Ruta por la costa del Algarve. Acantilados y cuevas de Benagil

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Los sugerentes acantilados y cuevas del Algarve portugués. ©Maria Calvo

Y pensar que ahora mismo este paisaje kárstico está cambiando ante nuestra mirada. Inmóvil, estático en apariencia, esta siendo acariciado por el viento, traspasado por la lluvia, golpeado por el mar…Millones de años han sido necesarios para esculpir estos arcos y grutas, estas imponentes chimeneas, estos pozos naturales,…los acantilados de Benagil, en el Algarve del sur de Portugal.

La idea inicial de recorrer un pedacito de la costa del Algarve en barco, recorrer sus famosas cuevas y divisar los grandiosos acantilados y esas formas impensables desde el Atlántico, se vio truncada por el fuerte viento que azotaba en ese momento las playas de Benagil. Por lo que nos decidimos a cambiar la perspectiva y explorar esta zona del litoral del Algarve a pie. La localidad de Benagil, que está a tan sólo 14 kilómetros de Lagoa y 16,5 kilómetros de Portimão, se compone de algunas casas blancas que se extienden por la colina a los pies de la playa principal, la playa de Benagil.

Los colores de la playa de Benagil. © María Calvo.
Los colores de la playa de Benagil. © María Calvo.

La arena anaranjada de Algarve hace juego con los taludes imponentes que se alzan en la playa, los cuales poseen diferentes tonos ocres y las aguas bravas nos recuerdan que estamos en el Mediterráneo. En la playa de Benagil ya casi no se ven embarcaciones artesanales típicas de la costa de Lagoa, sino sólo las lanchas turísticas que llevan a las cuevas de Benagil. Una pena que no puedan convivir unas y otras. Desde la esquina derecha de la playa de Benagil hay un camino en pendiente que nos lleva al mismísimo corazón del acantilado desde el que ya podemos apreciar lo recortada que es esta costa, y en el que ya nos encontramos con la primera cueva de Benagil.

A finales de abril la primavera es una explosión de color en el Algarve. © María Calvo.
A finales de abril la primavera es una explosión de color en el Algarve. © María Calvo.

Unas escaleras nos conducen entre flores rosas a las calles de casas encaladas de Benagil, bonitas moradas de marinero en las que no faltan los azulejos de Portugal, en este caso cubriendo un banco y las chimeneas típicas del Algarve, que me llamaron la atención desde el principio por sus formas particularmente bellas. Por supuesto, la calle está empedrada con esos pequeños adoquines con los que se cubren gran parte de las calles de las ciudades y pueblos de Portugal, que forman dibujos de todo tipo. Siempre me sorprendió y admiró la técnica utilizada y el resultado único.

El adoquinado de las calles de Benagil, tan típico de Portugal. © María Calvo.
El adoquinado de las calles de Benagil, tan típico de Portugal. © María Calvo.

Hay diferentes rutas de senderismo que parten de la playa de Benagil. Nos decidimos por la ruta que lleva a las cuevas, el conocido “Percurso dos sete vales suspensos” (PR1 LGA), que pertenece a Lagoa, aunque no lo hicimos entero. La ruta de senderismo de los siete valles tiene como punto de partida la playa de A Marinha y llega hasta la playa de Vale Centianes, con 5,7 kilómetros de recorrido. Aunque nosotros decidimos partir de la playa de Benagil y llegar hasta la playa de A Marinha.

Subimos poco a poco a la cima del acantilado y alcanzamos altura casi sin darnos cuenta. De pronto ya vemos un precipicio al fondo del cual está la playa de Benagil y el pueblo al fondo, y en seguida puede verse un enorme hueco rodeado por una valla de madera: se trata de la Cueva de Benagil. Nos asomamos y ahí está, enorme, debajo de la cual se forma una pequeña cala. Parece ser que cuando la marea está baja, puede verse la bonita playa de la Cueva de Benagil, y los barcos turísticos entran dentro de ella.

La cueva de Benagil, una gruta bajo los acantilados tan hermosa desde el mar como desde la ruta de senderismo. © María Calvo.
La cueva de Benagil, una gruta bajo los acantilados tan hermosa desde el mar como desde la ruta de senderismo. © María Calvo.

Admirada, puedo divisar cómo sigue la ruta, el sendero bordeando el acantilado, las formas recortadas y los abismos de vértigo. Las gaviotas descansan tranquilas en las pequeñas calas inaccesibles que hay al fondo de los barrancos. Siguiendo el sendero, podemos apreciar las huellas del tiempo en la roca calcárea, el desgaste, los golpes de los vientos fuertes, la presión de infinitas mareas, que dejan ver las mil y una tonalidades que van del naranja, amarillo y llegan al ocre.

Una simple subida del camino, nos lleva a rincones con vistas espectaculares. Desde uno de los muchos miradores podemos ver las grutas de Benagil cinceladas en los riscos, los arbustos bajos y seguimos con la mirada el sendero anaranjado que se multiplica, y a lo lejos, los caminantes que tienen la misma suerte que nosotros de poder descubrir este lugar. Las largas playas del Algarve blancas, lejanas, y el Atlántico conmovedor en su furia, dibuja mil y un matices de azul.

Espectacular ruta de senderismo, con paradas para admirar el paisaje. © María Calvo.
Espectacular ruta de senderismo, con paradas para admirar el paisaje. © María Calvo.

Nos vemos de pronto tan pequeños ante la inmensidad de este paisaje esculpido por el tiempo…sentimos la emoción de poder alcanzar a ver la infinidad del mar desde esta altura, de forma tan fácil, a tan sólo unos cientos de metros de lo ordinario.

Parece que la ruta ya puede terminarse ahí, que ya hemos tenido nuestra dosis de belleza cubierta por hoy, además se acerca la hora de comer, y la gastronomía portuguesa es algo que no puede rechazarse. Pero acaba venciendo el ímpetu de seguir descubriendo, de completar el camino por si esta magnífica naturaleza de la costa de Algarve nos tiene alguna sorpresa guardada.

La ruta de senderismo por los acantilados y las grutas de Benagil es ineludible en su viaje al Algarve. © María Calvo.
La ruta de senderismo por los acantilados y las grutas de Benagil es ineludible en su viaje al Algarve. © María Calvo.

Por lo que decidimos seguir, y vemos como estas geoformas continúan manifestándose, diciéndonos que ayer no eran así, que esa cueva enorme a nuestra izquierda, esa chimenea inmensa en aquella pequeña cala, no estaban aquí hace nada, unos cientos de años.

La ruta de los acantilados de Benagil es espectacular de principio a fin. © María Calvo.
La ruta de los acantilados de Benagil es espectacular de principio a fin. © María Calvo.

Ahora las rocas toman el lugar y la ruta es una sucesión de grutas, subidas y bajadas escarpadas, carteles con todas las especies de fauna y flora que podemos encontrarnos en el lugar, y algunos tomamos un camino, los demás otro, y de repente tenemos ante nosotros un laberinto de karst en el que perderse es toda una aventura. Los gritos del mar enfurecido suben por las cavernas y su furor aumenta nuestra emoción. Ahora soy yo la que quiero perderme y subo y bajo entusiasmada por sendas abruptas, tomo atajos difíciles y de pronto veo un mirador al tiempo que descubro a mis compañeros de viaje tomando un camino con aspa. Corro al mirador y me paro en seco, las vistas panorámicas me dejan sin aliento…Parecía que los acantilados de Benagil no podían ser más bellos, pero cambio de opinión después de ver el doble arco en una inmensa roca, apéndice de la sima mayor, y diminuto, el más loco de los viajeros, encima de esta maravilla geológica.

Los magníficos arcos esculpidos por el Atlántico en los acantilados de Benagil. © María Calvo.
Los magníficos arcos esculpidos por el Atlántico en los acantilados de Benagil. © María Calvo.

Decido reunirme con él en la punta de ese iceberg kárstico, yendo por el camino prohibido, sé que no debería, pero el camino es ancho y no hay peligro, y mi emoción aumenta a medida que me aproximo. Sé que estoy llegando a uno de los lugares más bellos de la costa del Algarve, el lugar desde el que las fotografías no pueden igualar a la realidad. Allí está, mi intrépido viajero de naranja, casi al borde del precipicio…y la belleza no tiene nombre. La sucesión de acantilados, la playa de A Marinha por fin, y el litoral recortado, con playas blancas que se pierden en el infinito.

La panorámica impresionante de los acantilados de Benagil. © María Calvo.
La panorámica impresionante de los acantilados de Benagil. © María Calvo.

Tras la culminación de la ruta de los sete vales, bajamos a la playa de A Marinha a través de curiosas formas rojizas que recuerdan mucho a los ocres de Roussillon en la Provenza, o al Colorado Provenzal, y quizás a los Órganos de Ile-sur-Têt en los Pirineos Orientales, en las formas.

El rojo de las rocas en esta zona de la ruta nos recuerda a los ocres de Roussillon en Provenza. © María Calvo.
El rojo de las rocas en esta zona de la ruta nos recuerda a los ocres de Roussillon en Provenza. © María Calvo.

Volviendo de nuevo por el mismo camino, ya que no encontramos donde saciar el hambre que se apoderó de repente de nosotros, vamos más ligeros, debe ser por las emociones que vamos dejando atrás, y el camino a la playa de Benagil se hace más rápido. Atrás se queda este trocito de paraíso que nos reservaba el Algarve, una de las muchas rutas que haremos a lo largo del litoral sur de Portugal, las cuales seguiré plasmando en estas páginas: la ruta de la costa de Albufeira, la ruta de la costa vicentina o la ruta de la isla de Tavira.

La confitería de Portugal es un mundo de delicias. © María Calvo.
La confitería de Portugal es un mundo de delicias. © María Calvo.

Disfrutamos de unas merecidas cervezas Sagres en el chiringuito del puerto, acompañadas de salgados típicos de Portugal: pasteis de bacalhau, risois de camarão,…delicias de la gastronomía portuguesa. Y en el camino paramos en Armação de Pêra, para terminar la tarde con café portugués y la otra especialidad de Portugal: los pasteles. Pedimos variados, para saciar la gula y las ganas de probarlos todos: pastel de arroz, el famoso pastel de nata, palmera, pasteles de coco, …Dulces para coronar una de las rutas más deliciosas de nuestro viaje al Algarve.

 

 Mapa de la Playa y la Gruta de Benagil en el Algarve portugués:

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