

Creo que no les importa que hoy los cielos estén oscuros, es más, parece que aprecian está luminosidad diferente sobre Madrid, la que hay antes de una buena tormenta. Lo digo porque los veo absortos, admirando en silencio la ciudad que sigue moviéndose a pesar de que la observen. Sus miradas se posan en cada edificio, en cada monumento, en el verde de los árboles del gran parque de El Retiro, en la magnífica cúpula del edificio Metrópolis, en el bellísimo Banco de España, y en las vías, avenidas y callejuelas que se pierden en el horizonte.

La cúpula del edificio Metrópolis
La cúpula del edificio Metrópolis

Contemplando a los hombres-pájaro me duermo a los pies de Madrid. Me despiertan poco después sonidos admirativos de gente que pasea por la terraza del Palacio Cibeles. Me miro con sorpresa y desconcierto, ¡ya no tengo alas! De pronto vuelvo a ser yo, ya no soy pájaro. Me invade una profunda tristeza, querría seguir siendo pájaro para sobrevolar los tejados de Madrid, para ver la ciudad desde el cielo, ya no concibo otra forma de mirarla.

Debí de soñar mientras dormía. En mi viaje a Madrid, subí a uno de los miradores más bellos de la ciudad para mirarla desde otro punto de vista, y el entusiasmo ante semejante estampa, me dejó sin palabras adormeciéndome. Me entraron ganas de volar y efectivamente, conseguí hacerlo. Me perdí en una ruta por los cielos de Madrid, conocí la ciudad a vista de pájaro.

Ganas de echarse a volar desde el Palacio Cibeles
Ganas de echarse a volar desde el Palacio Cibeles

Miradores de Madrid: la azotea del Círculo de Bellas Artes

Bajo las escaleras del Palacio Cibeles y me encuentro de nuevo en las calles de Madrid, es extraño tener piernas de repente; siento que no puedo acostumbrarme. Busco apresurada otro de los grandes miradores de Madrid: la azotea del Círculo de Bellas Artes. Subo las escaleras de mármol veloz, parece que nunca se acaban, son muchos pisos hasta llegar a la azotea. Puedo escuchar la tormenta que comienza, llueve sobre Madrid, pero yo necesito ver la ciudad desde arriba. Llevo horas volando sobre sus tejados y me pregunto cómo seguir haciéndolo.

El viento es fuerte y un vigilante me avisa del peligro. Aún así, con cuidado la gente puede visitar el mirador del Círculo de Bellas Artes. Las vistas panorámicas son quizás aún más espectaculares que las que hay desde el Palacio de Cibeles. El Palacio de Linares, la iglesia de los Jerónimos, las torres de Colón, el edificio de Telefónica,…

Madrid para los hombres pájaro
Madrid para los hombres pájaro

Me imagino por un instante cómo será ver Madrid desde la azotea del Círculo de Bellas Artes de noche, con la ciudad iluminada, o en verano, con el café de la terraza llena de gente. Se sentirán como auténticos hombres-pájaro contemplando la ciudad desde los asientos improvisados que hay por todas partes, al calor de Madrid.

Pero es invierno, y el cielo escupe ya por fin toda el agua que prometía, la tormenta se enfada con Madrid y nos manda sus vientos silbantes. La escultura de Atenea armada, negra, impresiona tras el fondo oscuro de Madrid. Aunque protectora de la ciudad, se alza amenazadora. Me muevo por la amplia azotea del Círculo de Bellas Artes, las vistas son igualmente bellas a pesar del cielo gris y de la lluvia intimidante. Los colores incluso se definen mejor, el dorado del Edificio Metrópolis brilla a pesar de la negrura.

Atenea vigilante
Atenea vigilante

Casi al lado, los de la terraza del Palacio Cibeles saludan a los de la azotea del Círculo de Bellas Artes. Es extraño y excitante a la vez caminar por los miradores de Madrid, pero para mí no es suficiente, necesito volar. Sin pensarlo, y muy a pesar de los gritos del vigilante que adivina mis intenciones, cojo carrerilla. Sé que es una locura, no soy un pájaro, mi plan está abocado al desastre. Pero eludo mis pensamientos y corro, corro y muevo los brazos ante la mirada incrédula de la gente. Pongo un pie en la barandilla y me propulso en un salto al vacío sin nada ni nadie que me detenga. Sólo siento la adrenalina que me sube sin límite, pero también miedo y emoción. Cierro los ojos ante el precipicio, pero en pocos segundos percibo que mis brazos ya no son las extremidades que eran, vuelven a ser alas. Abro los ojos y para mi sorpresa, estoy volando de nuevo por los cielos de Madrid, a pesar de la lluvia, a pesar de todo, la ciudad bajo mis alas.

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