Cimientos de Arroz, 4 días en Valencia con niños

Torres de Serranos una de las antiguas puertas de Valencia. Foto de Cornelius van Jol.
Torres de Serranos una de las antiguas puertas de Valencia. Foto de Cornelius van Jol.

Un nuevo redactor nos anima con sus textos precisos y agradables. Meticuloso y reflexivo hasta la saciedad, Cornelius von Jol nos ilustra con pocas frases tan pensadas como livianas. Amplitud de miras y un bagaje viajero envidiable. Esperamos tenerle muy pronto entre nuestros bytes.

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Regresamos el miércoles de Valencia, pero llegamos tarde y ayer tenía que trabajar, como hoy. Sin apenas transición, pero muy a gusto porque hemos disfrutado de la ciudad mediterránea. La verdad es que hoy día viajas condicionado por la noticias que llegan de esa Comunidad y vas con el ojo avizor rastreando señales de la crisis y el saqueo y de esa manera es fácil descubrir síntomas: obras paralizadas; secciones del Museo de las Ciencias que llevan tiempo sin abrirse por falta de mantenimiento; líneas de autobús fusionadas, haciendo una línea de lo que antes eran dos… Se percibe, aunque esto viene de atrás, del período de las vacas gordas, grandes contrastes entre el centro de la ciudad: limpio, cuidado, agradable a la vista, y el caótico urbanismo del extrarradio, cierta dejadez y pobreza. Pero ya te digo, uno va con prejuicios…

La ciudad es muy cómoda para ir con niños: tiene atractivos como el Oceanográfico, que te permite acercarte a la Ciudad de las Artes y las Ciencias con esa excusa, amén del Museo de la Ciencia, muy acorde con el nivel científico del país, pero hueco, desaprovechado, aunque tiene también algún área interesante para los niños más pequeños como nuestra hija y otras para más mayores (una de superhéroes de cómics, otra del espacio…). Un gran edificio del pesado de Calatrava.

El gran museo ciéntifico imaginado por Calatrava. Foto de Cornelius van Jol.
El gran museo ciéntifico imaginado por Calatrava. Foto de Cornelius van Jol.

Estoy saturado de sus líneas, blancura y recovecos inútiles escondidos en amplios espacios: son edificios fallidos. Creía que el aeropuerto de Bilbao sería una excepción pero veo que los pasillos, huecos, pasarelas y escaleras ridículas se repiten. Es decir, el te crea un espacio amplísimo, diáfano, genial para circular, pero luego para ir a los baños tienes que bajar por unas estrechas escaleras, sólo aptas para bípedos en óptimas condiciones, a una especie de entreplanta o bajar 3 plantas para ir a unos aseos a los que puedas entrar con una silla de ruedas o una sillita de bebé; los ascensores son ridículos para edificios que esperan albergar un gran trasiego; las escaleras mecánicas no coinciden en ubicación de una planta a otra, quiero decir que bajas de la 3ª a la 2ª pero luego para seguir bajando a la 1ª tienes que nomadear buscando el siguiente tramo de escaleras… No voy a seguir.

Y luego los Jardines del Turia, el antiguo cauce del desangrado río, posiblemente lo mejor de la ciudad. Un parque continuo de varios kilómetros en el centro de la ciudad lleno de instalaciones deportivas, columpios (hay un Gulliver gigante, tumbado en la playa tras el naufragio y atado por los liliputienses al suelo, en cuyos pliegues, extremidades… hay una decena de toboganes de todos los tamaños por los que bajamos disfrutando como enanos, nunca mejor dicho) y caminos, árboles, fuentes entre los que la gente corre y anda en bici en tropel. Envidiable (el parque, no el stress de ese deporte desenfrenado).

El acuarium de Valencia, nadando en seco. Ideal para aprender. Foto de Cornelius van Jol.
El acuarium de Valencia, nadando en seco. Ideal para aprender. Foto de Cornelius van Jol.

Como íbamos sin coche, la incursión a la Albufera dependió de los autobuses públicos y la combinación (era temporada baja) no favoreció la conjunción de paseo en barca y rica paella, con lo que optamos por sacrificar la navegación en pos del cereal. Fue un acierto porque nos hicimos una idea del paisaje desde el bus y el arrocito con un delicioso vino blanco de Alicante estuvo de órdago.

El casco viejo, bueno, en los últimos años me está sucediendo algo extraño: todos los cascos viejos de las ciudades españolas me parecen el mismo. Entre restauraciones homogéneas, pavimentos, esculturas chungas y comercios-franquicia y/o ineludibles (lease Zara, Mango,…), visto un núcleo antiguo, vistos todos. Encuentras algún edificio excepcional, que te llama la atención, pero poco más. Están perdiendo identidad. Eso sí, en Valencia hay más restaurantes que ofrecen paella que en Bilbao. Es decir, destaca lo anecdótico.

El caso es que nos lo pasamos muy bien, estuvimos relajados (dentro de nuestro margen neurótico, je, je, je) e nuestra hija disfrutó. Además los vuelos nos coincidieron a la mañana en la ida y a última hora de la tarde en la vuelta, con lo que fueron 4 días bien aprovechados.

Artículo de Cornelius van Jol

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