Ruta por Cantabria I: una mañana de verano en la playa de Islares

Playa de Arenillas, y al fondo la presencia majestuosa de la montaña Candina. Foto de María Calvo.
Playa de Arenillas, y al fondo la presencia majestuosa de la montaña Candina. Foto de María Calvo.

Será porque en mi pueblo no hay montañas, siempre me impresionaron los lugares donde sí hay, como Bilbao, una ciudad que siempre me gustó, metida en lo que por allí llaman un “botxo”, y con esas colinas siempre verdes que la rodean y que, sin ser agobiantes, se ven desde cualquier lugar de la ciudad. Pues eso mismo me ocurre con Islares, un pequeño pueblo costero a una media hora de Bilbao (41 km), perteneciente ya a Cantabria, a un paso de la reputada villa de Castro Urdiales, con esas magníficas montañas de presencia majestuosa. Ahora tengo la suerte de viajar mucho por esas tierras, pero creo que la primera vez que las descubrí fue en un viaje que hice con mis padres por el norte de España, y extasiada como siempre ante la perspectiva de viajar y de descubrir, mirando por la ventanilla del coche, de repente ante nosotros apareció esa espléndida montaña – que después supe que era Candina – con sus rocas blancas, imponente, majestuosa, y el mar a sus pies. No podía más que pedirle a mi padre que parara para contemplar esa imagen aunque tan sólo fuera unos instantes; y ahí fue donde nos retratamos él y yo, y cuando pasaron los años, cuando ya conocía Islares y sus alrededores, descubrí de nuevo la fotografía, y me vi jovencita, con cara de ilusión junto a mi padre, con esa estampa soberbia como escenario.

Aún hoy, cuando atravieso los puentes sobre la Autovía del Cantábrico en dirección a Bilbao, justo cuando paso por la playa de Oriñón, miro y recuerdo, y sigo maravillándome con la vista. Y lo mismo me sucede cuando, ya por la carretera nacional que nos lleva a Islares, justo antes de llegar al pueblo, en la salida de la autopista, veo el pueblo en primer plano, al fondo Candina y el Cabo Cebollero también conocido como “la ballena” de Sonabia – esa hermosa formación rocosa que sobresale y se adentra en el mar adoptando la forma de una ballena -.

La playa de Arenillas. Foto de María Calvo.
La playa de Arenillas. Foto de María Calvo.

Senderos que llevan al mar

Aquellos a los que les gusta el mar, no deberían dejar de hacer esta visita a la Cornisa Cantábrica y descubrir las magníficas playas y los numerosos senderos que se encuentran por los alrededores de Islares. En realidad, las playas son bellas en cualquier estación del año, cuando hace peor tiempo, es todo un espectáculo contemplar el mar agitado, enfurecido, bajo unas nubes grises invernales, en medio de la soledad del lugar. O en primavera, cuando los días son más largos y empieza a hacer calorcito y todavía no hay muchos visitantes por el lugar. Recordemos que el clima en la zona de Islares es bastante benigno, con temperaturas buenas tanto en invierno como en verano, sin llegar a calores o fríos extremos, a parte ciertos días de vientos fuertes. Aunque los mejores días para disfrutar de un buen baño son los interminables días de verano, cuando el sol es intenso y cegador, haciéndonos sentir su presencia dorándonos la piel, con ese calorcito tan agradable de la época estival.

La playa del pueblo es de las más bellas, se llama Arenillas, y a ella se puede acceder por la carretera nacional: queda justo a la salida del pueblo en dirección a Oriñón, y hay indicadores que la anuncian. Pero yo conozco otras formas de acceso, menos prácticas para los que vienen de fuera, pero no tanto para los que paramos un tiempo por la zona. Si están en el pueblo, simplemente tienen que tomar el camino que baja hacia el mar, pasando por la Ermita de San Roque, y poco después por el camping – bastante concurrido en verano, vienen gentes de muchos países de Europa y deciden repetir, a pesar de que haga mal tiempo a veces, por la belleza del lugar -; enseguida verán la playa, no hay pérdida. Pero mi preferido es el que conocen y utilizan algunos de los lugareños, un sendero rodeado de una espesa vegetación, de árboles y  arbustos autóctonos: encinas, hayas, madroños, laureles. La entrada se encuentra justo antes de las últimas casas que dan a El Najo – zona de pastos que da al mar -, y aunque el sendero no es muy largo, es un poco como aventurarse en la naturaleza del lugar.

Sendero que lleva a la playa de Arenillas. La Candina al fondo, siempre presidiendo el paisaje. Foto de María Calvo.
Sendero que lleva a la playa de Arenillas. La Candina al fondo, siempre presidiendo el paisaje. Foto de María Calvo.

Nos decidimos por tomar el sendero hacia la playa de Arenillas para darnos ese baño deseado y refrescarnos. Al principio del camino siempre salen a nuestro encuentro los perros blancos de largas orejas, los típicos “palleiráns”, que nos siguen hasta que reconocen donde están sus límites. Entonces, continuamos caminando, comiendo algunas jugosas moras negras que nos dejan ese regusto a la vez dulzón y ácido a lo largo de todo el paseo, y tan pronto vemos zonas despejadas sin maleza – donde a veces hay tiendas de campaña de aquellos que quieren vivir unos días al aire libre – como zonas cubiertas, densas de árboles y arbustos, y a ratos el mar. Y nos encontramos a veces incluso con curiosas puertas que no se sabe muy bien para que están allí, ya que no separan nada, pero que llaman la atención por ser somieres de camas que ahora tienen otra función. Es cierto que esto lo vimos en otros lugares, una idea que parece que se le ocurre a mucha gente .

Luego vienen bajadas empinadas por el camino de tierra, y de repente, al final de un camino estrecho, el mar azul intenso, brillante – de esos que sólo puede haber en verano -, y las rocas calizas, típicas de la región, afiladas, bellas. A la derecha el Najo, donde pastan las vacas y donde buscan algún pescador del pueblo que conocemos bien un rincón adecuado para pescar, de día o de noche – en la zona se pescan hermosos ejemplares de dorada o mojarra, gibión (calamar), …y los más arriesgados encuentran percebes en lugares de difícil acceso -. Y siguiendo el sendero, ya más estrecho y delimitado por rocas, los dos restaurantes que miran al mar – en el Erillo hacen una estupenda comida casera -. Allí hay un antiguo bunker de la Guerra Civil. Nosotros nos quedamos mirando para la roca puntiaguda que sobresale en las aguas y que, si está cubierta, nos indica que la marea está alta, y si se ve completamente, indica que la marea está baja. Y les parecerá que no es un dato importante, pero sí lo es, porque la marea marca la diferencia entre un paseo largo de la playa de Arenillas a la de Oriñón, que se unen con marea baja, o un buen baño en la playa pequeña, que muchas veces se convierte en una enorme piscina.

Vistas panorámicas

El camino continúa subiendo, ya por un camino asfaltado, hacia la cima desde donde las vistas panorámicas son excepcionales y la parada se hace obligatoria, incluso hay un par de bancos de madera para contemplar el paisaje. Las vistas de El Najo a la derecha, de la ballena enfrente, y del mar…Aunque no sé si prefiero la perspectiva de inmediatamente después, cuando ya bajando, se ve el pequeño puerto de Islares – hay un merendero con mesas de madera con vistas -, con sus barquitos de colores amarrados, los restos del antiguo vivero de langostas – donde estuvo Alfonso XIII -, y los niños tirándose al agua desde allí, o nadando en el puerto -. Y, al fondo a la izquierda,  magnífica, Candina, con los “Ojos del diablo “ u Ojos de Solpico en la cima – dos arcos horadados en la roca, -. Siempre me paro para grabar esta estampa en la retina y volver a ella en los días de invierno, ya lejos de la región.

Magníficas vistas desde el mirador, con la majestuosa montaña Candina al fondo, y el puerto en primer plano. Foto de María Calvo.
Magníficas vistas desde el mirador, con la majestuosa montaña Candina al fondo, y el puerto en primer plano. Foto de María Calvo.

Poco después, como es verano, se ve ya mucha gente, en los dos restaurantes cercanos a la playa o llegando en coche por el camino que se une con la carretera nacional. Podemos llegar a la playa por unas escaleritas junto a uno de los restaurantes, o si no atravesando un campo donde se pone la gente a tomar el sol cuando la marea está alta. Y es que Arenillas es en realidad una playa muy pequeña, y que suele llenarse en verano con la gente del pueblo y los viajeros del camping.

Paseos y baños en aguas del Cantábrico

El otro día la marea estaba alta y nos esperaba, nada más tocar las últimas escaleras, la inmensa piscina, donde puede uno bañarse y nadar sin peligro– en temporada siempre hay un puesto de socorristas -, y lo mejor, hacer el muerto contemplando Candina o “la Ballena” o la roca imponente que se alza en la colina que hay detrás de la carretera desde donde se lanzan los parapentistas – ésta es una de las actividades que pueden practicarse en Islares -. Muchas veces nos sorprendemos con los camioneros o gentes de paso, que se detienen en la carretera y se asoman, acalorados, sorprendidos ante el esplendoroso paisaje, con cierta envidia, mirándonos nadar o admirando simplemente el panorama.

Haciendo el muerto en la piscina en la que se convierte la playa de Arenillas cuando sube la marea. Foto de María Calvo.
Haciendo el muerto en la piscina en la que se convierte la playa de Arenillas cuando sube la marea. Foto de María Calvo.

Pero hoy la marea está baja y la playa se une con la de Oriñón, y podemos dar un estupendo paseo de 1 kilómetro hasta la otra punta, tal vez una o dos veces antes de que vuelva a subir la marea. Y no es una broma, es mejor estar atentos, ya que es complicado volver si sube la marea, pues habría que dar toda la vuelta (de horas) por Oriñón o atravesar el peligroso río Agüero, y escalar por las rocas a riesgo de cortarse, lo cual podemos confirmar por experiencia. Siempre me llena de paz y de energía ese paseo por las playas de Arenillas y Oriñón, mojando los pies, mirando a las rocas, “la ballena”, un baño esporádico, contemplar de nuevo Candina o el horizonte. Y poco a poco se va abriendo ante nosotros la playa de Oriñón, ancha, un inmenso arenal surcado por un río, de arena anaranjada que brilla con la luz del sol y que tiene grabadas las huellas de las olas, con piscinitas aquí y allá para regocijo de los niños pequeños que disfrutan como nunca en esa inmensidad que recordarán cuando sean mayores. Entonces es difícil elegir la dirección, aunque sabemos que siempre vamos a ir primero hacia un lado y después hacia el otro, abarcando y disfrutando de todos los sitios bellos. Cuando miro esta inmensidad se me viene a la cabeza un día de septiembre, con chubasqueros de colores y paraguas, paseando solos y sintiéndonos pequeños en este mismo lugar .

Para llegar a la otra punta de la orilla hay que atravesar el río Agüero, y hundirnos en sus arenas movedizas, de las que salimos con un poco de ímpetu instantes después. Y, a continuación, es cuando nos espera la sorpresa que ya conocemos y entonces podríamos decir que ya no es sorpresa, pero que lo es porque no deja de impresionarnos, y sentimos de repente una mezcla de apuro y excitación porque sabemos que vamos a tirarnos de golpe y de cabeza a esa piscina natural de la que solo se puede disfrutar cuando la marea está muy baja. Y hasta que salimos a flote no vemos de nuevo los reflejos de las ostras en el agua, o nuestras piernas y brazos en las transparencias, un buen momento para hacer otra vez el muerto, o ver la cara de sorpresa de algunos que llegan a este rincón ante tal descubrimiento.

El extenso arenal de la playa de Oriñón, con la ballena a la izquierda y Arenillas a la derecha. Foto de María Calvo.
El extenso arenal de la playa de Oriñón, con la ballena a la izquierda y Arenillas a la derecha. Foto de María Calvo.

Tras la emoción sólo nos queda darnos otro baño en la playa, sacudidos por las suaves olas, dejando que nos arrastren o intentando cogerlas estirando el cuerpo y viajando sobre ellas hasta la orilla. O salir, siempre con cuidado ya que no es la primera vez que nos pica un pez escorpión, conocido por la zona como salvario y dirigirnos por el extenso arenal, caminando por la arena dura, bañados por el sol, hacia las piscinas que deja el río donde tal vez nos bañemos otra vez (en una parte del río uno no puede bañarse por ser muy peligroso). Quizás vayamos hacia la arena seca a tumbarnos un rato (esperando que no haga viento, como en muchas ocasiones en la playa de Oriñón), o nos dirijamos a la parte de las dunas desde donde ya se ven algunas casas de veraneo de un pueblo de muy pocos habitantes, que se multiplican en verano.

La vuelta la damos rodeando la playa, mirando hacia arriba donde se encuentran los imponentes peñascos y hasta podemos divisar una marca de la Escuela de parapente en una cumbre, y volvemos otra vez a Arenillas. A medida que sube la marea, ya empiezan a verse puntos negros con sus tablas de surf, aprovechando la mayor fuerza de las olas. Hay que decir, para información de los amantes del surf, que la playa de Arenillas-Oriñón es ideal para coger buenas olas, y allí se reúnen todos ellos, llueva o truene, siempre que haya olas que surcar, venidos de varios puntos de Cantabria y del País Vasco.

El hambre aprieta, y entonces comienzan las dudas entre las deliciosa comida casera de nuestra anfitriona o un buen asado en el restaurante argentino – que más bien es un chiringuito privilegiado, con estupendas vistas al mar – ante una buena cerveza Quilmes helada. Pero muchas veces terminamos yendo por el camino de la carretera a reunirnos con nuestros hospedadores y tomar un refrescante vermú acompañado de enormes aceitunas en el reputado hostal de la zona – donde se celebran boda y otros eventos -, siempre lleno de gente gracias a sus estupendos menús del día o a la carta, y por la buena atención. No será hasta la tarde cuando decidamos ir a recorrer algunos de los senderos del pueblo que nos van a llevar al Najo, o atravesando el camino de la bonita iglesia de San Martín de Tours, adornada con esa enorme buganvilla fucsia, a la cala de Cotonera, o quizás vayamos, más allá, a los caleros de Cerdigo, donde el mar, imponente, se agita bajo espectaculares acantilados. Pero eso será más tarde, después del café y quizás una buena siesta, con las fotografías de la mañana impresas ya en nuestros recuerdos, no inmóviles como todas las fotografías, sino llenas de movimiento, de sensaciones y de deseos.

 

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