La paradoja de Aquiles, corriendo en Carnota la playa más larga de Galicia: Carrera das Areas 10km

Qué buena pinta… antes de correr… ©María Calvo.

Como ya hemos mostrado en otras citas el Giróscopo Viajero es algo que se mueve y a la vez mantiene el equilibrio, que se desplaza y busca descubrir para compartir. Y muchas veces lo hacemos corriendo. El running se ha puesto de moda, es decir, lo que fue el footing en los 80 y 90, el ir a correr de toda la vida. Cierto es que es una moda y, que como en toda moda, hay un componente muy alto de imagen, fachada y esa palabra que todos están pensando y que nos resistimos a escribir. De ahí los nombres en inglés, toda la ropa y aditamentos costosos en los que gastar los dineros. Sin embargo, creemos que una moda deportiva es más positiva que otras, porque a la sociedad le hace falta moverse y ponerse en forma.

Para nosotros es también una manera de descubrir los lugares que visitamos, integrándonos en y con la gente que descubrimos. Corrimos en Canarias y fue una gran experiencia. Después no pudimos hacerlo, por diversos motivos ni en Islandia ni en Suiza, por ello no desaprovechamos la posibilidad de correr en Carnota, en la provincia de Coruña, en la XXVI Carreira das Areas. Una carrera que no conocíamos en una zona que nos es bastante familiar ya que tenemos amigos y hemos hecho rutas de senderismo. A un paso de Finisterre, el pueblo de Carnota es conocido por su playa inmensa, la más grande de Galicia y por su hórreo larguísimo, no tanto como el de Poio (el mayor) pero muestra de la riqueza de alguna iglesia o señor local. El pueblo es bonito, pero más lo es su entorno, donde destaca sobre todo esa playa de arenas blancas bien batidas por el Océano Atlántico. La inmensa playa de 7 km de longitud alberga un complejo dunar y una amplia variedad de flora y fauna. En su extremo norte la playa de Carnota se divide por un pequeño río, que cuando la marea sube se hace bravío. El lugar llamado Boca do Río es muy apreciado por los bañistas que acuden a esta grandiosa playa. Boca do río se convierte en un precioso lugar para que los niños se bañen, pero cuidado, al subir y bajar la marea, la zona se inunda con rapidez y las corrientes, aparentemente suaves, se han llevado ya a varias personas. Así que mucha prudencia.

Corriendo en un paraíso.

Sobre la carrera poco podemos decir. Esta vez, un catarro febril nos tuvo con fiebre, la nariz chorreando y el pecho silbando toda la semana previa. Para un 10 km en donde a pesar de la dureza podríamos haber estado sobradamente por debajo de los 50minutos, el resultado fue poco brillante. Más de 55 minutos y un sufrimiento continuo desde el primer kilometro.

La mañana comenzó con viento, que sin ser del sur ejerció un poderoso bochorno, así que a las 9 de la mañana ya hacia 24 grados. Recogimos la camiseta en el ayuntamiento y viendo el tiempo, nos animamos a lucirla, sin mangas. Nada de viento, calor adecuado, condiciones perfectas pero el cuerpo ya estaba diciendo ¿dónde me has metido? En la salida, un minuto de silencio recordó a las víctimas del triste atentado de Barcelona. Una vez en marcha, casi 300 personas que descienden por las calles, de granito de Carnota en dirección a la playa. La bajada y el llano consiguiente nos dejan por la mitad delantera, pero ya el motor muestra lo primeros síntomas de fatiga. Llegando a la playa nos pasan los primeros, de los muchos que lo harían a lo largo de la carrera.

Una pasarela de madera nos lleva a la inmensa playa, en ese día plácida. Al llegar, la primera trampa, un pequeño tramo de 100 o 150 metros de arena seca donde se hunden los píes y se nos va la última fuerza. Llegando a la arena mojada ya vemos que esta carrera va a ser un desastre. Las piernas se encasquillas y se atascan, las pulsaciones van bien, pero el motor no tira. La arena jalonada de zonas más blandas, de pequeños canales de agua, charcos y piedras, que quedan a la vista durante esta magnífica marea baja, se alarga durante varios kilómetros. La Carrera das Areas tiene la particularidad de que durante la mayor parte de la misma, no está balizada. Solo unos postes marcan el lugar donde hay que dar la vuelta, en ambos extremos de la playa, con lo que cada corredor escoge la trayectoria. Al final, una larga singladura queda registrada sobre la arena, que fue dura y que al ir tan retrasados se convertiría en una trampa blanda y pegajosa. Pero eso lo veríamos más tarde.

El entorno majestuoso de la playa de Carnota. Al fondo Boca do Río y el Monte Pinto. Más allá la cáscada de Ezaro y Finisterre.©María Calvo

En el primer largo la cosa iba mal. Esperábamos pasar a los que habían arrancado demasiado rápidos, para una vez que no lo hacíamos nosotros. Pero lo único que veía era corredores y grupos que nos pasaban lentamente. Al dar la vuelta, ya se habían mojado las zapatillas, y eso que saltábamos todos los pequeños arroyos. El segundo largo era el mayor ya que iba del extremo sur hasta la Boca do Río. Duro no, durísimo, por la fiebre que había dejado un pertinaz dolor de cabeza y un cuerpo que no quería cansarse. Llegando a la Boca do Río, la zona por la que pasaban los corredores se estrechaba, entre un pequeño charco creado por la marea y una duna. Los ciento cincuenta que habían pasado antes habían dejado el suelo hecho un desastre y eso no nos ayudó mucho. La arena dura ya sólo era un sendero revuelto donde los píes cansados se adherían sin despegarse. Viendo la Moa en frente, cumbre calva, pelada y brillante del Monte Pindo, todo era muy bonito. Los roquedales deslavazados de una geografía que parece el resultado de una guerra y que por suerte no lo es. Porque es muy bella, anárquica o hecha de fractales, eso queda a discreción de quien se acerque a este paraíso costero donde las aguas son tan frías. Pero los pensamientos iban y venían con la velocidad lenta del correr vagaroso, o eso nos parece. Probablemente todo sean guirnaldas con las que decorar el simple sudor, y todo a posteriori.

La paradoja de Aquiles.

El caso es que conseguimos, a cámara lenta, dar la vuelta a la última baliza y ya nos encaminábamos, con nuestra derrota, hacia el centro de la playa. Por fin vuelta, tercer y último largo hasta el centro de la playa desde donde se volvería hacia el pueblo de Carnota.

Ya había pensado varias veces en pararnos, pero estando tan lejos debería volver andando, así que para hacer eso mejor seguíamos corriendo. Era una carrera preciosa por el entorno, pero éramos tan incapaces de seguir el ritmo de los que me pasaban, que no se pudo confraternizar, como suele hacerse con los compañeros de kilómetros. Intentamos, en este tercer largo, seguir a un grupo y lo conseguimos un rato, hasta que se alejaron. El único aliciente era llegar por fin al pueblo, pasar a alguien, comer y beber.

La playa se acababa y nos pareció que evitar una zona húmeda usando la rectitud de la línea era una gran idea. Error subsanado perdiendo tres puestos más. Por fin se acaba la playa, con el tramo terrible de arena seca. Los píes se hunden y no salen de la arena, hasta que renqueando se llega llega a la pasarela. Se dice que correr en arena, y descalzo, es muy saludable. Pero llegados a este punto, y en estas condiciones, el único consuelo fue precisamente reencontrarnos con el suelo firme.

Pulgares hacia abajo, desmereciendo un entorno tan apoteósico. ©María Calvo.

Muy pronto en asfalto mostró que si había esperanza de remontada, eso no era más que una última desilusión. Nos seguían pasando corredores, pero cada vez de manera más espaciada y menos rápida. De hecho un par de personas se habían anclado en nuestra mirada. Uno de ellos corría de forma extraña, y se paraba cada trescientos metros, andaba un poco y luego volvía a correr. Otro por delante imitaba está curiosa estrategia. Al primero lo pasamos, el primero de toda la carrera si exceptuamos la salida masiva.

El otro, en cambio, expandía el espacio tiempo con esa paradoja de Aquiles tan lógica y que nunca se cumple. Ya saben, eso de que si dejamos ventaja a una tortuga, nunca conseguiremos sobrepasarla porque el quelonio siempre habrá avanzado un poco, en el tiempo que nosotros necesitamos para llegar al último lugar donde haya estado él. Pero nuestro particular tortuga hacía ley la paradoja y Aquiles se enfadaba tras ella. En otras condiciones hubiéramos empezado a subir el ritmo y acabar el último kilómetro con tiempo de primero, pero después de abandonar las arenas de Carnota, bastante se hacía con llegar, o intentarlo. Sabíamos que la paradoja de Aquiles es una falacia pero no lo demostrábamos, porque el corredor andarín seguía siempre por delante nuestro.

Con todo perdido, sin causa ni motivo, en se momento llegó, en una curva, y de improvisto, el famoso hórreo de Carnota. Tanta fatiga y sudor, tanto desvarío hacía que las columnas del hórreo se convirtieran en dibujos de Escher. Supongo que fue eso, y la cuesta, y el último arreón que cogiendo un ángulo imposible y una escalera volteada, nos permitió adelantar al andante, y a dos corredores que nos habían pasado en la arena. La última cuesta se dobla, y la pendiente cede, y la calle cae, y la meta se abre con su boca roja, la música estridente y Cronos dominante para terminar, sin heroísmo ni mérito la gran Carrera das Areias de Carnota.

Sabemos que la desmerecimos, pero volveremos para vengarla y disfrutar una vez más de granito, salitre y arena. Nos vemos el próximo año en Galicia.

Tanta fatiga y sudor, tanto desvarío hacía que las columnas del hórreo se convirtieran en dibujos de Escher.
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