Porto Santo, un pequeño paraíso perdido en el Atlántico

Portugal es en general un destino al que siempre nos encanta volver, cada rinconcito de su geografía ofrece espectaculares opciones para el turista, para escoger entre gustos, colores y sabores. Siempre nos ha recibido hospitalario y de buen talante, nos ha acogido en primavera entre las fascinantes calas acantiladas del Algarve y sus pueblitos de interior, nos ha arropado en invierno en la hermosa ciudad de Oporto con un buen vino en mano y descansando los pensamientos en la ribera del Duero, nos ha embelesado con su vibrante colorido en Aveiro y hasta nos ha hecho sentir nobles entre las almenas  del castillo de Guimaraes. Sin duda nos ha tratado, pero qué muy bien éste país de variopinta belleza.

Por lo que sin dudarlo, nuestra impaciente brújula viajera, nos llevó de vuelta a ésta hermosa tierra, ésta vez hasta la maravillosa isla de Madeira que después de habernos acogido un par de gloriosos días; sin ser la excepción en nuestros andares portuguenses, ya estábamos enamorados de su gente, de su exuberante belleza, de sus atardeceres y su gastronomía.

Porto Santo, es como montañoso, pero lo breve de su escarpado terreno nos regala éstas vistas
Porto Santo, es como montañoso, pero lo breve de su escarpado terreno nos regala éstas vistas

Arribamos en mayo, época del año en que rara vez está abarrotado por cantidades masivas de turistas y el clima es amable -aunque por éstas latitudes, el tiempo siempre se mantiene más o menos estable con temperaturas bastante agradables- con un calor llevadero al mediodía y a la noche se está perfecto con un suéter ligero, lo que permite disfrutar a tope paseos y excursiones, independientemente de la hora del día.

Uno de los puntos a visitar fuera de Madeira -que particularmente me apetecía un montón en el itinerario-, era Porto Santo, una pequeña isla que se sitúa a poco más de 40 kilómetros al noreste de Madeira y que prometía una larga playa (9 km) de arena dorada y tonalidades turquesa. Y es que, sin desmerecer en ese sentido a la fantástica Madeira, que tiene playas peculiares y muy lindas, con fantásticos atardeceres, son en su mayoría rocosas, por lo que ya había ganas –para una mexicana desembarcada de las paradisíacas playas del Caribe- de descansar los pies en arena fina.

Bella panóramica de la playa de arenas doradas y tonalidades turquesas
Bella panóramica de la playa de arenas doradas y tonalidades turquesas

El transporte que nos llevaría a tal aventura, sale desde la ciudad de Funchal, en el puerto cercano al Museo Cristiano Ronaldo– oriundo de Madeira- y que se hallaba estratégicamente cerca de nuestro alojamiento, así que tempranito por la mañana nos alistamos para llegar hasta allí los primeros, ya que teníamos hecha la reserva por cordialidad de la Oficina de Turismo de Madeira –gente encantadora y que nos consintieron enormemente-, y en un par de horas y media, estábamos por fin en nuestro tan ansiado destino.

El viaje fue cómodo, el ferry cuenta con sistema climatizado, área de comedor, lounge, sala de cine, y si eres de los que prefiere disfrutar de la brisa marina acariciando el rostro y vistas al mar, también se puede estar fuera contemplando el paisaje, lo que hicimos nosotros en nuestro trayecto final, para sorprendernos al encontrar “tierra a la vista” y tener nuestras primeras impresiones de ese “Porto Santo”, que por algo merece dicho nombre.

Desde el ferry, aguardando imapcientes el primer encuentro con la isla de Porto Santo
Desde el ferry, aguardando imapcientes el primer encuentro con la isla de Porto Santo

Desde el mar, se puede ir palpando poco a poco, conforme nos acercamos, una isla más bien llana, con bajo perfil escarpado, a diferencia de su montañosa y frondosa vecina, que en su punto más alto alcanza 1862 metros con su majestuoso Pico Ruivo y que es famosa también por su abundante vegetación, en Porto Santo reluce por el contrario, el dorado de su árido paisaje que contrasta notablemente con el color azul de sus cristalinas aguas que dan un remanso de paz, después de unos días fascinantes de vibrantes aventuras entre las impresionantes y vertiginosas formas de Madeira.

El puerto de arribo no tiene nada en especial, es necesario alejarse de ésta zona para empezar a apreciar la espectacularidad de éste pequeño islote que debe su nombre
-según un tanto leyenda y otro poco datos históricos- a que el navegante portugués Joao Gonçalvez Zarco y un grupo de marineros encontraron refugio en la isla después de una terrible tormenta, la otra versión se remonta a época medieval, cuando un buque buscara guarecerse aquí curiosamente por la misma razón; una tempestad que azotaba la embarcación y que les llevará a buen puerto para salvarles la vida, así que no nos extraña que le nombraran Porto Santo, después de semejante episodio con las inclemencias del tiempo.

Afortunadamente a nosotros nos recibió un precioso día soleado -despejado y sin trazas de lluvia marca diluvio jeje- y nuestra fantástica guía y colaboradora quien, supo abrir el telón apoteósicamente llevándonos al sitio que goza de una de las vistas más bonitas de la isla y desde donde se puede admirar, además del contraste paisajístico, el muelle principal que se adentra unos 80 metros hacia el mar y que nos da una perspectiva impresionante de la isla, lo que es un verdadero goce para nuestra lente.

A la par, también pudimos encontrar como excelentes protagonistas fotográficos, un par de molinos vigías de ésta hermosa estampa y algunos bellos ejemplares cuadrúpedos que se hallaban pastando libremente completaban el cuadro.

Antiguos molinos como valientes centinelas de la isla para protegerla del viento
Antiguos molinos como valientes centinelas de la isla para protegerla del viento

Estos molinos tienen un pasado histórico que se remonta al siglo XVIII y se utilizaban para la molienda de cereales, imprescindible en la fabricación del pan, además de que, debido a la orografía relativamente baja de Porto Santo, se haya más expuesto a los vientos y por ello se encuentran repartidos a lo largo de la isla para protegerla.

Nuestra estancia sólo comprendía un lapso de tiempo corto, nuestro objetivo era recorrer lo más posible de la isla y en éste punto, esto ya nos parecía insuficiente. Nos habría gustado pasar la noche o un par de noches, que bien lo merecen y que recomendamos hacer en caso de estar por estos lares.

Tocaba el turno de adentrarnos en el interior de Porto Santo y visitar una casa de los antiguos pobladores, para hacernos una idea de las costumbres y formas de vida de antaño. Nos mostraron utensilios muy interesantes e incluso tuvimos la fortuna de degustar unas galletas típicas deliciosas, en unas de canela y almendras. Mismas que estaban a la venta, junto con surtido de productos artesanales, como mieles, licores y otras curiosidades, como unos pequeños imanes de souvenir, que constaban en la reutilización y aprovechamiento de las conchas de las lapas –un especie de bivalvos manjar que no se debe omitir probar- a las que se les pinta a mano algún paisaje emblemático de la isla a la que se le añade un imán, para tenerlo como bonito recuerdo en la nevera y que no nos olvidemos de querer volver. También pudimos acceder a un espacio, donde nos enseñaron la diversidad geológica de la isla a través de un vasto muestrario de rocas que han sido recolectadas.

Galletas de canela y almendra, cortesía de Casa da Serra
Galletas de canela y almendra, cortesía de Casa da Serra

Y de aquí, partimos al punto más alto de la isla, donde existen dunas y formaciones rocosas, resultado del medio desértico y la salinidad, que nos regalan fotografías fantásticas con vistas al mar. Y donde nos enteramos de que Porto Santo goza de buena fama por los componentes de su arena, a las que se les atribuyen propiedades medicinales, de hecho, como parte de los atractivos turísticos de la isla, éste es uno de los que destacan para quienes buscan una estancia terapéutica, de renovación y de embellecimiento.

formaciones rocosas en el escenario de las dunas
Espectaculares formaciones rocosas en el escenario de las dunas

En contraste con el paraje anterior, nuestra guía nos lleva ahora a un oasis, ¡sí! Un oasis en medio de la “nada”… Sin entender mucho si se tratará de una alucinación propia de los climas desérticos, ya a lo lejos podemos ver que no lo es, cuando se abre paso ante nuestros ojos un espacio que sin duda salta a la vista, entre ese estepario paisaje, unas palmeras se asoman por encima del área cercada, orgullosas exponiendo todo su verdor delatando evidentemente el hallazgo de éste microecosistema.

El responsable de ésta iniciativa, fue tomado al principio por un deschavetado al llevar a cabo ésta idea que para muchos parecía descabellada y que, sin importar las opiniones contrarias, él mimó y cultivó hasta tener hoy en día, un espacio verde, que procura y cuida múltiples especies de flora y algunas de fauna también y además, por si fuera poco, otro punto loable a destacar es que éstas últimas gozan de libertad… ¡Sí, son libres! Un ejemplo son nuestros alígeros amigos que vagan libremente a su antojo, y pasean de sus hogares al exterior a sus anchas, porque son jaulas que les permiten salir y entrar a gusto, lo que los mantiene “cautivos” es su voluntad y como viven tan confortablemente, ellos gozan y permanecen; es una maravilla verlos ir y venir, volver sin ataduras. ¿No sería un mejor un mundo así?

Pajarillos gozando de su libertad en el oasis de Porto Santo
Pajarillos gozando de su libertad en el oasis de Porto Santo

Con tan buen sabor de boca y despidiéndonos cordialmente de nuestros nuevos alados amigos, nos disponemos a emprender camino rumbo a una de la más monumentales formaciones basálticas de las que pocas existen en el mundo; una muy conocida es la Calzada de los Gigantes y otra tengo el gusto de conocer, es la belleza de los que se hallan en el Estado de Hidalgo, México. A nuestro paso encontramos una pequeña planta que, según nos contaron, es una superviviente y de qué manera, para poder sobrevivir en éstas condiciones austeras, acumula reservas de agua, de una manera sorprendente, lo hace a través de pequeñas burbujas, encapsulándola, para cuando vienen épocas de sequía. ¡Una maravilla de la naturaleza!

Peculiar planta que guarda reservas de agua conformadas por pequeñas cáspulas del líquido vital
Peculiar planta que guarda reservas de agua conformadas por pequeñas cáspulas del líquido vital

Y a propósito de, como les contábamos antes de éste pequeño paréntesis para ensalzar los prodigios que podemos encontrar en un lugar como Porto Santo; una de las más impactantes que se cuentan en ésta isla, son los prismas basálticos que se alzan en el corazón de Porto Santo. Una verdadera joya del patrimonio geológico, que se encuentra en el extremo Noreste del Pico de Ana Ferreira. Un sitio, sin duda, digno de visita y que nos hace sobrecogernos sobre nuestra propia pequeñez y el enigma inquietante de la naturaleza.

Prismas Basálticos
Prismas Basálticos y sus caprichosas formas

Además que, desde éste punto, podemos observar la estrechez de la isla en panorámica pudiendo mirar hacia los dos extremos  rozados por el mar. Y como dato relevante, para los amantes del golf, un campo ideal para la práctica de éste deporte , se halla  inmediaciones de la isla y con inigualables vistas.

Y hablando de mar, ya nos comían las ansías de sumergirnos en esas playas que desde el ferry parecían espectaculares, así que aquí nos despedimos de “ “ y llegó el momento de, primero saciar el hambre tras un día productivo y qué mejor festín para el paladar que la cocina portuguesa, para luego y acercarnos hasta esas aguas turquesas.

Para esto, hay que ir hasta la ciudad de Vila Baleira, donde la mayor parte de la actividad de la isla se concentra y elegimos un restaurante recomendado por nuestra colaboradora y que resultó en una excelente opción, porque además de las suculenta comilona, goza de unas esplendorosas vistas hacia la playa que tanto esperábamos –o por menos yo- por ver y que no me decepcionó ni un ápice.

Chamorro de cerdo, una delicia para paladares exigente
Chamorro de cerdo, una delicia para paladares exigentes

Me sentí como cuando niña que esperaba a que mis padres me concedieran la aquiescencia para abandonar la mesa y ver minuto a minuto, expectante el paso de una hora –al menos- de digestión para poder zambullirme… Para agotar más pronto la angustiante espera, nos acercamos hasta la orilla y aunque no se estaba nada mal tumbados en aquella blanca y fina arena, ya había ganas… Así que me resigné a reposar mis sagrados alimentos y a observar entretenida a unos cuantos chicos, que a juzgar por sus morenas pieles acariciadas una y otra vez por los rayos del sol y a la pericia de sus movimientos, pude inferir sin mucho esfuerzo, que eran lugareños, motivo por el cual con grácil gallardía y aplomo, se lanzaban repetidamente en picada al mar desde el final del puente, no parecía muy lejano de la orilla, lo que daba una sensación de que no hay suficiente profundidad, a esa distancia, para tales hazañas tan osadas; sin embargo, parece que ellos ya tenían bien medido el tema y con exacta precisión sabían cómo y dónde caer, porque lo hicieron durante horas mientras permanecimos allí.

Chicos chapoteando bajo el puente
Chicos en franca diversión,  chapoteando bajo el puente

Y menos mal, porque en pleno proceso digestivo, no estaba yo para sobresaltos y menos para unírmeles a las piruetas, así que me dediqué curiosa a mirarlos, a pasear mis ojos entre sus “saltos mortales” y la inmensidad cristalina del mar, a ver cómo salpicaba el agua en cada clavado y ser espectador de cómo cambiaban esos colores hipnotizantes, al vaivén de la explosión de los cuerpos sumergidos, tengo ya tantas ganas de de pegar el salto yo también, el mar me ofrece una invitación a sonrisa abierta con la luz reluciendo bajo un perfecto día soleado, pero aún me siento abotagada… Mis compañeros de viaje más valientes se unen al retozo chapucero de los chicos. Yo a duras penas puedo con mi anatomía y me decido a remojar un poco los pies para calmar las ansías, el agua está fría, -no sé porque la esperaba más cálida-, será que éste sitio paradisíaco me da una ligera reminiscencia a las playas caribeñas de mi tierra, donde el mar, para algunos europeos resulta un caldo, que para mí es la temperatura ideal. Yo siempre con la nostalgia de mi tierra… Es una de esas costumbres que no se quita por mucho que se lleve a los pies de paseo y por muchos pedacitos de mundo que se acumulen en el corazón. Espero no perderla nunca…

Postal de ensueño nos obsequia Porto Santo con la belleza de su paisaje
Postal de ensueño nos obsequia Porto Santo con la belleza de su paisaje

Aclaro que no es una queja, ¡cómo podría serlo! soy afortunada de gozar de éste momento único y maravilloso, el agua es lo de menos. Ya mis pies se van acostumbrando a la temperatura, ya el cuerpo me impele a hacer gala de un acto de arrojo y dejarme abrazar por ese mar calmo y nítido. Me dejo llevar y ya estoy dentro, abandono el cuerpo y me instalo en el sonido ahogado que retumba en mis oídos con el ligero murmullo del mar, de su cadencioso ritmo que me susurra y pienso atinadamente en su nombre, en que no podía ser más adecuado para ésta isla, Porto Santo ¡qué mágico eres!

Se agota el tiempo para volver a Madeira, y sin embargo, sabemos que esto no es una despedida, porque nuestro corazón sabe que tiene ganas de volver y si la vida favorece y los tiempos se prestan, ¡lo hará! Porque queda aún por descubrir de éste encantador pedacito de tierra del globo terráqueo. Porque si no tienes la costumbre de enamorarte un poquito del sitio que visitas, como yo, entonces no tendrás momentos de esos que te hacen sonreír cuando un olor, una imagen, un encuentro, lo devuelve a tu mente.

El viaje termina aquí, pero como anécdota curiosa, en nuestro retorno tuvimos la oportunidad de visitar la cabina de mando del ferry y conocer a parte de la tripulación de mando. Es extraño no viajar como un pasajero más que no se entera del instrumental que hay que controlar para llevarnos a buen puerto. Así que desde mi pequeño texto quiero hacer un homenaje a la labor de aquellos que nos llevan siempre a buen destino para disfrutar de nuestras vacaciones. ¡Gracias a todos ellos!

También aprovecho para hacer un especial agradecimiento a la Associação de Promoção da Madeira, Visit Madeira y Visit Porto Santo, especialmente a Marta Henriques, Sandra Gouveia y Juan Gonçalves, quienes nos brindaron todas las facilidades y atenciones para descubrir Madeira y Porto Santo, haciendo nuestra estancia no sólo provechosa, sino placentera; siendo extensivo a nuestra fantástica anfitriona, Sofía Santos de Lazermar, gracias a quien nos fue posible regocijarnos con las maravillas de ésta pequeña isla y por supuesto… ¡Gracias también a ti Porto Santo, por regalarnos un trocito de paraíso… Volveremos!

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