El Nauja. Surcando el Atlántico en una vieja goleta entre la isla de Ons y la isla de Sálvora

El Nauja, un antiguo navío danés, un gran velero con historia, que nos llevó en una aventura inolvidable por algunas de las islas atlánticas gallegas. ©Manuel Calvo

Una de los viajes que marcaron mi primera juventud fue surcar la costa gallega en el Nauja, un antiguo navío danés, un gran velero con historia, que nos llevó en una aventura inolvidable por algunas de las islas atlánticas gallegas: la isla de Ons y la isla de Sálvora. Aunque no fuimos mar adentro, nos sentíamos como si fuéramos unos marineros deseosos de explorar mundos desconocidos hasta entonces para nosotros.

Nada más subir al velero, adoptamos el papel de exploradores, preparados para absorber todos los conocimientos posibles sobre el mar y sobre las tierras que íbamos a conquistar, sin imaginar que seríamos nosotros los conquistados.

Así que una buena tarde de verano zarpamos del puerto de O Grove embarcados en uno de los navíos más bonitos que habíamos visto y que se acercaba a aquellos a los que soñábamos embarcarnos cuando leíamos historias de bucaneros o películas de aventuras el sábado tarde.

Exploradores embarcados en el Nauja rumbo a las islas Atlánticas

Inmenso, bien conservado, comenzó a navegar por aguas gallegas, izando velas desde el primer momento, orgulloso por haberse mantenido tal y como era en otros tiempos. Aunque ahora su función fuera muy distinta a la original: el Nauja había dejado de ser barco bacaladero para convertirse en fantástico velero de novela dispuesto a llevar a jóvenes exploradores en busca de los misterios del Parque de las islas Atlánticas de Galicia, a excepción de las Cíes en esta ocasión.

Mientras el barco salía de puerto, admirado por todos los que se reunieron para despedirnos y curiosos ante tal bello navío, lo recorrimos para aprender a conocerlo, memorizando sus partes, los útiles de trabajo, bajando a los camarotes e inspeccionando la sala de máquinas. Durante estas largas jornadas aprenderíamos los principios de conducción del timón, lo que es proa y popa sin equivocarnos, subiríamos al mástil para ayudar a los marineros a izar las velas…Tantas cosas que ahora se acumulan en mi memoria a medida que empiezo a recordar aquellos días extraordinarios.

El Nauja, un barco con historia

El Nauja (“gaviota” en groenlandés) es una vieja goleta de 24 metros de eslora y dos palos que fue construida en 1930 en un astillero de Frederikssund, Dinamarca, que estaba pensada para ser barco pesquero en las isla Feroe, pero que el destino llevó por otros derroteros. Primero fue adquirido por el Ministerio de Defensa de Dinamarca para vigilar las cosas durante 26 años. En la II Guerra Mundial estuvo a punto de caer en manos nazis, pero finalmente terminó en Groenlandia dedicado al servicio postal y como nave hospital. En 1958 se convirtió en barco de transporte para la Cámara Real de Comercio danesa.

Su destino estuvo ligado en 1999 a la droga, ya que un alemán que lo compró se dedicaba a trapichear en el Mediterráneo. El Nauja tuvo que pagar realizando labores sociales, como nave de la Sociedad Española de Cetáceos para realizar campañas de investigación y educación ambiental. Desde él se vigilaban las ballenas en Alborán. Su función en ese momento había cambiado radicalmente.

El Nauja, un barco con historia. ©Merak Nautica

Durante la época en la que nos embarcamos en el Nauja, ya estaba completamente dedicado a llevar visitantes y exploradores, como barco turístico, gracias a que una empresa gallega (Acquavisión Galicia) lo compró a principios de siglo. Pero también adquiriendo la interesante función de barco para realizar campañas ambientales y conservación de la naturaleza para divulgar e investigar sobre cetáceos y aves, trabajando con el CEMMA (Coordinadora para el Estudio de los Mamíferos Marinos). Una interesante misión de plataforma de investigación e interpretación de las rías y mares gallegos, contribuyendo al fomento del respeto por el entorno marino que realizó desde el año 2002. El nauja como buque insignia de conservacion del litoral gallego.

Actualmente, esta goleta catalogada como buque histórico, se ha convertido en barco de recreo tras ser restaurado por una empresa de Vigo, Merak Náutica.

Surcando el Atlántico. Galicia en el horizonte

La sensación de navegar en un barco de estas características es mágica: el viento soplando las enormes velas que contemplamos altísimas, poderosas desde cubierta, el barco abriéndose camino en el mar calmado de esos días, separando las aguas que nos salpican a su paso, la brisa agitando nuestro cabello y regalándonos ese olor inconfundible a mar, a frutos del mar. El espectáculo de ver delfines nadando a nuestro lado, pegando saltos de satisfacción y compitiendo con el barco en velocidad. Vivir en el mar, eso fue lo que hicimos durante un crucero en el que nos olvidamos del tiempo.

Viviendo en el mar. ©Manuel Calvo

Una buena parte de la travesía en el Nauja la pasé disfrutando al máximo de estas sensaciones, tan inmediatas, tan vivas todavía en mi memoria, tanto que parece que todavía siento ese vaivén que a mi hermano y a otros provocó un terrible mal de mar. Aquellos episodios seguro que los recuerda él, una tarde hasta tuvieron que llevarlo a tierra para reponerse mientras nosotros disfrutábamos de un buen baño en las aguas cristalinas de las playas gallegas. Supongo que también algunos marineros curtidos todavía se marean en el mar, para cuanto más falsos aunque entusiastas aprendices.

El Nauja fue nuestro hogar esos días y las incursiones en tierra suponían exploración y conocimiento, el descubrimiento de tierras tan cercanas, que tantas veces vimos enfrente en nuestros chapuzones veraniegos en playas de las Rías Baixas, pero que cuando desembarcamos en ellas nos parecieron tan lejanas, tan desconocidas…

Los camarotes del Nauja. ©Manuel Calvo

El Nauja, nuestro hogar

Cuando puse los pies sobre el Nauja, pensé que estaba soñando, automáticamente entré en una máquina del tiempo que me llevó a otra época. En un santiamén dejamos de ser jóvenes aventureros para convertirnos en exploradores y marineros, algo que solo habíamos imaginado en las historias que nos inventábamos de niños y que convertíamos en juegos.

Aunque aquellos sueños eran para nosotros realidades vívidas, en el fondo sabíamos que fuera de nuestra imaginación, desaparecían. Pero ahora era por fin real, nos estábamos embarcando en un navío orgulloso, elegante, con ese acabado de madera perfecto, y que pronto veríamos con sus velas infladas al viento.

Subimos a bordo y al principio nos quedamos paralizados, luego empezamos a explorarlo, cada uno por su lado, emocionados, admirando cada rincón, grabando en nuestra memoria aquella que iba a ser nuestra casa durante un corto período de tiempo, para nosotros eterno. Bajamos las escaleras buscando lo que serían nuestros camarotes por la noche: un gran espacio donde pondríamos los sacos de dormir, marineros codo con codo, ronquido con ronquido, esperando el amanecer para vivir nuevas aventuras.

Ya instalados en cubierta, algunos esperando turno para sentarse en la gran red que hacía las veces de hamaca que estaba instalada en proa. Durante toda la travesía en el Nauja siempre quisimos tumbarnos en esa hamaca improvisada, el vacío bajo nosotros.

Otro de los lugares cotizados era el mástil, subirse a él era cuanto menos una gran aventura que solo algunos tuvieron la suerte de vivir.

Perdidos en nuestros pensamientos a bordo del Nauja

Y después estaba el mar, tan calmo en ese verano cálido. Asomarse a cubierta y poder contemplarlo a todas horas era algo con lo que soñé siempre. La cercanía del mar la busqué siempre con intensidad, será que soy de tierra adentro y el mar era la pasión de mi madre, y nos pasábamos tiempo en la carretera para llegar a él en aquellos largos veranos de mi niñez. Aquellos chapuzones, aquellas horas eternas jugando en la arena. Y más tarde también lo busqué, recorriendo sus orillas en paseos salpicados de sal y de olas.

Y la aventura en el Nauja fue la ocasión de poder vivir en él, de instalarme en un barco y poder contemplar mi mar noche y día, escuchar sus bramidos, las olas golpeando el casco, salpicando mi cara, el surco de agua dejado por el barco sumiéndose en el horizonte. Y yo contemplándolo, hasta que la noche caía tardísimo, por algo estábamos en latitudes en las que el sol se pone cuando en el resto de nuestros vecinos ya es de noche. Aquellos momentos entre el día y la noche, el mar parecía querer contarnos viejas historias de bucaneros y corsarios, que yo estaba preparada para escuchar.

Desembarcando en tierras desconocidas…

La isla de Ons en el horizonte. ©Manuel Calvo

…O eso queríamos creer. Pisar tierra después de las horas que pasábamos en el Nauja era como descubrir nuevos mundos. Imbuidos del espíritu de los grandes exploradores, nos sentíamos uno de ellos, y cuando avistamos la isla de Ons y más tarde la isla de Sálvora a lo lejos, pensamos en aquel sentimiento que tendrían aquellos que descubrían tierras lejanas, después de meses e intemperies, de duros trabajos en el mar.

Por supuesto, no éramos conscientes de la miseria que debió de haberse vivido en aquellos enormes barcos. Nosotros solo veíamos el lado romántico del asunto: estábamos en uno de los barcos más bellos que habíamos visto, por las características del Nauja, parecía que nos habíamos metido en una máquina del tiempo, y nos sentíamos exploradores, descubridores de nuevos mundos.

Hicimos de la isla de Ons y de la isla de Sálvora tierras desconocidas, aunque algunos marineros del barco habían conocido Ons anteriormente. Pero el hecho de que la isla de Sálvora fuese abierta recientemente a las visitas, confirmaba nuestra sensación de estar descubriendo nuevos mundos.

Creo que sin ese espíritu, esta aventura en el Nauja, el viejo navío islandés, no hubiera sido lo mismo.

La isla de Ons a la vista

Años después de esta aventura en el Nauja, volví a la isla de Ons a través de las novelas de Carlos Meixide, de las aventuras de un grupo de amigos que vive un verano lleno de emociones en la isla de Ons. Una vuelta atrás en el tiempo, al Nauja y a la isla de Ons a través de la literatura.

Recuerdo cuando avistamos la isla de Ons, una de las más grandes de Galicia, que pertenece al Parque Natural de las Islas Atlánticas. Era la primera vez que la pisaba y nos recibió amable, ya que lo primero que vemos es el pequeño puerto y la aldea, y la gente que acoge al visitante. Tenemos un largo día para explorar la isla, y el tiempo está espléndido. No sabemos por dónde empezar. Hay unas cuantas rutas de senderismo en la isla de Ons, como la Ruta del Faro, el cuál es todavía hoy atendido por un farero.

Espectaculares acantilados de la isla de Ons. ©Manuel Calvo

Recuerdo esa larga ruta que hicimos recorriendo Ons y nuestra cara iluminada ante la belleza espectacular de los acantilados, las playas todavía salvajes de arena finísima y aguas cristalinas, y los senderos que se pierden en el horizonte de la isla. En la Ruta do Castelo, al final de la cual hay un mirador con unas vistas espectaculares de la Ría de Pontevedra. Impresionan sobre todo los acantilados de la isla, que nos dan una idea de su antigüedad.

El día nos da para caminar sin pensar en el después, parar para comer algo, y por supuesto, para darnos un buen chapuzón en una de estas playas salvajes de la isla de Ons. Cuando volvemos de vuelta al Nauja, estamos agotados por la intensidad del día. Pero la isla de Ons todavía nos va a deparar muchas sorpresas.

Senderismo en la Isla de Ons, el faro al fondo. ©Manuel Calvo

Buscando estrellas anclados frente a la isla de Ons

Recuerdo esa noche estrellada frente a la isla de Ons. El Nauja había echado ancla después de haber explorado largamente la isla. A ritmo del vaivén de nuestro ya querido navío, muchos marineros agotados se habían quedado dormidos. Otros estaban en cubierta charlando y riendo. Algo agobiada por la oscuridad de los camarotes y la sensación de claustrofobia, decidí subir también, uniéndome al grupo. Hacía fresco y muchos se cubrían con sacos o chaquetas, aunque era una delicia estar allí mirando las luces del pueblo de Ons reflejándose en el mar.

Y aún más acostarse en cubierta y observar ese inmenso manto de cielo negro lleno de estrellas, tantas como nunca hubiéramos imaginado. Los oficiales del barco nos enseñaron a buscar las constelaciones. Los escuchábamos atentamente buscando aquellas que conocíamos y buscando como locos otras nuevas. Nos perdimos en una noche sin tiempo, a la procura de estrellas que hacía mucho que ya no existían. Mientras caían de vez en cuando estrellas fugaces, convirtiendo esa noche en una de las más especiales de nuestra aventura en el Nauja.

Todos unidos amarrando las velas del Nauja. ©Manuel Calvo

Cosa de magia

Esa misma noche, frente a la isla de Ons, descubrimos algo mágico que todavía nos sorprende hoy en día. Algunos de nosotros bajamos a tierra bajo la noche estrellada siguiendo a nuestro oficial que nos conducía a la oscuridad de las aguas. No sabíamos lo que hacíamos ni qué iba a suceder.

Se acercó al agua y la movió, y de repente una luz fluorescente surgió del mar. Boquiabiertos, nos acercamos nosotros también y pudimos ver esa fosforescencia verdosa, todo un espectáculo que el mar nos ofrecía juguetón.

Nuestro oficial nos hizo esperar todavía un buen rato, aumentando la teatralidad del momento, aguantando la emoción. Hasta que nos contó que lo que estábamos viendo era nada más y nada menos que un alga del plancton microscópica llamada “noctiluque”, que cuando es agitada se revela a nuestras miradas iluminándose, mostrando cuan viva está.

En realidad es un mecanismo de defensa, ya que al mover el agua, el alga piensa que se la van a comer y con el destello quiere atraer a algún pez que se coma a su supuesto enemigo. Y, a pesar de que solo dura una décima de segundo, como hay miles de algas microscópicas en un centímetro cúbico, la bioluminiscencia se alarga mientras se mueva el agua. Parece cosa de magia.

Rumbo a la isla salvaje de Sálvora. Un farero misterioso

Rumbo a la isla de Sálvora. ©Manuel Calvo

Tras la emocionante noche frente a la isla de Ons, el Nauja surca las aguas del Atlántico rumbo a la isla de Sálvora, nuestra siguiente parada. Avistamos tierra a lo lejos y sabemos emocionados que estamos llegando a una de las islas menos exploradas de Galicia, que todavía conserva su estado salvaje. En la época en la que nos embarcamos en el Nauja, la isla de Sálvora comenzaba a recibir visitas limitadas, cuando las de Ons y Cíes llevaban años recibiéndolas. Pero Sálvora era diferente, una isla que durante un tiempo fue habitada, pero que en los últimos tiempos solo había conocido la presencia humana de un guarda forestal que hacía las veces de farero.

Los oficiales nos dan permiso para lanzarnos al mar y lo hacemos entusiasmados, las aguas en la costa de Sálvora son tan cristalinas y el día de verano en Galicia es tan espléndido. Así que vamos cayendo uno a uno en un chapuzón ruidoso y nos adentramos en ese mar que nos cuentan está lleno de riqueza. Buceamos en busca de peces, nécoras y centollos que sabemos pueblan los mares gallegos. El agua está fresca, pero no tanto como la que recuerdo de las islas Cíes, en una de las playas con las aguas más frías que conozco. Poco a poco llegamos a tierra mientras el Nauja nos espera anclado descansando de tanto ajetreo. A la orilla nos espera el enjuto farero que nos llevará en una ruta por la isla salvaje de Sálvora.

La figura de farero siempre me fascinó, al igual que los faros, esas construcciones de planta rectangular o circular, pintadas de colores vivos, de aspecto esbelto, elegante, que se alzan orgullosas en los rincones más extravagantes de la costa. Su poética función es lo que más me conmueve de los faros: se iluminan cuando oscurece para convertirse en guía y salvaguarda de todos los barcos que se acercan a la costa, iluminando su camino sembrado de tempestades.

El faro de la isla de Sálvora. ©Manuel Calvo

Y los fareros son los maestros que encienden esa luz y se pasan sus días cuidando de su mecanismo con sumo mimo, preparados para cualquier imprevisto, sufriendo ellos también las fuertes tempestades.

Pienso en todo ello mientras nos reunimos con el farero de Sálvora, que nos conducirá a algunos de los rincones más bellos de la isla, pena no quedarnos un tiempo con él para que nos cuente todos sus secretos, que seguro sabe de sobra.

El farero de Sálvora es un tipo serio, pero parece feliz, lo puedo ver en su mirada transparente, de ojos profundos, azules, en los que me sumerjo por unos instantes como si me sumergiera en el mar. Entonces me caigo y consigo ver cosas que él también ve, días largos en los que el tiempo está parado, en los que sus únicos compañeros son las gaviotas y otras aves marinas, y animales de agua y tierra que todavía viven en Sálvora. Su soledad debería inquietarme, pero no lo hace, es una soledad querida, buscada. Y parece tan satisfecho en su silencio.

Aunque es un absurdo pensar que vive en silencio. Sonidos de todo tipo lo rodean de día y de noche: el principal, el del mar, que cada día es distinto. Estoy segura de que conoce casi todas sus expresiones, y que sabe anticiparse a sus furias y disfrutar de su vaivén calmado. Lo conoce casi tanto como los marineros, aunque de otra forma, no es lo mismo vivir en tierra que en el mar. Pero estoy segura de que también fue marinero y aplica su experiencia a su trabajo de farero.

Me pongo a elucubrar porque decidió ser farero, porque no todo el mundo lo desea, es demasiado tiempo solo en una isla, mirando siempre al mar, realizando todos los días la misma tarea,…Pero estoy segura de que es precisamente lo que quiere, mirar todos los días ese mar, levantarse y mirarlo, dormirse escuchándolo. Igual busca la soledad porque el mundo ya le dio demasiados disgustos y arrugas, quizás una pena profunda, inconfesable. Su mirada que me arrastra me lo está contando.

La belleza salvaje de la isla de Sálvora. ©Manuel Calvo

Salgo de ella para escucharlo, nos cuenta apasionado la importancia de preservar las Islas Atlánticas, ahora Parque Nacional, las defiende como si fueran un apéndice de sí mismo. Imagino porqué lo dice: la biodiversidad de la isla es impresionante, lo comprobamos cuando nos bañamos en sus aguas. Y ahora lo vemos en tierra. Es tiempo de tomar conciencia de este tesoro natural, y de aprender a respetarlo.

Me imagino a este misterioso farero en los largos inviernos de Galicia, bajo tempestades donde el nordés sopla fuerte y las olas del mar bravo intentan llegar a pasar por encima del faro. Mientras él enciende la luz por la noche de ese faro que guiará a marinos que se les ha ocurrido salir un día de tempestad. Me lo imagino también con buen tiempo, bañándose desnudo en las aguas cristalinas de la isla de Sálvora, feliz entre pulpos, nécoras y delfines. O recorriendo despacio la isla, sin prisa, respetando el sendero, sin interrumpir las zonas donde anidan las aves. Su trabajo es el menos estresante del mundo, vive sin tiempo durante casi todo el año en una isla salvaje, solo, metido en sus pensamientos. Visitando a su familia y amigos un mes al año, mientras se enfrenta al choque brutal de encontrarse lejos de la naturaleza de Sálvora, en medio de la vida estresada del continente.

Al final siempre termina volviendo a su isla, y sospecho que lo hace con gusto. Vuelve a ese silencio lleno de ruidos que solo él identifica, a ese mar que contempla cada día, que lo rodea en un abrazo que él conoce más que nadie.

Un pueblo abandonado en la isla de Sálvora

Un pueblo abandonado en la isla de Sálvora. ©María Calvo

En otros tiempos, la isla estuvo poblada y había un pueblo con todo lo necesario para vivir en los largos inviernos gallegos. Nuestro guía nos lleva por esas casas ahora abandonadas, algo tristes por la falta de vida en su interior. Parece que oímos a niños jugando por las calles y a los mayores centrados en sus faenas. Supongo que, a pesar de que su vida no era fácil, sabían del privilegio de vivir en una de las islas más bellas de España, aunque finalmente terminó abandonada a finales de los años 70.

Seguimos por los senderos bien marcados de Sálvora, tras los pasos de nuestro farero, que nos pide que no sobrepasemos los límites, ya que la isla está protegida. Como en la isla de Ons, Sálvora muestra esas magníficas formas caprichosas de las gigantes rocas de granito. Llegar al faro lleva tan sólo 25 o 30 minutos, y vale la pena llegar para ver el espectacular paisaje y esa imponente mole blanca y roja que guía a los barcos de noche.

Tras un intenso día en la isla de Sálvora, volvemos al Nauja, que nos espera meciéndose suavemente al ritmo de un mar tranquilo. El farero se despide de nosotros, seguramente un poco aliviado por volver a quedarse solo en su isla antes de que llegue otra remesa de exploradores entusiastas. Nos alejamos de la isla de Sálvora y vemos su silueta marcada en uno de los atardeceres más bellos de esta aventura.

También aprendimos a llevar el timón. ©Manuel Calvo

De nudos, timones y velas

Durante las largas jornadas en el Nauja, los oficiales ocuparon nuestro tiempo para que al menos saliésemos de nuestra aventura habiendo aprendido algo. Aunque sabían que, de todos modos, simplemente el hecho de habernos embarcado en el Nauja iba a ser inolvidable para nosotros.

Una mañana estuvimos aprendiendo a hacer nudos marineros, esos que si después no practicas, olvidas rápidamente, que fue lo que nos pasó, ¡vaya marineros de postín que estábamos hechos!. Pero hay que reconocer que la actividad es muy interesante y requiere de gran habilidad, aunque cuesta mucho trabajo hacer los más simples nudos.

Otra de las actividades que realizamos en el Nauja fue aprender a llevar un timón. Y digo aprender, aunque en realidad es bastante difícil saber llevar un barco. De todos modos, el capitán nos permitió coger el timón por un momento y hacernos sentir pilotos de barco. La sensación de tener ese pedazo de madera entre las manos y de girarlo según las indicaciones, es tremendamente excitante. En seguida te metes en el papel de capitán y tu imaginación empieza a volar inventando historias de barcos.

Pero lo más emocionante que vivimos a bordo del Nauja fue el día que decidieron izar las velas gracias a la mañana de viento que se preparaba. Algún suertudo se subió al mástil trepando con una habilidad sorprendente, como si hubiera estado haciéndolo siempre. Desde abajo, torpes marineros, le ayudábamos en la tarea. En poco tiempo vimos las velas izadas, blancas, magníficas, dejándose llevar por el viento. Los motores se pararon y el Nauja se dejó llevar por ese viento, a ritmo lento, ante nuestras fascinadas miradas.

Subiendo al mástil. ©Manuel Calvo

Se termina nuestra aventura de exploradores en el Nauja

Sabemos que la aventura está a punto de terminarse cuando el capitán pone rumbo a la costa gallega. Un silencio emocionado se instala en el Nauja, preferimos no hablar, no queremos que esta aventura se termine y cada uno se queda silencioso en su rincón, sintiendo la brisa del mar en el rostro. Sabiendo que al día siguiente no será así, que ya no escucharemos el mar por las noches, ni sentiremos este eterno vaivén que nos confirma que estamos embarcados. Se termina la emoción de avistar tierra y lanzarse a explorar tierras desconocidas.

Pero al mismo tiempo sentimos que una fuerza interior nos infla como si fuéramos velas, que lo que vivimos estos días surcando el Atlántico en el Nauja fue algo que llevaremos siempre con nosotros y que recordaremos como uno de los viajes más emocionantes de nuestras vidas.

Exploradores giroscópicos en la isla de Ons
Te ha gustado? Comparte este viaje !

Escribe un comentario!! (Vamos...es gratis y nos hace ilusión saber que te ha parecido.