El caravanserai de los poetas persas, Irán.

Caravanserai restaurado y recuperado cerca del desierto Dasht-e-Kavir.©Iñigo Pedrueza.

El sol se ha puesto sobre el desierto de Dasht-e-Kavir y la noche enfría el ambiente. Más, si se contempla este antiguo caravanserai desde el tejado del edificio. Las cúpulas de ladrillo sobresalen del tejado ondulado como las dunas del desierto cercano. El tiempo es seco, mucho, ideal para que los frutos se puedan conservar deshidratados. Abajo suena algo de música. Siluetas danzarinas iluminan soplos de luz sobre los parapetos y los sombreros de las bóvedas. Abajo otras siluetas recorren el patio, sus pasos los cubre el rumor de la fuente central. Espero un poco, escucho al desierto, escucho la ciudad dormida y recuerdo: “El supremo paraíso es el retiro de los derviches. El crisol de la grandeza es servir a los derviches”.

Los caravanserais (o caravasares) fueron postas, almacenes y alojamientos de los caminos reales instaurados, cuentan, por Darío el Grande en tiempos de su imperio global, allá por el siglo V a.C. Necesitado de información en las inmensidades de sus territorios, creó un sistema de caminos reales que atravesaban el Imperio desde Grecia, Egipto y el Cáucaso hasta los confines del Indo y China. El camino se dividía en ramales, con tres rutas principales dentro del Imperio Persa Aqueménida. Cada 20 km un puesto con caballos de refresco permitía a mensajes y militares atravesar el territorio en 3 días. Con las noticias llegaron las mercancías, el comercio y las caravanas, así nació la “Ruta de la Seda”, uno de los primeros ejemplos de la globalización.

Estancias donde durmió el Shah Abbas I. ©Iñigo Pedrueza.

Los edificios crecieron incluyendo, en una plaza fortificada, la posta de caballos y camellos, el almacén, el establo y las habitaciones para los mercaderes. Edificios de planta cuadrada o rectangular en general, aunque algunos son circulares, se esparcen de este a oeste por todo el Medio Oriente. Cientos de años después, con los Sasánidas (siglo III-VII) y la conquista árabe (VII-XVI), la ruta llega a su apogeo, continuado por los Saváfidas hasta el XVII y la dinastía Kayar. Sólo el camión y la carretera acabaría con la Ruta de la Seda y el sistema de caravanserais a principios del siglo XX.

Instalaciones defensivas y comerciales, construidas en adobe y ladrillo, los caravanserais han sufrido el paso del tiempo y las inclemencias de desiertos y lluvias. La falta de utilidad les ha sumido en el abandono más grande. La Revolución Islámica de 1979 y la guerra iraní-iraquí no ayudaron mucho ya que todo lo que sugería la Ruta de la Seda estaba teñido con la sensualidad de los aromas y los efluvios de especias, vinos y poesías. Sólo hoy la relativa apertura ha posibilitado la inversión privada, o en diversas colaboraciones publico-privadas, y la recuperación de estos espacios arquitectónicos e históricos. Son trozos de la historia del mundo los que se ocultan en estás habitaciones y dependencias.

“Si duerme aquel narciso hechicero, tiene un porqué. Si su bucle en ondas se deshace, tiene un porqué.” Vuelvo a la realidad y descubro que ya estoy solo en este cavanserai histórico. Histórico porque aquí dormía a veces cuando la ruta lo sorprendía en el camino, el Shah Abbas I y sus ministros. Restaurado con mimo, el monumento ha guardando en lo posible toda la estructura original de un edificio, ahora callado, pero bullicioso y repleto de vida en tiempos. ¿Cuántas caravanas, cuántas toneladas de especias, de oro, vino o grano traspasaron esas puertas, cambiaron de manos en estas estancias? Imaginarlo siempre es más espectacular que saberlo. Más es inventárselo, con estos retazos de hechos que van pasando por delante de las pupilas, abiertas al extremo. Porque la noche cubrió con su manto la ciudad que ya duerme, que escucha a la naturaleza. Los ojos intentan ver más allá de espacio y del tiempo, pero por mucho que la pupila alcance los límites del ojo, no ve más que el presente, ese que se deshace cada instante. Muchos vieron mucho durante mucho tiempo, pero ahora sólo queda el silencio. El silencioso silencio de siglos de recuerdos, sueños truncados y proyectos exitosos. Ahora el caravanserai ha recuperado su esplendor, convertido en un hotel de lujo y encanto. Gracias a ello, los viajeros que se aventuran en la extensiones del Irán central gozan de las ventajas de la situación privilegiada, entre Isfahán, la ciudad de la mitad del mundo, Kashan, Yadz y el desierto de Dasht-e-Kavir con sus dunas y atardeceres ventosos.

Desierto de Dasht-e-Kavir.©Iñigo Pedrueza.

La ciudad sigue durmiendo, hoy con más calma pues el Ramadán ya pasó y descansa satisfecha. La temperatura es perfecta y la brisa del desierto refresca mi cara seca. Bajo las escaleras y me encuentro con la habitación donde durmió el gran Shah Abbas. Dos estancias conectadas por una gran pasarela, donde cabían emperadores, concubinas y sirvientes. Sencilla pero imperial, digna de un Shah en un viaje oficial o en oculta visita amorosa. Sigo descendiendo por una escalera con escalones ciclópeos, tal vez pensados para alguno de los descendientes de los diez mil invencibles. En el patio no hay nadie, el silencio es una cascada de agua y un murmullo callado. Escojo el corredor central, dejando atrás la entrada monumental sobre la que puede que descansaran emisarios del Gran Tamerlán y los Emperadores de China. A los lados, en los huecos que constituyen las bóvedas de ladrillos, hay habitaciones cerradas. Ninguna luz en las antiguas dependencias de los mercaderes de la Ruta de la Seda. Avanzo y bordeo el estanque central de piedra blanca tallada. A mis lados dos estancias mayores que ocupaban los ministros. Un rumor nuevo, que no es el del agua de la vida, se inmiscuye en lo que pienso: “Por el jardín pasó anoche el viento de sus dominios, oh flor, tu vestidura rasgada tiene un porqué.”

Poesías que suenan en donde ya sonaron. El viaje se repite. ©Iñigo Pedrueza.

Avanzo con sigilo, pues la noche poderosa, parece confabular tiempos y sensaciones. Busco algo, pero no lo busco ni lo reconozco. Se supone que el viaje es un descubrimiento. Nos dijeron que en este remoto caravanserai encontraríamos alguna de las respuestas que nos permitiesen explicar, explicarnos un poco mejor lo que es Irán. Cada ladrillo resplandece bajo los focos dorados, imaginando, podríamos pesar que la tierra se hizo oro y el caravanserai un palacio de oasis. Sigo avanzando paso a paso, sin atreverme a llegar a la estancia del Gran Visir, la que se opone, al otro lado del cuadrilátero, a aquella doble atalaya del Shah Abbas. Dos ventanas con vidrieras de colores dejan salir una luz multicolor y tamizada. La puerta entreabierta solloza una luz amarilla de oro. Desde dentro, una voz fuerte declama en farsi: “¡Oh tú, oculto a la vista, que al corazón acompañas!, por ti elevo una plegaria y mis loanzas te envío. Y para que los juglares te informen de mis anhelos, poesías y decires, con canto y tañer de cuerdas te envío.”

Me detengo en el umbral, sin ser visto. Escucho. Oigo risas cristalinas, voces serenas que se turnan en lenguas diferentes, repitiendo las mismas frases. Son las voces de mis compañeros de viaje, sencillas, atentas, a penas cansadas por la fatiga de las dunas que surcamos hace unas horas. Alguien me llama por mi nombre. Con el respeto debido respeto me descalzo y con la prudencia aprendida atravieso el muro invisible.

Altiplanos del centro de Irán. ©Iñigo Pedrueza.

En el suelo, sentados, degustando agua de rosas, aromática y fresca, mis compañeros, mis amigos del viaje, escuchan en una rueda como el gran guía declama en persa. Casi lo entendemos, pero por si acaso otras voces lo secundan, en idiomas o timbres distintos. Me siento y me convierto en parte de la rueda, deberé leer, con torpeza, alguna estrofa que roza otras estrofas como un pie roza otro pie. Son las historias de los poetas persas, que cavilan aún en las cabezas de quienes les leen cientos de años después.

Privilegiados somos los que escuchamos estos cantos mil veces loados y miles y miles de veces repetidos, por generaciones de hombres y mujeres a lo largo del tiempo y las geografías. Privilegiados, porque el eco sea el de un caravanserai antiguo, que no se vino abajo sino fue salvado de la ruina. Un eco sabio para sabías palabras que al repetirse, la lengua da igual, renacen y se reproducen, transmitiendo, traspasando falsas fronteras de cultura, religión o edad. Cada verso que brota de cada voz quebrada es un manantial que riega y anima la vida. Como los largos túneles y las acequias que dan vida a los desiertos de Irán. Desde eco del caravanserai que se tuesta lejano, con el sol del desierto de Dasht-e-Kavir, los sonidos retiemblan miles de kilómetros después, años después. Y con certeza serán repetidos para que retiemblen a otros, les agiten y les animen, al menos un instante. Y no temas, no te preocupes … “No te asombres de los giros que dan los tiempos, que la rueda recuerda miles, miles y miles de cuentos”.

Agradecimientos.

Kouhpa Caranvaserai ©Iñigo Pedrueza.

Muchas gracias a Mohammad Yousefi director de la Agencia Irantravel por permitirnos conocer ese país tan particular y asombroso, tan contradictorio y que esperamos que progrese y se abra aún más mundo, para conocerlo y que nos conozcamos mejor. Gracias a Mahan Air, al gerente del Kouhpa Caranvaserai que guarda el Dasht-e-Kavir. Gracias a Saeid Safaee nuestro guía en este viaje de descubrimiento. Y gracias, por igual a mis compañeros, ya amigos: Anna Abad de Kartika; Gema Crespo de Destino Asia; Priscila Fernández de Goandbe; Xavi Flor de Etnix; Natalia García de Luxotur; Marina Meseguer del periódico La Vanguardia; Cheli Recondo de Tu Estilo Viajes; Carmen Sánchez de Largo Tur Viajes y David Vila de Viatges Jet Lag. Sin todos ellos, el viaje no hubiera sido posible.
Todas las poesías que aparecen entre comillas, son de Hafez Al-Shirazí.

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