El Algarve más salvaje. Ruta por la costa Vicentina

En la costa Vicentina de Portugal me reencontré con el Atlántico. No pensé que iba a dar con un paisaje tan familiar, pero de pronto ahí estaba, inmenso, salvaje, con ese azul intenso y esas grandiosas playas de arenas blancas, finas. El Atlántico siempre me hace sentir pequeña, envolviéndome con su manto húmedo, y me veo arrastrando mi mirada al horizonte, al tiempo que me estremecen los sonidos de las olas batiendo contra las rocas.

Playa de Odeceixe
Playa de Odeceixe

Sin darnos cuenta estamos dentro de esa postal de la playa de Odeceixe, caminamos ensimismados mirándola desde lo alto, nos paramos en medio de este silencio para fundirnos con esta inmensidad. Parece que está perdida en el Algarve más salvaje, casi no hay nadie y en pleno mes de abril apenas hay turistas que buscan la belleza y la bonanza del clima de esta región de Portugal.

En la Costa Vicentina comienza a sentirse la presencia de la primavera, flores de todos los colores empiezan a cubrir en forma de macizos todos los rincones. La naturaleza está presente en esta zona occidental del Algarve y la huella de los hombres apenas existe. Aquellos que surcan las carreteras de la Sierra de Monchique para llegar hasta el Parque Natural del Suroeste Alentejano y la Costa Vicentina, buscan la naturaleza en estado puro.

La costa vicentina llena de flores en primavera
La costa vicentina llena de flores en primavera

Antes de llegar a la playa de Odeceixe, vimos otra cara de ese Algarve más agreste, la sierra de Monchique con sus colinas de frondosa vegetación, seguimos las carreteras en continuas curvas, parándonos en los miradores para admirar el que se conoce como “jardín del Algarve”. Una pena no tener tiempo para hacer una ruta de senderismo y subir la sierra hasta la Picota o hasta el punto más alto del Algarve, Fóia. O para parar en las termas de Caldas de Monchique. Pero teníamos sólo una jornada para recorrer la costa Vicentina y llegar al Cabo San Vicente.

Sabíamos que nos adentrábamos en un Algarve diferente al que habíamos visto hasta ahora. Atrás dejábamos esa magnífica costa recortada, los anaranjados acantilados de Benagil y de Ponta da Piedade, las calas de Albufeira y de Lagos, …esa costa más poblada, preparada para el turismo. Parecía que para llegar a otro Atlántico se hacía obligatorio pasar antes por la sierra frondosa y accidentada de Monchique. Y encontranos así con las vastas playas de olas codiciadas por los surfistas.

Acantilados de Albufeira
Acantilados de Albufeira

La playa de Odeceixe, una de las más bellas de la costa Vicentina, nos atrapó consiguiendo que olvidásemos el tiempo. Las mesas azules de madera del café-restaurante con vistas privilegiadas al infinito nos invitaron a entregarnos a momentos de contemplación, de conversaciones, de risas y de Sagres.

Tranquilidad en la playa de Odeceixe
Tranquilidad en la playa de Odeceixe

Al final no nos quedó más remedio que salir de esta postal para subir al pueblo de Odeceixe por la cuesta empedrada, ese empedrado característico de Portugal que sólo los “calceteiros” saben hacer. Descubrimos un pueblo de casas blancas marineras con marcos azules o amarillos y puertas rojas. Y las chimeneas típicas del Algarve que me fascinaron desde el primer día, chimeneas blancas horadadas, cuadradas, rectangulares y redondas, cada una con su propio tejado. Y flores, flores por todas partes, hasta una calle leva su nombre, y es que en el Algarve el clima es muy benigno ya desde primavera.

Casas marineras con molino al fondo en Odeceixe
Casas marineras con molino al fondo en Odeceixe

Subimos escaleras, callejuelas y vemos en lo alto un molino. Desde la cima, podemos ver Odeceixe, casas blancas con tejados rojos en medio de un valle verde.

Molino de Odeceixe
Molino de Odeceixe

Avanzamos en nuestra ruta por el Algarve occidental llegando a otro pueblo blanco: Aljezur. Al llegar al río cruzamos el puente y vemos el movimiento de las terrazas de los restaurantes. El trajín y los platos recién servidos despiertan el gusanillo que llevamos dentro y recordamos que estamos en Portugal y que la gastronomía portuguesa siempre nos conquista. Por lo que nos encaminamos a uno de los restaurantes situados donde estaba el puente medieval destruido por una crecida.

El pueblo de Aljezur
El pueblo de Aljezur

La atención es inmejorable como en la mayoría de los restaurantes portugueses, profesionalidad y amabilidad conjugadas. Tras un recorrido por la carta, con dificultad nos decidimos por un plato de caldeirada de marisco que resulta ser delicioso, acompañado por supuesto de unas cervezas portuguesas, esta vez de Super Bock. En otro plato, la patata dulce es la protagonista, parece ser que Aljezur es el mayor productor de patata dulce de Portugal, y está presente en todos sus platos: cocidos, sopas, pastelería…Y realmente nos llama la atención el sabor de la patata dulce, todo un descubrimiento.

Caldeirada de marisco en Aljezur
Caldeirada de marisco en Aljezur

Dejamos el descanso para una de las playas de la costa levantina, y decidimos recorrer las callejuelas adoquinadas que, como las de Odeceixe, suben hacia una cima, aunque en este caso nos dirigimos al castillo de Aljezur. En el camino, una bonita arquitectura típica del Algarve, la casa Museo del pintor José Cercas, el Museo Antoniano,… Desde las ruinas del castillo árabe del siglo X hay unas vistas panorámicas del pueblo de Aljezur y del valle.

El castillo de Aljezur
El castillo de Aljezur

Continuamos nuestro itinerario por la Costa Vicentina en busca de esas playas casi inexploradas, las playas más salvajes de Portugal, sin construcciones ni complejos turísticos, con sus acantilados imponentes y, muchas de ellas, con amplias extensiones de dunas. Querríamos verlas todas, pero llegamos a una de las más codiciadas por los surferos: la playa de Arrifana. Una bahía, un arenal de medio kilómetro protegido por un altísimo acantilado de esquisto. Podemos ver desde arriba la inmensidad de esas aguas y las atractivas olas para los surferos que bajan emocionados enfundados en su traje negro.

Disfrutamos de una de las playas más bellas de la Costa Vicentina, simplemente escuchando el sube y baja de las olas mientras paseamos, y también, aunque estamos todavía en abril, de un baño en sus aguas todavía frías, nada que ver con las aguas de las playas del Algarve más oriental. Pero acostumbrados a las aguas del Atlántico, heladas incluso en verano, el baño se convierte en un placer refrescante en este día caluroso.

Playa de Arrifana, una de las más codiciadas por los surfistas, en la costa vicentina
Playa de Arrifana, una de las más codiciadas por los surfistas, en la costa vicentina

Seguimos nuestra ruta rumbo al punto más occidental de Europa, el Cabo São Vicente (San Vicente) ya que el tiempo apremia y queremos ver una de las puestas de sol más bellas, o eso dicen. Pero antes hacemos una parada en la capital del percebe, Vila do Bispo, otro de esos pueblos de casas blancas típicas del Algarve. No podemos resistirnos a la tentación de acompañar el excelente café portugués de un pastel. Como ya sabíamos de otros viajes anteriores que habíamos hecho a Portugal, la pastelería portuguesa es de una delicadeza asombrosa. Se nos hace agua la boca sólo de ver en el escaparate los pasteles de nata.

Un clásico de la pastelería portuguesa: los paseis de nata
Un clásico de la pastelería portuguesa: los paseis de nata

Tenemos que continuar, ya que el sol está bajando. No podemos parar en Sagres, porque ya no hay tiempo, tal vez después. Mientras que el cielo todavía está claro, paramos en la fortaleza de Sagres, y desde allí tenemos una vista privilegiado de la ciudad blanca y de los acantilados. Rodeamos la fortaleza y no podemos entrar en ella, ya que está cerrada. Una pena.

Ya en el Cabo San Vicente, llamado “promontorio sagrado” para los romanos, antes de subir a la explanada del faro, nos paramos delante de los acantilados. Azotados por el viento, somos conscientes del peligro de asomarnos demasiado. La belleza del precipicio y de la costa recortada es tal que casi olvidamos que ha empezado a refrescar demasiado.

Acantilados del Cabo São Vicente
Acantilados del Cabo São Vicente

Nos adentramos al espacio bien acondicionado donde se encuentra el faro, un bar, una tienda y una vivienda. Parece ser que el faro se eleva en donde antes había un antiguo convento saqueado en 1587 por el corsario Francis Drake.

Comienzan a acercarse más viajeros, dándose cita en el largo muro que sigue las líneas del acantilado y que hace las veces de balcón. La espera comienza a hacerse larga, pero no importa porque todos disfrutamos mirando al mar, contemplando la inmensidad de los acantilados del Cabo San Vicente.

La espera es larga pero hermosa
La espera es larga pero hermosa

El tiempo pasa lento y damos vueltas por la explanada, fotografiamos el faro rojo, los edificios blancos, a la gente pululando de aquí allá, a los enamorados contra un cielo que comienza a apagarse en un último fulgor.

El sol todavía está algo alto, pero ya se refleja en el Atlántico, los rostros comienzan a iluminarse con esa luz intensa que sólo las puestas de sol y los amaneceres consiguen. Un regalo diario que muchas veces desaprovechamos.

Faro del Cabo São Vicente
Faro del Cabo São Vicente

Volvemos a la explanada, nos subimos a la plataforma que está delante del faro para intentar alcanzarlo, en vano, claro. Y nos admiramos con el diseño de la terraza del bar del Cabo San Vicente, sillas blancas en contraste con el ocre del edificio, y una sucesión de velas atadas a sus mástiles cubriendo las mesas. Pareciera un barco que pronto va a zarpar.

Los viajeros giroscópicos comenzamos a jugar con nuestras siluetas y con las manos saludando mientras nos plasman en una fotografía a contraluz. Pensar que estamos en uno de los extremos de la Península Ibérica nos emociona de alguna manera.

Siluetas giroscópicas en el Cabo San Vicente
Siluetas giroscópicas en el Cabo San Vicente

Casi sin darnos cuenta, el cielo comienza a ponerse de todos los colores, amarillo, anaranjado, rojizo. El sol tiñe el cielo y se refleja en un mar casi oscuro, una larga lengua de luz que parece que quiere alcanzarnos.

Miramos a los acantilados y también ellos están pintados de naranja. Impresiona ver a la gente apostada a lo largo de la muralla blanca bajo la que podemos apreciar perfectamente el talud. Una sucesión de figuras expectantes.

El sol del atardecer reflejado en los acantilados
El sol del atardecer reflejado en los acantilados

Ahora hay silencio a nuestro alrededor, estamos unidos en la misma emoción. El sol baja poco a poco y cuanto más baja más potente es su luz anaranjada y más rojo se vuelve el cielo.
Al final no se mete en el horizonte tal y como esperábamos, una enorme bola roja que va perdiéndose en el infinito. No es así, no es la magnífica puesta de sol esperada. Pero no importa porque el sol, escondiéndose en las nubes, parece que se queda inmóvil y enrojece mientras el cielo oscurece en torno a él. Y nosotros no somos más que siluetas negras. Tenemos la sensación de estar en el fin del mundo.

Atardecer en San Vicente
Atardecer en San Vicente

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