Viaje a la Provenza y la Costa Azul. Arles y Les Baux de Provence

De madrugada, ese frescor mañanero que envuelve al viajero, los pájaros primaverales que anuncian un día luminoso, las risas nerviosas, los ojos de ilusión mientras cargamos el equipaje, la emoción de embarcarse en una nueva aventura…De nuevo en el camino. No hay nada como esos momentos previos al viaje, mezcla de libertad, excitación e incertidumbre. Sólo lo supera el viaje en sí mismo, el sentirse en movimiento, en abrir bien los ojos ante lo que se nos presenta en la ruta, en vivir cada instante, en imprimir cada fotografía en nuestro caleidoscopio personal.

Preparado de antemano durante semanas, nuestro viaje por la Provenza y la Costa Azul se presenta como único, aunque los paisajes sean ya para nosotros familiares. Disponemos de seis preciosos días que llenaremos de monumentos cargados de historia situados en las más ilustres ciudades; de callejuelas intrincadas que nos llevarán a rincones secretos de los pueblos provenzales; de animados mercados provenzales donde encontraremos los jabones de Marsella, los saquitos de lavanda y la cerámica artesanal; nos acompañarán el sonido de las cigarras provenzales y el azul del Mediterráneo.

A pesar de que ya son un poco nuestras, pisar de nuevo esas tierras siempre nos llena de una emoción contenida que solamente se liberará una vez empezamos a ver la Camarga, ese panorama llano de marismas, salinas rosas y flamencos rosas también, de caballos y toros salvajes. A lo largo de dos horas y media llevaderas siguiendo la autopista A9, aparecen los indicadores hacia la “pequeña Roma en Galia”, una ciudad llena de historia, hoy Patrimonio Mundial de la UNESCO: la bella Arles.

La Place de la République de Arles, donde se encuentra la iglesia de Saint Trophime, el ayuntamiento, el Palacio del Arzobispo y el edificio de Correos y Telégrafos. Foto de María Calvo.
La Place de la République de Arles, donde se encuentra la iglesia de Saint Trophime, el ayuntamiento, el Palacio del Arzobispo y el edificio de Correos y Telégrafos. Foto de María Calvo.

Estacionamos fácilmente en el recinto que rodea el casco antiguo y tan solo tenemos que caminar unas centenas de metros por el Boulevard Georges Clemenceau para adentrarnos en las callejuelas medievales, y en seguida llegar a la amplia Place de la République, donde se encuentra el hermoso edificio de Correos y Telégrafos – siempre protagonista en las estampas de nuestros viajes -, el ayuntamiento u hotel de ville, con su Marianne, el palacio del Arzobispo, del siglo XVIII, la magnífica iglesia de Saint Trophime, ejemplo de románico y gótico provenzal, en las que no dejamos de admirar las soberbias esculturas del friso que recorre la fachada y su claustro.

Tras pasar un largo momento paseando por la inmensa plaza, decidimos perdernos por las suntuosas callejuelas, también llenas de historia. Sólo hace falta tener bien abiertos los ojos para encontrarnos con la huella del pasado: hermosos palacetes camuflados; o levantar la vista para descubrir pequeñas esculturas que forman parte de edificios antiguos. Las callejuelas se entrecruzan y más vale ir despacio, con el punto de vista del viajero, no del habitante acostumbrado al lugar, para atrapar los detalles de una ciudad en la que laten todavía los siglos de historia. Sin quererlo, ya que estamos perdidos, llegamos al espléndido río Ródano, con paseos fluviales a ambos lados de su cauce, y en donde nos topamos con garridos obreros, pequeños ante la inmensidad de acero que están construyendo.

Magníficas tiendas con exteriores decorados con una gran elegancia que invitan a entrar. Foto de María Calvo.
Magníficas tiendas con exteriores decorados con una gran elegancia que invitan a entrar. Foto de María Calvo.

De vuelta a las arterias del casco antiguo de Arles, no dejamos de sorprendernos ante la animación de la ciudad, inusual en muchos pueblos de Francia, y continuamos por pasajes que nos llevan a las célebres tiendas provenzales, decoradas con especial cuidado y elegancia, tanto por dentro como por fuera. Una suntuosa planta de jazmín recorre y adorna la fachada majestuosa de una de esas tiendecitas, en la que se exponen tejidos provenzales. Una especie de imán nos atrae al interior, a descubrir colorida cerámica, jabones olorosos durmiendo en bañeritas con pies, telas emperifolladas con motivos de lavanda…Una mezcla de delicadeza y belleza que colma nuestras expectativas, puesto que uno de nuestros afanes era (re)descubrir las típicas tiendecitas de la Provenza.

Parece que estamos retrasando la visita a los grandes monumentos de Arles, y la espera aumenta el ansia, por eso la impresión es grande al descubrir al final de una callejuela el esplendoroso anfiteatro romano, las Arenas, imponente. El anfiteatro romano mejor conservado de Europa junto a las Arenas de Nimes, cuyas piedras blancas se iluminan con la luz del Midi y nos hablan de las representaciones que presenciaron los espectadores del año 90 a. C. – podía acoger hasta 20 mil -. En la Edad Media hasta albergó casas en su interior y fue fortaleza. La entrada cuesta unos 6,5€, pero hay un pase especial (passeport Liberté) que cuesta 9 € y con el que pueden ver un museo y cuatro monumentos.

El de Arles es uno de los anfiteatros mejor conservados de Europa. Foto de María Calvo.
El de Arles es uno de los anfiteatros mejor conservados de Europa. Foto de María Calvo.

A la hora de comer, pensamos ¿por qué no hacerlo frente a este magnífico monumento?. Hay varios restaurantes a buen precio situados en un entorno único. Degustar las especialidades regionales ante tal monumento, se convierte en un momento especial. Recuerden que delante del anfiteatro puede verse una representación de uno de los cuadros de Van Gogh, “Les Arenes”, en el que se interesa por el juego de luces y sombras de la gente dentro del anfiteatro. Es a partir de ahí cuando intentamos seguir los pasos del maestro por el llamado “Circuito Van Gogh”, a lo largo del cual encontramos los lugares desde donde supuestamente ponía el caballete y paneles que reproducen sus cuadros. Su estancia en Arles coincide con su período más productivo: más de 300 obras a lo largo de 15 meses. Al igual que nosotros, Van Gogh se apasionó con la luz de la Provenza. Alguna de las paradas obligadas son la “Casa Amarilla” (“Maison Jaune”) donde el artista instaló su taller. Y, por supuesto, el Café Van Gogh, el archiconocido “Café la Nuit” situado en la animada Plaza del Forum, en el que bien vale la pena tomar un, por cierto, delicioso café, cegados por el amarillo intenso del exterior. Tal y como aparece en el cuadro “Le café le soir”, que Van Gogh tuvo que vender al dueño para pagar una deuda. A pesar del ambiente un tanto “turístico”, es interesante imaginar donde vivió el admirable artista, menos reconocido en sus días que en la actualidad. Rápidamente buscamos el “Espace Van Gogh”, para admirar el conocido jardín francés con un estanque en el centro y parterres llenos de flores situado en el claustro del edificio, que el pintor plasmó en una tela llena de colorido y de luz.

Una parada en el "Café Van Gogh" que el pintor retrató en su cuadro "Café le soir".
Una parada en el “Café Van Gogh” que el pintor retrató en su cuadro “Café le soir”. Foto de María Calvo.

Para terminar nuestra aventura por el viejo Arles, visitamos las ruinas del teatro romano, que bien pueden verse desde el exterior, rodeándolas por las calles y jardines de la ciudad. Aunque si realmente quieren ver uno de los teatros romanos mejor conservados de Europa, vayan a Orange, que no queda muy lejos de donde nos encontramos. Y, a unos kilómetros de la ciudad de Arles, la famosa Necrópolis de Alyscamps, con sarcófagos inmortalizados por Gaugin y Van Gogh.

Puesto que hemos reservado con antelación alojamiento por la zona, decidimos visitar uno de los pueblos más conocidos y ciertamente más bellos de la región: Les-Baux-de-Provence, que está a menos de 10 kilómetros Saint-Rémy de Provence. Les recomendamos que lleguen por la carretera D27, ya que les adentrarán en el magnífico paisaje de Les Alpilles, ese macizo montañoso de rocas calcáreas, cuyos colores blancos destacan entre el panorama de garriga. En lo alto de una colina se encuentra uno de los pueblos más bonitos de la región que, a pesar de que está volcado al turismo y pudiera parecer que nadie vive allí, despierta en nosotros una atracción inmediata. Llegando, puede verse el pueblo y el castillo a lo lejos, en medio de un paisaje único, una estampa magnífica que guardamos en nuestra memoria. Al llegar, pueden dejar el coche en el aparcamiento, en las zonas de pago o, si no les importa caminar un poco, carretera abajo.

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Les Baux de Provence está lleno de rincones como este. Foto de María Calvo.

Adentrándonos en la Ciudadela de Les Baux de Provence, descubrimos ya hermosos rincones que invitan a la fotografía. Las callejuelas empedradas nos conducen al Palacio de la Tour de Brau y a palacetes de los siglos XVI y XVII que albergan galerías de arte y museos. Es el caso del Hôtel de Porcelet, Museo de Yves Brayer, o el Hôtel Manville, un palacete del Renacimiento, hoy sede de ayuntamiento. Este edificio alberga también la Maison de la Photographie de Marrakech, y en un bello patio interior admiramos las primeras fotos de la exposición: Retratos humanistas de finales del siglo XIX y principios del XX. Maroc Multiple. Terre de partage”. Tras la visita al museo, seguimos subiendo por las sinuosas callejuelas y en lo alto del pueblo, vemos ya el Castillo de Baux, testigo del medievo en la región, y la iglesia de Saint-Vincent, situada en una bella plaza que nos ofrece un impresionante panorama de los alrededores. Tran un tiempo perdidos por esta zona, bajamos por las callejuelas y visitamos algunas tiendas de productos provenzales, no sin antes admirar su exterior: una auténtica puesta en escena con lavanda, cerámica, flores…que participa en gran medida en el encanto del lugar. Poco después, dejamos atrás Les Baux y, volviendo la vista atrás, vemos cómo la luz del atardecer juega con la masa rocosa donde se asienta el pueblo que se transforma con los rosados, los anaranjados y los violetas del cielo.

Atardeciendo, surcamos las carreteras locales entre les Alpilles con la sensación de haber llenado nuestras maletas con trocitos de historia, con imágenes y recuerdos que sabemos que volverán en los días fríos de invierno para hacernos soñar. Pero la aventura no se termina ahí, puesto que, de camino a nuestra casa rural, en la localidad de Fontvieille vemos un indicador con la siguiente leyenda: “Moulin de Daudet”. Y recordamos que habíamos visitado aquel imponente molino que domina el valle desde las alturas, símbolo de la obra y la persona de Alphonse Daudet, gran escritor francés, autor de “Cartas de mi molino”. Admiramos un buen rato el famoso ingenio y los alrededores, mientras degustamos unas deliciosas cerezas. Recordamos que el Palacio de Montauban está al lado, pero seguramente estará cerrado. Seguimos pues nuestro camino, y ya en el jardín del lugar donde nos alojamos, preparamos con entusiasmo el segundo día de nuestro viaje, que ya será por la soñada Costa Azul: ¡Niza nos espera!

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